LA VIDA DE PI

Life of Pi

Dirección: Ang Lee

Guión: David Magee según el relato de Yann Martel

Intérpretes: Suraj Sharma, Irrfan Khan, Rafe Spall, Ayush Tandon, Gautam Belur, Adil Hussain, Tabu, Ayan Khan, Gerard Dépardieu

Música: Mychael Danna

Fotografía: Claudio Miranda

Montaje: Tim Squyres

EEUU-China. 2012. 126 minutos.

Sobre vivir

              Algunas imágenes de La vida de Pi, por su belleza superlativa, bastarían para justificar el valor y hasta trascendencia cinematográficos de la película. Pero semejante argumento, válido para determinados cineastas de prestigio, quizá ya no vale para uno como Ang Lee, cuya trayectoria en los últimos años ha sido bastante discutida (digo “discutida” porque, al no estar de acuerdo con esa discusión, no he querido escribir “discutible”). Claramente, vale aún menos para un filme que aterriza en las carteleras en vísperas navideñas, procedente de un relato infantil (en este caso de Yann Martel) –algo que, a veces, da lugar a prejuicios desfavorables en torno a  presuntas cuestiones pueriles: a Spike Jonze, por ejemplo, no se le aplican; a Steven Spielberg, sí–, y que, para más inri, se nos presenta como un gran espectáculo de aventuras; si se me permite la digresión, este estado de las cosas en la crítica es ciertamente preocupante, pues la progresiva minusvaloración a que desde determinados sectores se está sometiendo a los filmes en los que el CGI tiene un peso relevante en la apuesta creativa –algo bien plausible en algunas reacciones a otro filme mainstream que comparte cartelera con el que nos ocupa, El Hobbit, un viaje inesperado (Peter Jackson, 2012) (1)– no deja de ser una visión sectaria de la realidad del hecho cinematográfico, en realidad un síntoma de miopía que, al menos en Europa, es casi tan viejo como el propio cine (recordemos que, a principios de siglo, mientras en el viejo continente se miraban el ombligo con los llamados film d’art, se relegaba la trascendencia de tipos como Georges Mélies, cuyas obras eran consideradas espectáculos de feria, y se menospreciaba a aquéllos que, desde otras latitudes y sin ínfulas –por ejemplo un tipo llamado David Wark Griffith– fijaban la sintaxis del lenguaje cinematográfico).

 

Así que, para ser algo más que honestos, deberemos buscar otros argumentos para defender su potencia expresiva, sabiduría narrativa y majestuosidad escenográfica. Como hemos dicho, La vida de Pi es eminentemente un relato de aventuras, aunque barnizado con elementos mágicos que proponen o apuntan hacia lo teológico. En ella, y como ancla narrativa, nos encontramos con un narrador en primera persona, Pi (Irrfan Khan), quien, en su edad adulta, relata a un joven escritor (Rafe Spall) las hazañas vividas años atrás cuando el buque con el que viajaba con su familia se hundió en las aguas del Pacífico, tragedia marítima de la que fue el único superviviente. Pero el hecho de que sea el propio Pi quien se dirige a otro, al espectador directamente, no se limita a los términos convencionales de ubicación de una historia, sino que el determinado efecto de ese particular método de storytelling busca, como se descubre al final, otras y más profundas razones. (En adelante, spoilers). Y en relación con ello, el dato cinematográfico más relevante de la película no se limita a los enunciados que replantean los términos narrativos en el cierre (replanteamiento en cualquier caso elaborado y que no debe confundirse con lo que solemos denominar twist), sino a la inteligencia, sensibilidad y pericia técnica  que Ang Lee demuestra, del primer al último aliento de metraje, para armonizar en imágenes lo aparente y lo figurado, dos nociones que en este caso no se oponen, sino que se complementan, a modo de instrumento de algo que, más allá de las resonancias filosóficas o teológicas que cada uno quiera buscarle, redunda principalmente en el poder –invencible– de la fábula.

 

Porque la verdad es que esta naturaleza fabulesca, o la compuerta abierta a una vis fantasiosa de la presunta realidad que, como crónica de su vida, Pi decide evocar al escritor que le escucha, se percibe no sólo en el largo pasaje central que relata el naufragio, sino que comparece antes, de principio, en el relato episódico de la infancia y juventud del personaje, tanto por las situaciones escogidas o planteadas (esto es a nivel de guión: de dónde proviene su nombre, Piscine Molitor Patel, cómo el mismo fue objeto de mofa cuando era un niño, el modo en que se reveló contra ello, cómo corteja a la chica que le gusta preguntándole por los significados de sus movimientos corporales en una danza…) como por las imágenes que lo ilustran, de un preciosismo que a veces roza lo naïf, apuesta estética que progresará de forma coherente cuando el relato alcance su nudo. Una apuesta que tiene que ver por supuesto con la primacía subjetiva, pero que también se detiene en elementos externos, de dialéctica directa entre imágenes y espectador (sin ir más lejos, las preciosas imágenes de los animales del zoológico que sirven para acompañar los créditos iniciales).

 

A modo de reverencia a su filiación clásica como relato de aventuras –el naufragio y la lucha por la supervivencia en entornos hostiles–, el filme procura diversos detalles inequívocamente alusivos, algunos tan obvios como la lectura por parte del niño Pi de la novela La isla del tesoro, o, guiño realmente agudo, el hecho de que el tigre de bengala que podemos decir que coprotagoniza la película sea llamado como uno de los marineros de la subyugante novela de Poe Las aventuras de Arthur Gordon Pym, Richard Parker. Empero, ya hemos dicho que el de La vida de Pi es un relato de aventuras un tanto peculiar en sus definiciones, y los motivos visuales que Lee orquestra obedecen a esa particular idiosincrasia de fondo (lo que de paso sirve para dejar claro algo que parece obvio pero a menudo se pone en cuestión: que la fastuosidad visual y el gusto por la narración espectacular, incluso por el sense of wonder, no tienen por qué estar reñidos con el más profundo rigor narrativo). Veamos a qué me refiero con un ejemplo. Una de las figuras de estilo más destacables de la película es el gusto que Lee demuestra por emparejar personajes o entornos alejados a través de sobreimpresiones que los unen en un mismo encuadre (a veces simplemente forzando una perspectiva y otros, mucho más allá, relacionando dos momentos cronológicos y lugares distintos); ello supone siempre una transgresión de la ortodoxia narrativa –pues no se trata de simples encadenados, sino de la cohabitación en el espacio escénico con un determinado sentido, lo que es muy distinto–, y abunda en el territorio de lo abstracto, ideas o sentimientos que de este modo se subrayan por encima de la propia literalidad del enunciado.

 

Y que hacen declinar el relato hacia unos parámetros en los que la fantasía se da la mano con el elemento feérico, lo que se plasma a través de símbolos, por supuesto, pero también de la cierta liturgia que anida en la definición de cada secuencia-fragmento escogido de lo acaecido en el bote salvavidas filtrada por el relato en over –o los soliloquios– de Pi, y, especialmente, a través de la ilustración visual, que sirve de magnífico barómetro de las expresiones de lo anímico a través de las que se abraza lo místico. Así expresado puede parecer que Lee efectúa un ejercicio que abraza la abstracción, pero no es así: lo formidable de la película es su capacidad para sustanciar en imágenes la potente batería intuitiva que, sin duda, es un excelente material suministrado por el relato de Martel pero que precisaba de, primero, inspiración, y, segundo, solvencia técnica, para no malbaratarse. En La vida de Pi siempre nos hallamos al borde de lo incongruente, pero a diferencia de lo que sucede con otras obras (por poner un ejemplo clarísimo, Slumdog Millionaire, de Danny Boyle (2009)), el relato se afianza en esa zona limítrofe entre lo improbable y lo imposible o impensable, y termina avanzando de forma coherente, llevándonos a su terreno. Y ello tiene que ver con la fuerza de las imágenes, fuerza que se desdobla entre lo vistoso de las secuencias donde acaece lo imprevisto, peligroso y terrible (el naufragio, la presencia de la hiena y después el descubrimiento del tigre, el capítulo de los peces voladores, la segunda tormenta, secuencias todas ellas de reseñable complejidad técnica y que Lee resuelve con un sentido de lo cinético envidiable) y aquéllas otras en las que acaece la calma como espacio para lo reflexivo, momentos que Lee convierte en escogidos mediante imágenes que, de tan esplendorosas, reclaman en lo visual, en el momento de acaecer, ese significado oculto que después se revelará en lo textual, y que tienen que ver con el acercamiento del personaje a una suerte de equilibrio trascendental o nirvana. Hablo, por supuesto, de esas imágenes en las que la gran pantalla se cubre de la inmensidad del cielo tachonado de estrellas, del mar en calma tan absoluta que asemeja un espejo en cuyo reflejo se diluye la existencia del espacio –la barca no-flotando sobre una nada horizontal–, de la superficie marina filmada en picado en la que florecen motas fluorescentes como vidas –y de donde termina emergiendo… una ballena– o, por supuesto, de esa isla paradisiaca y carnívora (sic) que Pi contempla desde el enclave elevado en el que ha decidido reposar. Son, por supuesto, estampas de lo mágico, de lo idealizado, de lo ensoñado, de lo irreal, pero que, como el escritor confiesa al final del filme, son preferibles a aquella otra versión de la historia, prosaica y terrorífica, que el filme relata mediante un largo plano fijo al personaje que la narra. Elección escénica esta última bien llamativa y para nada ociosa, pues ejemplifica a la perfección la oposición de términos sobre la que al final se edifican los sentidos del relato, que tienen que ver con el punto de vista y la representación. Herramientas que, por ende, cada ser humano tiene incorporados en su percepción y aprehensión del mundo y la experiencia, y que, al fin y al cabo, las historias de todos los tiempos modulan entre el drama y lo épico, la sustancia del terror o de la aventura, lo trágico y lo efímero, lo físico y lo espiritual. Creo decididamente que la recompensa que ofrece al espectador el visionado de la obra de Ang Lee se halla por encima de toda expectativa posible.

 

(1) Léase, por ejemplo, la crítica escrita por Roberto Morato y publicada en miradas de cine:

http://www.miradas.net/2012/12/actualidad/criticas/el-hobbit-un-viaje-inesperado.html

http://www.lifeofpimovie.com/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20121120/REVIEWS/121129995

http://celluloidheroesradio.com/2012/12/review-life-of-pi/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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