EL AÑO PASADO EN MARIENBAD

L’Anée dernière à Marienbad

Director: Alain Resnais

Guión: Alain Robbe-Grillet

Intérpretes:Delphine Seyrig, Giorgio Albertazzi, Sacha Pitoëff

Música: Francis Seyrig

Fotografía: Sacha Vierny

Francia. 1961. 95 minutos

  

En la marea de la nouvelle vague

Probablemente menos célebre que À Bout de souffle (Jean-Luc Godard, 1959), pero indudablemente igual de mítica, L’Anée dernière à Marienbad (1961) es una de esas obras puntales con las que los espectadores de las generaciones posteriores aprendemos a conjugar el término de modernidad cinematográfica que con tanta fuerza eclosionara en Europa hace ahora cosa de medio siglo. Y si bien en la fachada de ese término Alain Resnais aparece encuadrado junto con Godard, Truffaut y compañía bajo la bandera de la nouvelle vague, cualquier aficionado al cine discierne muy de entrada las importantes diferencias en el abordaje creativo que caracterizan este Resnais (por aquel entonces realizador de prestigio labrado con un solo largometraje, Hiroshima mon amour, aunque le avalaba también una interesantísima carrera previa en el campo del cortometraje y el documental) del citado Godard o de los primeros Truffaut, Rohmer, Chabrol, Rivette… Tampoco vengo a presuponer, faltaría más, que Resnais fuera el único que se desmarcara de unas intenciones o señas de estilo; ni por otro lado desmiento que haya cuestiones esenciales de despliegue, por así decirlo, del lenguaje cinematográfico en las que El año pasado en Marienbad pueda asemejarse al cine coetáneo de esos cineastas; esencialmente la ruptura narrativa a través del montaje. Empero, otras poderosas razones formalistas y de puesta en escena alejan mi percepción de Marienbad del ámbito de esos autores, y quizá de hecho me hacen pensar en una órbita más cercana a otros maestros, como pudiera ser Michelangelo Antonioni o, incluso, a Federico Fellini. Cerrando con las consideraciones al respecto de la posición, por así decirlo, de Resnais en el seno del célebre movimiento cinematográfico francés, recojo unas elocuentes palabras de François Truffaut: “La nouvelle vague carecía de programa estético: fue, sencillamente, una tentativa para retornar a una independencia perdida” (La nouvelle vague 25 ans après, de Jean Luc Douin, Editions du Cerf, París, 1983).

 

Del libreto a lo fílmico

A las consideraciones anteriores debe añadirse otra, de influencia literaria, concretamente del movimiento del noveau roman con el que diversos novelistas franceses del ecuador del siglo XX reaccionaban contra/se cuestionaban las reglas de la narrativa, y entre los cuales se halla el autor del guión de la película, Alain Robbe-Grillet. De hecho, si tenemos que hacer caso a Robbe-Grillet, el libreto que el escritor-guionista le presentó a Resnais incidía en cuestiones técnicas estrictamente cinematográficas, de puesta en escena, y Resnais las aplicó concienzudamente en el rodaje de la película, sin apartarse de las mismas un ápice. De creer esas palabras, y no hay razón para no hacerlo, se le debe conceder a Alain Robbe-Grillet un peso muy específico en esta suerte de creación cinematográfica aún tan capaz de aturdir al espectador. Si bien, ello no significa tampoco que debamos hablar de coautoría, teniendo en cuenta tres imponderables: una, que Resnais no adaptó un material preexistente del escritor, sino que trabó amistad y mantuvo largos encuentros con él –llegando a descartar algunos proyectos posibles- que por tanto debieron de influir en lo que Robbe-Grillet escribió para él; dos, que el guionista no estuvo presente en el rodaje de la película, ni en su inicio en castillos bávaros ni ulteriormente en el estudio; y tres, y la más importante al respecto, que hay dos elementos concretos, la dirección de actores (o quizá más bien debería centrarme únicamente en la actriz principal) y el montaje, que sin duda se hallan en la raíz de las tan peculiares pulsiones (¿románticas?) que la película transmite, y esos dos elementos no se hallaban, no podían hallarse, en ese libreto.

 

Imaginación

Teóricos mayores, más avezados y mejores que yo han tratado de desentrañar la maraña narrativa de tan singular película, a menudo incidiendo de la forma más imaginativa, aguerrida y aguda en razones sobre lo metanarrativo. Así que no me parece preciso abonar ni desmentir teorías al respecto –juego que pongo en duda que pudiera resultar de interés del lector, pero que, en todo caso, exigiría un análisis en mucha más profundidad que el que estas pocas líneas pueden llegar a ofrecer de la película–, limitándome a consignar que se hace muy evidente la intencionalidad en la tan extraña como soberbia fusión entre la forma y el contenido en las imágenes del filme. Lo que como espectador actual de El año pasado en Marienbad le puedo ofrecer a otro de mi clase y condición es la necesaria reivindicación de los dos elementos que se conjugan de forma tan aparentemente (lo que es imposible) milimétrica en la obra: la imaginación y el talento para capturarla sin miedos ni ambages. Con ello sí pretendo dejar constancia mi percepción de que en la película de Resnais no hay rastro de pretenciosidad, a no ser que como tal se entienda el intentar hacer algo inédito, lo cual ya anularía todas las connotaciones negativas que suelen acompañar al epíteto. Me parece que cualquier amante del cine debe permanecer extasiado ante las imágenes del filme, por los muchos, continuos y nunca accidentales hallazgos que dan lugar a esa retórica innegable pero plagada de significados. Antes que ponerme a  preguntar por qué transito por esos pasillos y jardines, me rindo ante la evidencia de que me siento absolutamente abducido, fascinado, por el mero tránsito. Por las codas desde el inicio de la función, sean mediante esa voz en off que se repite de forma fragmentaria o por los escenarios barrocos que la acompañan, la cámara siempre en movimiento, como así seguirá constante el metraje, siempre en una dirección muy clara, como corresponde a una invitación. Por la conmoción que provoca el contraste entre lo fastuoso y la escenificación de lo inane que propone: lo sublime y lo abismal fundiéndose en un mismo marco, físico y espiritual, inmutable, que desafía las reglas de la razón y el tiempo. Por el crescendo de aspavientos líricos que se alza, en el relato íntimo –entre dos personas, evocando un recuerdo o una invención, pero en cualquier caso edificando el drama–, sobre ese escenario extraordinario y desolado, participando de una liturgia musical tan indescifrable como incuestionable, que da por edificar reacciones y sentimientos que, en el completo abanico desde lo lacónico a lo exacerbado, ostentan la naturaleza de lo auténtico, por mucho que, en esa progresión desgajada de acontecimientos en sus lugares, a menudo su vigencia parezca condenada a durar apenas un instante…

 

Rebelión en las ecuaciones subjetivas

Así y sólo así, tras este orden de consideraciones de lo cinematográfico, y con la humildad de aquél que no pretende convencer a nadie sino simplemente levantar acta de percepciones subjetivas, me atrevo a poner en palabras los diversos lugares por los que, en mi fuero interno, me sentí transitar en este laberíntico relato que discurre en Marienbad (¿o quizá es en Friedrichbad?). Por la declaración de subjetividad que anida en absolutamente todos los componentes cinematográficos, y poniendo especial énfasis en los ardides que llevan a relativizar el tiempo, el filme parece obedecer, con rigurosidad imposible, a los designios de lo onírico. Pero lo que sin duda hace compleja, y al tiempo riquísima, la ecuación subjetiva es su no correspondencia con una única mirada, ni siquiera la de aquél que carga con el relato verbal a cuestas, Él (o X), que se pasa buena parte del metraje hablándole a Ella (o A), haciéndole recordar, o tal vez apenas despertar un sentimiento. Una vez establecidos algunos trazos descriptivos sobre ese hotel en el que discurre la acción/evocación, lo que sí se hace patente en la propia fisonomía de los actores, el modo en que la cámara les captura o las cosas que hacen o lugares por los que transitan es la naturaleza de cada uno de ellos (he mencionado dos, queda el tercero, quizá marido de Ella, o M): X siempre buscando, tentando o porfiando; A siempre en la fina línea entre la indiferencia y la melancolía, esto es, en soledad; M, siempre vigilante y castrante. En buena medida sirviéndose de los mudos escenarios que los observan – iterativos, oscilantes, e incluso en ocasiones intercambiables– para definir el drama, éste se fragua a través de las idas y venidas de X y de A, más las escogidas irrupciones de M, un conflicto que puede glosarse en términos de un sencillo triángulo sentimental, pero que al mismo tiempo viene a condensar, en el papel central de ella y opuesto entre ellos, y en la referida consideración de la naturaleza de los personajes, el discurso de una rebelión, una sedición sentimental que lo es al mismo tiempo de lugar y statu quo, y que por tanto alcanza toda abstracción. M, allende lo individual, personifica el lugar del que A huirá inducida por X. Una cárcel de la que parece el guardián, tal como demuestra ese juego absurdo al que siempre gana dominando la propia lógica del pensamiento del adversario; un adversario que suele ser X, quien al menos sí tiene la conciencia de hallarse bajo el dominio de M y se revela precisamente tratando de contagiar a lo más preciado, que es Ella, A. Así que no importa tanto si sucedió o lo que sucedió el año pasado en Marienbad, sino el hecho de que termine por cobrar un sentido entre X y A y lleve a los personajes, los tres, a actuar en consecuencia en el cierre. La pareja se fuga. M admite su derrota, que quizá es el desmoronamiento final de todo lo que antes controlaba, esa existencia aletargada, casi insensible, al filo de lo inhumano. Todo parecía ya presagiado en esa representación teatral que se escenificaba al inicio de la película. Y, con alta precisión metafórica, anida en la estatua de los jardines sobre cuya razón de ser e intención los tres personajes dan su versión. Al final, X y A toman su decisión, y M acepta su situación, sin, por supuesto, cuestionarse lo que sucederá después. Después de ese sueño, o más bien fragmentos de muchos, de alguna forma corporeizado(s) en las imágenes de esta rotunda obra maestra del Cine que, de tal modo, logró y sigue logrando …despertarnos.

http://www.imdb.fr/title/tt0054632/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19990530/REVIEWS08/905300301/1023

http://www.criterion.com/current/posts/1177-last-year-at-marienbad-which-year-at-where

http://ellamentodeportnoy.blogspot.com/2005/10/el-ao-pasado-en-marienbad-de-alain.html

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