YO SERVÍ AL REY DE INGLATERRA

 

 

Obsluhoval jsem anglického krále

Director: Jiri Menzel.

Guión: Jiri Menzel,

Intérpretes: Ivan Barnev, Oldrich Kaiser, Julia Jentsch, Martin Huba, Marian Labuda.

Música: Ales Brezina

Fotografía: Jaromir Sofr

Chequia-Eslovaquia. 2006. 125 minutos.

 

Un borrón en el paisaje

 

Jiri Menzel, director checo nacido en 1938 y al que se adscribe en la denominada Nueva Ola Checa (cuyo exponente más famoso, pues se instaló en Hollywood, fue Milos Forman), ha dirigido cerca de una veintena de películas, pero se le recuerda sobretodo por una de sus primeras, Trenes rigurosamente vigilados, película que se alzó con el Oscar a la mejor película extranjera en 1966 y que con los años ha pasado a ser  considerada una de las obras cumbres de la cinematografía europea. Con esta Yo serví al Rey de Inglaterra (cuyo título en VO es Obsluhoval jsem anglického krále) conjuga de forma brillante la cáscara de comedia con la radiografía histórico-social mediante la narración de la vida de un paria como anécdota hilarante para un marco, el histórico, que poco tiene de gracioso. De hecho, la operación emprendida por Menzel en la película puede recordarnos mucho a la que llevó a cabo en 1996 Robert Zemeckis en la laureada Forrest Gump: Jan Dite, el vocacional camarero que quiso y llegó a ser millonario (y otras cosas), no deja de ser un borrón en el paisaje de los acontecimientos de una realidad reconocible y dramática; en el filme de Zemeckis, cincuenta años de la historia de los EEUU del siglo XX, aquí un abanico cronológico aún mayor, ubicado en la vieja Europa –Checoslovaquia- y que abraza desde principios de siglo a las postrimerías de los años de la guerra fría (por mucho que la narración en flash-back, la que ofrece el corpus de la narración, se detenga en el advenimiento del régimen comunista).

 

 

        Flash-backs

 

        La obra adapta para la pantalla una novela del destacado novelista checo Bohumil Hrabal (1914-1997), autor que también escribió  la obra adaptada por Menzel cuarenta años antes en Trenes rigurosamente vigilados (narración que acaecía durante la ocupación de Chequia por los nazis, idéntica contextualización a la que aquí merece el tratamiento argumental más extenso). Se trata pues, y sin duda, de una feliz asociación (que no se limita sólo a estas dos obras). Menzel, autor del libreto, deja patente en la narración algo que las imágenes por momentos parecen denegar (principalmente por su osadía a ratos fogosa), la madurez en el planteamiento y tratamiento de los grandes temas que maneja. El filme se construye, como he dicho, a través de la historia particular de un paria, Jan Dite (encarnado en su juventud por Ivan Barnev y en su senectud por Oldrich Kaiser, ambos excelentes en su cometido, que –eso es mérito de Menzel- a menudo transmiten la poderosa sensación de tratarse de un solo intérprete), que empieza buscándose la vida como vendedor de salchichas en una estación de tren, para después ir progresando a nivel profesional como camarero o asistente de hotel, desde una cafetería en su pueblo natal a un lujoso hotel en la campiña para después recabar en el restaurante del mejor hotel de Praga, y ulteriormente en el mismo hotel en la zona rural reconvertido por los nazis en … otra cosa. El completo filme se construye a modo de flash-back: se inicia cuando un provecto Jan abandona la prisión tras una larga reclusión y se establece en un barracón sito en un lugar perdido entre los bosques; tratando de rehabilitar ese lugar desvencijado para convertirlo en una cervecería, Jan va recordando los acontecimientos que él juzga decisivos de su vida (y que se van presentando mediante tránsitos de la imagen que, sin tratar de sortear la convencionalidad narrativa, a menudo resultan de lo más imaginativos).

 

 

Entre el dinero y el sexo

 

En esa decisión de Jan sobre los momentos de su vida que merece la pena ser recordados, y las personas que de un modo u otro le marcaron, radica la originalidad y el riesgo del entramado narrativo e intenciones del filme: los acontecimientos históricos van aconteciéndose casi en off, y las opciones vitales y morales del personaje, cuya descripción es muy marcada, siguen derroteros muy distintos, aunque no ajenos a esa realidad: su contenido no se escora hacia lo anecdótico –opción probablemente más sencilla- sino hacia lo abstracto, hacia lo que de universal tiene toda existencia humana. Así la obra acaba convirtiéndose, esencialmente, en un alegato humanista. Jan pronto aprendre que lo que más le gusta de este mundo es el poder que confiere el dinero, por eso disfruta tanto tirando monedas al suelo para comprobar que cualquier hombre, por rico que sea, se humillará y correrá por los suelos para recogerlas; la particular sabiduría de Jan que enrosca la ironía de la película es su cualidad de gran despilfarrador. Y el que podríamos llamar otro pilar de su existencia tiene que ver con el sexo, con el improbable sex-appeal del personaje y su condición de virtuoso amante, devoción vital que viste de sensualidad la narración: todas las escenas de sexo, no sólo las referidas al acto sexual sino también a la plasmación de la belleza femenina están tratadas con sumo esmero por Menzel, que resalta el gusto voyeurista con sugerentes encuadres y movimientos de cámara  (cosa distinta será su relación con la Liza, la joven nazi encarnada por Julia Jentsch; ahí parece que cambian las tornas, probablemente porque ese romance trasciende del mundo de las entelequias sexuales –ello añadido a la presencia castrante de… ¡Adolf Hitler!-).

 

 

Puesta en escena

 

La construcción de las imágenes entorno al sexo no son más (ni menos) que la punta de lanza de un ejercicio cinematográfico de altura, una voluntariosa, feliz y penetrante puesta en escena en la que brilla con luz propia un entonado encourage y que, en su contenido, consigue abrazar perfectamente lo cómico con lo dramático, extrayendo el mayor jugo a situaciones de los más pintorescas (algún crítico ha atinado a decir que tienen algo de fellinianas, yo diría que contienen ciertas nociones de realismo mágico, o incluso ribetes que rozan el surrealismo), utilizando con talento recursos diríase que propios del slapstick (especialmente en el relato de los avatares de Jan como camarero) y arrojándose sin miedo a la compleja elaboración de vistosas secuencias corales (las descripciones de los hoteles, el banquete en honor del Rey de Abisinia). Y tras tan despampanante despacho visual, resulta que Obsluhoval jsem anglického krále captura al espectador precisamente por la sencillez y (quizá, sólo quizá) optimismo con el que, tras las dos horas largas de metraje, rinde cuentas, al certificar la futilidad de casi todo y la fungibilidad de todo, la razón de los éxitos y los fracasos de la vida (de Jan, por ejemplo), que no es otra que el cristal con el que se miran. La responsabilidad por los propios actos, pero también la asunción de las propias debilidades. El orgullo de haber sido lo que uno ha sido… aunque nunca llegara a servir al rey de Inglaterra.

 

http://www.imdb.com/title/tt0284363/

http://www.anglickykral.cz/

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