EL DEMONIO DE LAS ARMAS

Gun Crazy/Deadly is the female

Director: Joseph H. Lewis.

Guión: MacKinlay Kantor y Dalton Trumbo,

basado en un relato del primero

Intérpretes: Peggy Cummings, John Dall, Berry Kroeger, Morris Carnovsky, Annabel Shaw, Harry Lewis.

Música: Vixtor Young.

Fotografía: Russell Harlan

EEUU. 1949. 92 minutos.

 

Serie B

Nos hallamos indudablemente ante una obra maestra del periodo más refulgente del cine negro, de la serie B clásica y, si nos ponemos a catalogar, probablemente Gun Crazy (o Deadly is the female) sea unos de los títulos más destacados del cine americano de una de sus épocas más gloriosas, la década de los años cuarenta del siglo pasado. A menudo se cita su influencia sobre películas como Badlands de Terrence Malick o Bonnie & Clyde de Arthur Miller, ambos títulos asimismo referentes de una época, de un género y de una manera de abordarlo. Joseph H. Lewis es uno de los tantos cineastas que no caben en la fachada de la historia del Cine pero que resultan de ineludible interés para cualquier aficionado al Séptimo Arte. Uno de esos realizadores –como Edgar G. Ulmer, como Gordon Douglas, como Jack Arnold…- que asumieron posiciones en el seno de las divisiones inferiores de las majors o en los estudios más modestos y ayudaron a alumbrar lo que ahora conocemos como la Serie B: firmante de westerns para la Republic y Universal en la década de los 1930, Lewis se convirtió posteriormente en avezado artesano del cine de género, especialmente del noir, durante las décadas siguientes (legándonos obras como So dark the night, Relato criminal, Agente especial, My name is Julie Ross o El espadachín), para finalmente reciclarse como director para la televisión en los años de eclosión del medio catódico y de las series.

 

Un extraño don

En Gun Crazy Lewis adapta un relato de MacKinlay Kantor, y el libreto lo firma el mismo autor junto con el mismísimo Dalton Trumbo (que, por su condición de blacklisted, firmó con el pseudónimo de Millard Kaufman). Por desgracia no he podido leer el relato de Kantor, pero debo decir que el guión de la película es de una riqueza y una lírica desbordantes. Los primeros quince minutos ya nos dan la medida de la rareza del relato: en la secuencia prólogo, exterior-noche (lluviosa), vemos a un niño (interpretado por Russ Tamblyn) que mira con delectación una pistola expuesta en el escaparate de una joyería, hasta que se decide a romper la vidriera para llevársela, aunque su huída se frustra porque resbala torpemente. De ahí pasamos a la vista que enjuicia ese acto criminal del joven, Bart Tare; contrariamente a lo que sería dable esperar, no se trata de un delincuente precoz: tanto su hermana, como su profesora, como dos amigos suyos, atestiguan –y las imágenes ilustran esas palabras con concisos flash-backs- que el problema de Bart es que está obsesionado con las armas de fuego, desde muy jovencito fue aficionado a disparar; aunque, se puntúa, es incapaz de dañar a nadie, pues jamás superó la visión de un pollito exangüe al que aniquiló de un perdigonazo. Es evidente que los términos planteados son llamativos, e incluso extravagantes: Bart tiene un don: otros niños pueden destacar en la práctica de un deporte o en la música, y él es bueno, realmente bueno, disparando: lo suyo es la puntería. Y eso no le convierte en mal chico, que no lo es; sin embargo, como hemos podido atestiguar en el primer minuto, su pasión por las pistolas ha alcanzado lo compulsivo, ha desbordado su raciocinio.

 

Deseo, peligro

Hablar de armas implica inexcusablemente hablar de peligro, y lo que el porvenir depara a Bart no es otra cosa que la continuación lógica –aunque magnificada en términos de peligro- de ese primer capítulo con apariencia de anecdótico. Sin embargo, otra variable se introduce en el periplo del Bart adulto con las armas, un elemento que no se yuxtapone, antes bien se funde con la pasión por las armas: la pasión por una chica, o, dicho de otra forma, el sexo. Vista en perspectiva, la existencia de Bart sólo puede leerse en términos de fatalidad, de malos hados que inevitablemente desaguan en un final trágico. Por eso es tan revelador que Bart (John Dall) conozca a Ann Laurie Starr (Peggy Cummings) en una feria en la que ella protagoniza un espectáculo de puntería con un revólver, y que se enamore de ella compitiendo con ella en el ejercicio de esa puntería. Podemos acotar que, a pesar de que la Srta. Starr es una joven muy sensual, el elemento de las armas –el hecho de que ella sea, en ese sentido, una alma gemela- tiene mucho que decir en las motivaciones psicológicas de la pasión que ella despierta en el protagonista. Así se arrebujan los términos, todos ellos explosivos, que dan carta de naturaleza a la narración: la atracción sexual  y la pasión por las armas, el amor y el peligro; para Bart y Anne no existe lo uno sin lo otro, y su existencia es llamada a la marginalidad y la delincuencia porque son víctimas de esa pasión devoradora (de ahí que en el título en español se introdujera la lectura moral en clave católica: “el demonio”). En ese sentido, la secuencia que marca el inicio de esa singladura criminal (al fin y al cabo, el point of no return) transcurre de idéntica forma a la del prólogo: Bart y Anne miran ensimismados un revólver expuesto en el escaparate de una joyería; el pasado vuelve a llamar a su puerta; los malos hados de que hablábamos vuelven a consumarse. Por ello, y sin negar la definición quintaesencial de la Cummings como femme fatale, considero que si bien el relato parece detallar que es ella quien arrastra a Bart a la delincuencia, en el fondo queda patente que sus impulsos coinciden, y la diferencia entre una y otro radica simplemente en que ella tiene más liberados sus instintos y él posee una mayor capacidad de raciocinio o censura: esto es, Anne no hace sino liberar esos impulsos, ese instinto, esa naturaleza: la del mejor amante, la del disparador.

 

Fatalidad

Con ello no niego que sea trascendente el dato que nos dice que en los antecedentes de Anne ya consta un asesinato: precisamente la sustancia dramática de Gun Crazy recorre esa diferencia en los límites de la conciencia/censura/razón entre los dos amantes. Instalados en la espiral del crimen, sus retos cada vez son más peligrosos, y cuando arrecia el mayor peligro es ella quien toma la iniciativa: aprieta el gatillo y mata. Quizá Bart preferiría que le arrestaran, que el ordenamiento jurídico lo aislara de la sociedad, de lo que igualmente se sigue que Bart no tiene espacio en esa sociedad. También por ello, la única forma que el destino tiene de conceder a Bart una redención es el suicidio: no tanto porque al estar cercado por la policía el hecho de disparar supondrá que la policía le devuelva los disparos, sino porque matar a Anne es matarse a sí mismo: es aniquilar el reflejo de su idéntico espíritu, es aniquilar lo que más ama en el mundo, es aceptar la negación de su propio derecho a convivir con el resto… La fatalidad que veníamos intuyendo desde el principio ha alcanzado su definición final, la única posible. La grandeza de la película radica en buena parte en el hecho de que en ningún momento se juzgan los actos de Bart, ni apenas los de Anne: no hay rastro de paternalismo ni moralinas en una sola secuencia. Pero ello no hace otra cosa que agrandar por un lado la fuerza poética de la narración y por otro el subtexto alegórico de la película, totalmente abstracto, decididamente pesimista, por donde asoman ecos netamente nietzschesianos, pero donde también cabe una lectura en clave sociológica relacionada con el culto a las armas que atraviesa la historia de la cultura de los Estados Unidos de América desde sus inicios.

 

Virtuoso

Para las antologías del Cine queda sin duda el magistral plano-secuencia en el que se nos narra un robo desde el asiento trasero del coche. Sin embargo, ése no es el único episodio virtuoso que nos depara Lewis –sin ir más lejos, la cámara se posa a menudo en el interior del coche, y detalla los volantazos, los cambios de sentido, etc, siempre denotando virulencia y desorientación-. El realizador domina a la perfección el tempo narrativo, sus lustrosas imágenes nos atrapan en la vorágine de tensión, sexo y violencia que va edificando el relato de forma progresiva: Lewis filma la pasión insuperable de las dos figuras que se funden en un ardiente beso, filma el riesgo cada vez más patente en las avenidas pobladas y después en las sombras, filma la velocidad, las huidas desesperadas, el desconcierto infranqueable en esa neblina que acompaña a Bart y Anne en el último episodio de su periplo…

 http://www.imdb.es/title/tt0042530/

http://www.filmsite.org/gunc.html

http://www.rottentomatoes.com/m/1031278-gun_crazy/

http://www.filmcritic.com/misc/emporium.nsf/2a460f93626cd4678625624c007f2b46/8cb4ac631cf953ed88256e97007647cc?OpenDocument

http://www.dvdbeaver.com/film/DVDReview3/noirbox1.htm#gun

http://www.epinions.com/review/mvie_mu-1031278/content_183755378308

http://www.blogdecine.com/criticas/el-demonio-de-las-armas-obra-cumbre-de-un-desconocido

http://www.muchocine.net/criticas/10612/El-demonio-de-las-armas

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