TRISTANA

 

Tristana

Director: Luis Buñuel.

Guión: Luis Buñuel y Julio Alejandro,

basado en la obra de Benito Pérez Galdós.

Intérpretes: Fernando Rey, Catherine Deneuve, Franco Nero,

Lola Gaos, Antonio Casas, Vicente Soler.

Fotografía: José F. Aguayo

España. 1970. 107 minutos.

 

De Galdós a Buñuel

 

 Buñuel da rienda suelta a sus obsesiones fetichistas con la elegancia que lo caracteriza en esta Tristana. Adaptación de la novela de Galdós a los postulados del cineasta, la descripción de ambientes y de personajes (todos los secundarios, y principalmente el coprotagonista encarnado por Fernando Rey) responden al código del inmortal escritor. Allende aquellas fronteras, la bellísima Catherine Deneuve y sus tribulaciones emocionales (y sexuales) le sirven al director de Viridiana para despacharse a gusto con su visión personal de la España de pandereta, para mostrar terrenos más ajenos a la intelectualidad y más cerca de lo libidinoso.

 

Telaraña

 

La gran ironía (que no drama) parte de la utilización de un formato diríase que aséptico para encauzar unos entresijos emocionales de lo más turbios (que se destapan por instantes, en frases calculadas, como aquella de Fernando Rey, en que le expone a Tristana que “yo soy tu padre y tu marido, y asumo uno u otro cometido según me conviene”), una apariencia nada onerosa sobre la cual se va edificando la telaraña de desagravios sexuales y morales que dan la medida y erudición de la cinta, y donde se dan cita lo castrante, lo atávico y lo que bajo cualquier rasero dogmático se consideraría insondable. El desenlace del filme culmina la crónica de una decadencia anunciada, dejando sin palabras incluso al espectador más desprejuiciado.

 

http://www.imdb.com/title/tt0066491/ 

http://www.monografias.com/trabajos14/tristana/tristana.shtml

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

BELLE DE JOUR

 

Belle de Jour

Director: Luis Buñuel.

Guión: Luis Buñuel y Jean–Claude Carrière, basado en

 la novela de Joseph Kessel.

Intérpretes: Catherine Deneuve, Jean Sorel, Michel Piccoli, Geneviève Page, Pierre Clementi, Françoise Sabian, Paco Rabal.

Fotografía: Sacha Vierny.

Francia. 1966. 97 minutos.

 

Buñuelianas

 

Cuando se habla de Belle de Jour el nombre aparece antes que el título. Una película de Luis Buñuel. Se suele citar su filiación francesa, la censura española que tanto coadyuvó al éxito (tardío, eso sí) del filme y, principalmente, la trama de la película: una joven burguesa insatisfecha decide prostituirse para saciar sus deseos sexuales. Cuando se habla de Belle de Jour aparece en la retina una imagen de la sensualidad, Catherine Deneuve en ropa interior, una mirada huidiza presidiendo la rotundidad de su exuberancia. Cuando uno piensa en Belle de Jour quizá escucha una cadencia de cascabeles, y junto a la imagen icónica de la actriz francesa aparecen otras, carromatos portados por mayordomos, camas separadas, un pasto de toros, cicatrices, y una cajita de un señor japonés en cuyo interior hay algún insecto siseante.

 

Intimidades

 

         Lo que cuesta más trasladar a la recensión sobre la película es su condición de obra adaptada. Que lo es, de una novela de Joseph Kessel. Y eso sucede porque Buñuel fue un creador cinematográfico con mayúsculas, un cineasta incapaz de desligar cualquier narración de una propia y marcada idiosincrasia. Una idiosincrasia que, vestida en celuloide, se convierte en genio, uno similar al de Alfred Hitchcock y otros pocos, muy pocos, elegidos. Se puede decir que el material de partida le resultaba atractivo al director de Calanda, pero con ello nos referimos a una cualidad propiciatoria, a través de la cual ese universo se despliega ante los sentidos del espectador. Quiero decir que no sería justo limitar la materia contenida en Belle de Jour a su paráfrasis social, al cuadro que perfila de la burguesía a través de la historia de Severine. Ello empecería incluso la crítica a la obra, pues limitaría los márgenes del discurso a hablar de lo despiadado que resulta el trazo de Buñuel al plasmar los vicios inconfesables de una determinada clase social. Quizá así sea, pero sólo para entroncar con algo de mucha mayor profundidad, de contornos más difusos, y que se dirime en los más íntimos territorios de las pulsiones sexuales, de las pulsiones humanas. Un retrato de una obsesión, quizá de un trauma insuperable, o la representación de la victoria de los más bajos instintos sobre una racionalidad castrante.

 

         De la curiosidad a la fascinación

 

         En realidad, la premisa del filme está abordada en imágenes desde el modo menos convencional imaginable, pues Buñuel rehuye netamente cualquier aspaviento dramático y aún más la posibilidad de una postura moral. Bien al contrario. Maestro entre maestros de la sutileza, su mirada es curiosa, se inmiscuye en las alcobas de Severine, espía sus movimientos y decisiones con idéntica frialdad a la que Deneuve nos devuelve, dibujada en su rostro sin mácula. El auténtico inventario de perversiones sexuales que se dan cita carecen de mayor carga morbosa o erótica que la de su propia enunciación, pues el único empeño de la cámara es acompañar a Severine en su viaje, y, en los momentos álgidos de ese vendaval psicológico, dar rienda suelta a la fascinación. Por eso no existe un punteo musical que enfatice en dirección alguna la naturaleza de las imágenes, y esas imágenes están revestidas a menudo de una pátina blanquecina que no puede tener otro efecto que el aséptico. Probablemente porque resultaría imposible apelar a parámetros atmosféricos más oscuros sin evitar que la nítida transcripción de las intenciones y actos de Severine se viera devorada por lo enfermizo (obrar de ese modo daría de resultas, por citar un ejemplo con identidad de protagonista, una obra no muy lejana a la Repulsión de Polanski).

 

         Intuitivo

 

         Buñuel, creador de vericuetos narrativos inimitables, va abriendo vasos comunicantes entre la realidad, la ficción y el recuerdo, entre la vivencia y la ensoñación, y aunque en los primeros compases de la película la línea entre unos y otros territorios está delimitada por la propia contundencia de esas set-piéces aisladas que nos muestran las fantasías sexuales de Severine (o los dos cortos insertos referidos a su infancia), conforme la narración avanza esos contornos van deviniendo más y más difusos hasta alcanzar un paroxismo climático al final de la función, momento sobre el que Buñuel hablaba de la existencia de “dos finales”, haciendo referencia a la yuxtaposición entre la resolución convencional y la que acaece en los sueños/deseos de Severine, que al ser liberados la acaban redimiendo. Realmente Buñuel exige al espectador lo mismo que ofrece, ingentes dosis de intuición para acercarse a la definición de cuestiones que, aún hoy como en 1966, resultan tabúes. Lo que no ofrece, a diferencia de muchos realizadores proclamados o autoproclamados modernos y/o progres, son eufemismos.

http://www.imdb.com/title/tt0061395/

http://www.bublegum.net/criticasdecine/9967/Belle+de+Jour+(Luis+Bu%F1uel,+1966).html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.