ELYSIUM

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Elysium

Director: Neill Blomkamp

Guión: Neill Blomkamp

Música: Ryan Amon

Fotografía:  Trent Opaloch

Intérpretes:  Matt Damon, Jodie Foster, Sharlto Copley, Alice Braga,

Diego Luna,  Wagner Moura, William Fichtner

 EEUU. 2013. 109 minutos

  

Sanidad y pirotecnia para todos

 En 2009, y bajo el auspicio de Peter Jackson, Neill Blomkamp pudo debutar en la dirección de largometrajes y distribuir en primera línea comercial una película tan interesante como lo fue District 9, que a su vez desarrollaba las premisas de un cortometraje escrito y dirigido por el propio Blomkamp en 2005, Alive in Joburg, donde ya se elucubraba la misma trama de District 9, una parábola política pertrechada tras el relato sobre una nave alienígena que por causa de una avería queda suspendida sobre el cielo de la capital de la República Sudafricana y cuyos tripulantes, obligados a descender a tierra, son confinados a una reserva (eufemismo de gueto), generando la ebullición mediática y la (subsiguiente) alarma social  de la población. No deja de ser curioso que su siguiente obra -que ha tardado cuatro años en poder realizar, y que, merced de contar con el respaldo de una major y el protagonismo de una estrella (Matt Damon), vuelve a estrenarse en primera línea comercial, de nuevo disfrazado de blockbuster veraniego- guarde tantas y tan severas concomitancias de fondo con su opera prima.

 

Careando motivos temáticos y argumentales, nos ubicamos en un futuro distópico que en realidad podría llegar a ser el mismo de District 9 cambiando una ciudad por otra (aquí es Los Angeles), una sociedad donde la tecnología está al servicio de una burocracia despiadada (en los primeros compases del filme hay algunos ejemplos jocosos, como el robot-agente de la condicional que sanciona a Max (Damon) sin dejarle hablar, y luego le ofrece una píldora tranquilizante al percibir por sus pulsaciones que su interlocutor se está poniendo nervioso…), y que si es despiadada es porque está deshumanizada; si en su película precedente nos encontrábamos ante una monster movie con sintagmas cambiados en la que los alienígenas eran precisamente los parias, aquí hallamos una división entre ricos y pobres que tan escandalosa que se deslinda con el cielo de por medio: la gran mayoría pobre sobrevive en el torturado y decrépito planeta, mientras los ricos viven literalmente sobre ellos, en el planeta artificial que da título al filme, en un estado de pornográfica opulencia, más exclusividad de bienes y derechos (especial énfasis en la sanidad: como en Prometheus (Ridley Scott, 2012), aquí hay una cápsula capaz de curarlo todo, de una cara desfigurada a una leucemia), que se escatiman a esa plebe mayoritaria y miserable que sólo sirve de mano de obra más que barata al servicio de esa dictadura en la que, como en District 9, el poder está en manos de corporaciones.

 

Pero en este relato sobre la lucha por la supervivencia de un hombre que sirve a su vez de crónica de una rebelión, Blomkamp (guionista en solitario, amén de director) efectúa especial énfasis en un comentario universal, el que tiene que ver con la estratificación social fruto de una inmigración mal gestionada por los poderes públicos –atiéndase que en Los Angeles conviven el inglés y el español, a diferencia de en Elysium, donde sólo hallamos el primer idioma; sumémosle el hecho de que los revolucionarios sean todos de raigambre chicana o hispana….-, y en otro contemporáneo, recurrente aunque a menudo poco aprovechado en el cine de ciencia-ficción de nuestros días, cual es nuestra dependencia absoluta de las máquinas y, más específicamente, el dominio de lo virtual. Y para perfilar esas premisas recoge diversos motivos argumentales, temáticos y visuales que ya existían en District 9, al punto de poder considerar esta obra en muchos sentidos como una suerte de variación de aquélla, incluso aderezada con alguna broma privada, como el hecho de que el actor que encarnaba al sufrido protagonista de aquélla, Sharlto Copley, sea aquí la némesis de un protagonista, Max, cuyo terrible periplo –físico y mental- comparte no pocos signos distintivos con el Wikus Van De Merwe de District 9: ambos luchan contra el tiempo que se les acaba, y, aunque en principio eran supervivientes que trataban de lidiar armoniosamente con el implacable sistema, su necesidad perentoria les convierte en rebeldes impenitentes. Y en relación con lo anterior, como si se tratara de un émulo poco sutil de las tesis de la nueva carne de Cronenberg, Blomkamp le da mucha importancia a la fusión entre lo orgánico y lo sintético, o a la desintegración progresiva de lo primero. Para el cineasta, emulando también al ya de por sí poco sutil Paul Verhoeven de Robocop (1987), el sufrimiento y la sangre son un apropiado condimento narrativo para un relato de tales latitudes distópicas. En términos de estructura también es plausible lo mucho que el narrador se mira en su propio espejo para desarrollar su relato, que en su primera mitad obedece a parámetros más descriptivos y en su segunda se enrosca en una coda adrenalítica de acción salvaje.

 

Hasta aquí las concomitancias de fondo. ¿Pero qué hay de las cuestiones de forma y de concreción cinematográfica? Eso nos lleva a un terreno más resbaladizo, y distancia la película de la calidad de su precedente, por razones de puesta escena, por deficiencias de guión, concretamente de desarrollo de los personajes, o por razones simplemente industriales. Pero empezamos por lo visual. Del acicate narrativo basado en una estética documentalista de su opera prima, aquí pasamos a una narración más convencional, en el que empero pervive la patente fisicidad y las texturas realistas –fotografiadas en tonos cálidos, graníticos, asfixiantes– para mostrar el día a día en el guetto (La Tierra lo es) y para mostrar el contraste con la impoluta belleza del paisaje ondulante de Elysium. Sin embargo, esa estrategia visual, sin desmerecer la espectacularidad de algunos planos que muestran las distancias entre La Tierra y Elysium a través del espacio, resulta en realidad más anodina que la esgrimida por Blomkamp en su obra precedente. Y en el segundo segmento del relato, la pursuit story, Blomkamp, copia y amplia sus propios estándares de espectacularidad (los treinta millones que costó su primera película se cuadriplican en el presupuesto de ésta), motivos del cine más adrenalítico, de la publicidad, del cómic o incluso del videojuego para dar rienda suelta a la aparatosa carga de aventuras bélicas del nudo y clímax del relato. Empero, el potencial argumental que maneja aquí, a diferencia de lo que sucedía en District 9, se le termina escapando de las manos en la pirotecnia de su resolución visual; la audacia, sentido del riesgo, urgencia, magnetismo, indómita fuerza que caracterizaban a aquélla se resiente de una cierta afectación en el tratamiento tanto argumental como visual de los temas, una combinación entre exceso de abigarramiento visual y de puerilidad que da de resultas una película demasiado enfática y pagada de su mismo discurso, a la que le falta naturalidad, y por tanto intensidad. Como se ha apuntado, ello tiene en parte que ver con el perfil demasiado gráfico de las motivaciones y reacciones de los personajes, incluyendo alguna subtrama, como la que tiene que ver con el personaje encarnado por Alicia Braga, que no hace otra cosa que restarle intensidad al ritmo al coste de una emotividad de baja estofa. En última instancia, y recapitulando un poco las ideas que se han ido apuntando, Elysium chirría al intentar algo complicado: barajar las propias normas con las imposiciones narrativas del cine de acción mainstream, intento que se fragua sin éxito en el balance de esta vistosa, por momentos intensa e imaginativa, pero otros fláccida, de premisas dramáticas toscas y a la postre descompensada película. Y con ello no quiero decir que Blomkamp sea un cineasta de vocación autoral independiente o que el cine mainstream sea per se nocivo y haya limitado su potencial. Simplemente que el director no termina de conjugar armónicamente los elementos a todos los niveles que maneja.

http://www.imdb.com/title/tt1535108/?ref_=rvi_tt

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

DISTRICT 9

District 9

Director: Neill Blomkamp.

Guión: Neill Blomkamp y Terri Tatchell

Intérpretes: Sharlto Copley, Jason Cope, Nathalie Boltt, Sylvaine Strike, John Summer, William Allen Young.

Música: Clinton Shorter.

Fotografía: Trent Opaloch

Montaje: Julian Clarke

Nueva Zelanda. 2009. 112 minutos.

 

En busca de la originalidad perdida

El auspicio de un (joven) gato viejo, y auténtico tótem del cine fantástico, como es Peter Jackson, ha permitido a Neill Blomkamp llevar adelante y distribuir en primera línea comercial una película tan interesante y tan poco (respectuosa con el) mainstream como esta District 9, propuesta que, en su más que reivindicable originalidad, es en realidad el desarrollo en formato largometraje de unas premisas que ya se hallaban en un cortometraje escrito y dirigido por el propio Blomkamp en 2005, Alive in Joburg, que ya se servía del formato de sesgo documentalista para elucubrar una parábola política de primer orden a través de la historia de una nave alienígena que por causa de una avería queda suspendida sobre el cielo de la capital de la República Sudafricana y cuyos tripulantes, obligados a descender a tierra, son confinados a una reserva (eufemismo de gueto), generando la ebullición mediática y la (subsiguiente) alarma social  de la población. Sin duda que el potencial –imaginativo y cáustico- de semejante argumento merecía una profundización como la que ofrece el largometraje que nos ocupa, que, dicho sea de entrada, no puede defraudar a ningún espectador pensante. Así queda establecido el primer razonamiento que nos concierne como espectadores –y sobretodo debería concernir a los responsables económicos de las películas-: el campo del cortometraje, que busca talentos en buena medida al amparo de la originalidad de las propuestas, es un excelente caldo de cultivo para los largometrajes (en general, y los de género en particular), y si los ejecutivos de la industria cinematográfica recurren a ellos tan poco y en cambio se adocenan en la fórmula manida de la secuela y el remake (y el spin-off, y la versión reciclada, y un etcétera inacabable) es porque carecen, bajo la apariencia del miedo al riesgo a los resultados comerciales, del menor interés por la creatividad, una creatividad que, ahora como siempre, es el acicate del desarrollo cultural. Y esa reflexión nos lleva a otra, menor pero no intrascendente, relacionada con el papel de Jackson en este invento: es bueno que los directores de cine, tipos a los que por definición el Séptimo Arte les interesa, alcancen y asuman posiciones de poder en el seno de la industria.

 

Un nuevo eslabón

Aunque muchos críticos otorguen a lo formal una buena cuota de la originalidad de la película, yo estoy por formular categóricos de mayor peso. Pienso que la propuesta en lo formal de District 9 (sobre la que me extenderé más adelante) es audaz y sugestiva, pero el epíteto que mejor define esa forma es el de idoneidad: unos recursos de planificación y escenografía idóneos, eficaces, para encauzar la inmensa prolijidad narrativa y discursiva de la película. También me resisto a entrar en el entramado parabólico de la película, las muchas y apasionantes razones críticas con el sistema y la sociedad en la que vivimos que se deducen –de forma diáfana- de sus imágenes y texto (creo que eso es algo que está al alcance de cada espectador, quien, por lo demás, lo interpretará con los matices que correspondan a su perfil ideológico e ideas sobre el sistema económico global en el que vivimos). Prefiero centrar los términos de la película en el estricto marco de la ciencia-ficción. Digamos ya que District 9 es una de las obras más imprescindibles de esta primera década del siglo XXI en lo que concierne al género. ¿Y por qué? Sobretodo por lo que nos cuenta. Por servirse de multitud de referentes y convenciones para trasladarlos a otros parámetros, y ofrecer una mirada fresca, intensa, sumamente compleja, apasionante de los que han venido siendo, desde hace sesenta años, los lugares comunes del cine de género. Llevándolos por otras direcciones/a otra dimensión. District 9 no pretende ser una rareza en el marco del cine de alienígenas y las monster-movies, antes bien recoger un testigo de conceptos dispersos en muchas obras para proponer una novedad, un nuevo eslabón.

 

La deshumanización

Y la idea más brillante y decisiva para conseguirlo no es otra que la radical modificación de las premisas aceptadas, de modo tal que se modifiquen las perspectivas y, con ello, el sentido de lo narrado. Me explico. El cine ha mostrado a los alienígenas desde multitud de prismas, que van de la amenaza más terrorífica (pongamos a los invasores de War of the Worlds de H.G. Wells versiones Byron Haskin o Steven Spielberg, o al Alien de Ridley Scott) a la complicidad e inspiración de ET o los Close Ecounters también spielbergianos, y también les ha dado voz, ya desde que vinieran a advertir a los humanos del peligro de autodestrucción nuclear en The Day the earth stood still de Robert Wise hasta los contubernios que Graham Baker  ilustraba en Alien Nation. Blomkamp también les da voz, pero su paso adelante consiste en invertir las tornas. Para empezar, los alienígenas, a los que se dota de tronco, extremidades y cara (y ojos, los ojos son importantes, porque reflejan sentimientos), como los humanos, pero que no por ello dejan de ser criaturas bastante repulsivas, se nos presentan como poco más que alimañas que malviven de deshechos en una zona deprimida –y acotada- de la ciudad. Pronto veremos que carecen de malicia principalmente porque carecen, o así lo parece, de inteligencia. Son bestias salvajes a las que los burócratas, protegidos por el ejército, manejan a su gusto (haciéndoles firmar una orden de desahucio de los cubículos en los que residen, con el fin de llevarlos a otro lugar, al Distrito 10, donde la diferencia entre un gueto y un campo de concentración quedará diluida). Si esa coyuntura ya permitiría identificarlos como víctimas, hay otro subrayado importante que consolida esa condición: conviven en el gueto con grupos armados de nigerianos que operan de forma violenta y toda impunidad, y que se lucran a su costa. Monstruos, pues, son más bien esa milicia de nigerianos, encabezados por un loco de cuidado –cuyos métodos remiten claramente a los dictadores de muchos países del Africa subsahariana-; pero hay otros monstruos, los institucionales: los capitostes de la empresa privada que gestiona el asunto, la MNU (MultiNational United): monstruos en tanto que carecen de humanidad, que maltratan de palabra y obra a los alienígenas –siempre al amparo de una ley hecha a su medida-, que los asesinan y experimentan con sus cuerpos, que no tienen otra intención que apoderarse de su tecnología armamentística, a cualquier precio. Y en una película como ésta, siguiendo la tradición ritualizada en la década de los cincuenta del siglo pasado, debe haber un científico que arroje un poco de luz y clarividencia al entorno enajenado: aquí, no es el –improvisado y pírrico- héroe humano, Wikus Van de Merwe, sino… un alienígena, al que conocemos por el nombre de Christopher Johnson. Ese (improvisado y pírrico) héroe humano, Wikus, tendrá que recorrer un auténtico via crucis para alcanzar esa condición: pues al principio no es más que un burócrata que esconde su mediocridad y ansias de arribismo en una pose simpática, pero, merced de verse sometido accidentalmente a un proceso de mutación que lo convierte en alienígena –al más puro estilo del que atañía a Seth Brundle en The Fly, de David Cronenberg-, descubrirá con gran dolor lo que solemos denominar “los grandes valores”, obligado a empatizar con los mismos alienígenas que poco antes trataba a la baqueta, puesto que aquéllos para los que trabajaba se han convertido en sus más furibundos enemigos. Así, la desolada tesis de la película, a pesar de estar agazapada bajo una orquestración épica, tiene que ver con lo que podríamos llamar la deshumanización. En una sociedad tan deshumanizada, debemos tomar partido por los que no forman parte de la raza humana. Porque son los débiles. Porque la mayor de las injusticias –las que parocina o consiente el ser humano- se ceba contra ellos.

 

Storytelling

En los primeros compases del filme, y para plantear con el mayor dinamismo la insólita premisa del relato, se recurre a un formato documentalista (de mockumentary, claro está), mixturando segmentos de noticiarios de una especie de CNN sudafricana con testimonios de diversas personas conocedoras directas o indirectas de lo acaecido (pues, en ese sentido, la narración avanza en flashback), así como grabaciones recogidas a pie de calle por el ejército o la MNU (las que siguen el trabajo de Van de Merwe). Se trata de una estrategia más o menos recurrida en los últimos años, y que por momentos recuerda poderosamente a la empleada por Brian De Palma en su Redacted, empleada, eso sí, sin servidumbres, pues Blomkamp no tarda en introducir –sin nunca dejar atrás del todo el formato previo- la narración convencional, en primer lugar para presentarnos a la familia del alienígena Christopher Johnson y, después, para seguir el periplo de Wikus. Ese tránsito de una forma arrativa a otra, pues, sirve para dar voz a quienes no la tienen desde lo oficial y mediático (los alienígenas y Wikus, desde que se inicia su mutación), y, claro, para mostrar lo que esa versión oficial y mediática nos escatima: los espurios intereses de la MNU y sus despiadados métodos, su infamia (destaco al respecto el recurso a una violencia inusitada para mostrarnos las vejaciones a las que los científicos, médicos y expertos armamentísticos someten al que es su conejillo de indias, Wikus, imágenes y secuencias de una formidable sordidez, que conviven con otras, como aquélla en la que Christopher Jonson, en las dependencias del MNU, se queda estupefacto al hallar los restos de un miembro de su raza que ha sido sometido a toda clase de experimentos, en las que, tras la asfixia de aquella violencia, abren cauce a lo dramático, asumido desde el estricto punto de vista alienígena). Cuando, superado la mitad del metraje, el filme se convierta en una pursuit story, Blomkamp, sin olvidar la patente fisicidad, textura realista, de las imágenes, implementa en su estilo diversos motivos del cine más adrenalítico, de la publicidad, del cómic o incluso del videojuego. En ese sentido, Blomkamp sigue unos derroteros muy diversos a los de Peter Jackson en su storytelling, pero, al igual que el director de The Lord of the Rings, controla la hechura del relato y da muestras de un endiablado dominio del ritmo, dejando volar la aparatosa carga de aventuras bélicas del clímax final desde la inercia, e incluso el impulso, del gran potencial argumental que ha sabido controlar (y dejar crecer) hasta entonces. Queda una obra que rebosa audacia, juventud, sentido del riesgo, urgencia, un irresistible magnetismo, una indómita fuerza. Belleza.

 http://www.imdb.com/title/tt1136608/

http://www.d-9.com/

http://www.youtube.com/watch?v=iNReejO7Zu8 (Alive in Jo’burg)

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20090812/REVIEWS/908129987/1023

http://www.reelviews.net/php_review_template.php?identifier=1766

http://www.urbancinefile.com.au/home/view.asp?a=16051&s=Reviews

http://dorkgasm.com/node/949

http://www.metacritic.com/film/titles/district9/

http://www.quietearth.us/articles/2009/08/13/Review-of-Neil-Blomkamps-DISTRICT-9

http://www.worldsgreatestcritic.com/district9.html#title

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