PESADILLA EN ELM STREET (EL ORIGEN)

A Nightmare on Elm Street (2010)

Director: Samuel Bayer

Guión: Wesley Strick yEric Heisserer,

basado en el argumento original de Wes Craven

Intérpretes: Jackie Earle Haley, Kyle Gallner, Rooney Mara, Katie Cassidy, Thomas Dekker, Kellan Lutz, Clancy Brown

Música: Steve Jablonsky  

Fotografía: Jeff Cutter   

  Montaje: Glen Scantlebury  

EEUU. 2010. 100 minutos

 

Razones industriales

No nos andemos con demasiadas contemplaciones a la hora de analizar esta Pesadilla en Elm Street (El Origen). No merece la pena. Ni siquiera entremos a discutir algo tan relativo como la necesidad de resucitar al hombre del saco inventado por Wes Craven hace veintitantos años. Aceptemos que la industria es como es, que el reciclaje de ideas rentables es una constante que de tan aceptada ya parece aceptable, y que, en esa coda y sentido, era más que lógico que una industria que ha resucitado a los más antológicos personajes de las obras slasher que trufaron el cine americano en los setenta y ochenta le diera la alternativa, por así mal decirlo, a Fred Krueger, Freddie para los amigos. Aceptemos ese tablero de juego y efectuemos un sereno análisis de lo que da de sí esta A Nightmare on Elm Street auspiciada por Michael Bay y puesta en escena por el director de formación videoclipera Samuel Bayer. Hay, y lamento mucho decirlo –pues pagué mi entrada– dos malas noticias: ni nos hallamos ante una buena película (como, por ejemplo, sí me lo parecieron The Texas Chain Saw Massacre 2004 de Marcus Nispel o The Hills Have Eyes de Alexandre Aja), ni (siquiera) la película aporta nada nuevo a una franquicia que en los años ochenta y principios de los noventa ya se exprimió mucho, quizá demasiado.

 

         Sintomático

Probablemente lo más irónico del caso sea que, aunque son dos los guionistas acreditados –Wesley Strick y Eric Heisserer–, en la elaboración del mismo se contemplaron hasta quince drafts distintos. Menos irónico, y probablemente sintomático, es el hecho de que de esos quince libretos el que se convirtió finalmente en esta película es un híbrido de cuatro de ellos. ¿Por qué irónico? Porque si de algo peca este remake (y en puridad de definición, en parte también secuela) es de poca originalidad en lo esencial, en la elucubración de un relato, en la exploración de nuevas posibilidades temático-expresivas. ¿Por qué sintomático? Porque netamente da la sensación de que esta Pesadilla en Elm Street (El Origen) está manufacturada pensando exclusivamente en términos mercantiles, buscando contentar a todo el mundo, viejos fans de la franquicia y público potencial teenager, aunque para ello se tenga que sacrificar lo que damos en llamar personalidad, la posibilidad de arriesgar o de servir un producto con, por ejemplo, frescura, desfachatez e ingenio, epítetos todos ellos que merece la Pesadilla en Elm Street  original de Craven (o en menor medida, la tercera parte de la serie, o incluso, ni que fuera por momentos, la segunda o quinta entregas, el piloto de la serie televisiva en la que derivó la franquicia o hasta esa nueva pesadilla que el propio Craven emprendió cuando parecía que la fórmula ya estaba agotada). De los conceptos, significantes, sugerencias o alegorías que nos ofrecía la primera y terrorífica obra del realizador de La última casa a la izquierda quedan apenas anécdotas. Y del anecdotario de humor negro (de trazo grueso, eso sí) basado en la condición de estrella del show que Robert Englund/Freddie Krueger obtuvo a partir de, más o menos, la cuarta película de la serie original, no quedan ni las migajas. Todo lo que no sería mayor problema si Pesadilla en Elm Street (El Origen) tuviera algo distinto que ofrecernos, pero, tristemente, tampoco es el caso.

 

Del viejo Freddie Krueger…

La historia del delincuente que antaño fue ajusticiado por los padres de unos niños y que vuelve para vengarse utilizando los sueños de esos niños ahora convertidos en adolescentes tenía, a mi parecer, mucha miga. Los hijos debían saldar una deuda contraída por los padres, una turbia definición de culpa y su traspaso generacional, remozando en tales términos (y a veces, de un modo explícito) la figura arcana del hombre del saco, todo ello en ese microcosmos, Springwood, estandarte de las viejas enseñas de la celebración del american way of life reconvertidas, por arte de terror onírico, en un laberinto ominoso de arquitectura y moral cada vez más putrefacta. Por otro lado, por supuesto, aparecía el ítem del subconsciente desatado y la relación entre la realidad y el sueño, dos espacios que podían difuminarse en definiciones limítrofes mostradas en diversas películas de la serie. Y, por otro lado, estaba el comentario, no sé si deliberadamente posmoderno (probablemente más bien fruto de accionar demasiadas vueltas de tuerca), sobre la gracia que puede tener para el espectador que el villano se convierta en la estrella del show y que, por tanto, los jóvenes candidatos a víctimas sean vistos como poco más que conejillos de indias de un juego macabro, ese espectador abandonando cualquier empatía hacia ellos (la que, por ejemplo, sintió por Nancy) y esperando descubrir apenas qué nuevo método asesino se le ocurriría a un Krueger reinventado como tosco pero válido portador de las arcanas tesis del asesinato como forma de arte.

 

… al nuevo Freddie Krueger

De todo ello, sólo queda un reciclaje superficial, pergeñado teniendo en mente el patrón de la primera película (incluyendo tres homenajes explícitos), de cuya trama se presentan algunas variaciones accesorias, tales como la condición de pederasta del Krueger vivo, o unas sofisticadas consideraciones fisiológicas (la definición de microsueño, las explicaciones sobre la imposibilidad humana de sobrevivir sin dormir, y chorradas académicas –al menos aplicadas a una película de terror– por el estilo). Queda la desgracia de un libreto que da bandazos para hacer avanzar una trama en realidad minúscula, unos personajes carentes de vida y a los que flaco favor prestan los actores que los encarnan (o el director que les dirige). Quedan definiciones estéticas sacadas de aquí y de allá, de referentes cercanos –aparte de los mencionados guiños–. Y, quizá porque Samuel Bayer es tristemente consciente de todo ello, quizá porque está amordazado por intereses industriales, quizá porque carece del mínimo talento, nos sirve una obra sin sustancia terrorífica, cuyas secuencias de choque no van más allá del susto formulario, bien lejos de la creación de una atmósfera o apenas el intento de crearla. Y, capítulo final, ni siquiera sacamos un triste rédito del hecho de que escogieran a un buen actor como Jackie Earle Haley como nuevo Krueger: los responsables de la película no se atreven a dejarle salirse, ni en un plano ni en una línea de diálogo, de los parámetros de ese arquetipo reconocible por haber sido concebido, con más talento que el que concurre aquí, en las previas entregas de la serie. Una serie que, salvo enmienda en la posterior película –que no dudo que la habrá si el box-office da la bendición–, no ha despertado en el presente, en esta primera década del siglo XXI, y sigue por justicia anclada en los significantes cinematográficos de tiempos pretéritos.

http://www.imdb.com/title/tt1179056/fullcredits#cast

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20100428/REVIEWS/100429976/1023

http://chicago.metromix.com/movies/movie_review/a-nightmare-on-elm/1907333/content

http://cinevisiones.blogspot.com/2010/05/pesadilla-en-la-calle-del-infierno-el.html

http://opinion.labutaca.net/2010/07/20/pesadilla-en-elm-street-el-origen-michael-bay-viene-a-por-ti/

http://elcineseguntfv.blogspot.com/2010/08/cine-fantastico-del-verano-de-2010.html

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