EL SUBMARINO

 

Das Boot

Director: Wolfgang Petersen.

Guión: Wolfgang Petersen, basado en la novela de Lothar G. Buchheim

Intérpretes: Jürgen Prochnow, Herbert Grönemeyer, Klaus Wennemann, Hubertus Bengsch, Martin Semmelrogge.

Música: Klaus Doldinger.

Fotografía: Jost Vacano

Alemania. 1980. 126 minutos.

 

Epopeya submarina

 

Sombras que se diluyen en una negrura que se adivina espesa, haces de luz ora roja ora azul, parpadeantes. Claustrofobia en los corazones que habitan en ese monstruo de metal condenado a porfiar desde y hasta las profundidades. Miedo y amor incondicional, fraterno, en las miradas llenas de tensión, en los rostros devastados por el cansancio y la carencia de luz solar y de oxígeno. El leit-motiv de esos travellings que siguen a los marinos moverse con impensable agilidad por esos angostos pasillos al son de una alarma. Un inenarrable valor para afrontar una existencia en el abismo, a doscientos ochenta metros bajo la superficie del mar… Todas esas imágenes calan hondo en la retina del espectador al visualizar esta portentosa Das Boot, epopeya fílmica que recoge, lleva a su terreno y amplia todos los cánones del cine de aventuras mixturándolos con resortes psicológicos reconocibles de las tramas bélicas de toda la vida, e incluso abordando pasajes de otros géneros, la ciencia-ficción y el terror, ya que poca diferencia existe entre la inmensidad del oceano y la inmensidad del espacio sideral, y porque, parafraseando el tagline de Alien, en las inmensidades submarinas nadie puede oir tus gritos. Das Boot es probablemente la película definitiva sobre submarinos, lo que tiene especial valor considerando el potencial y atractivo cinematográfico innegable de las obras realizadas en ese singular microcosmos. De hecho, creo que precisamente ese escenario tenía mucho que ver en el interés que despiertan películas como The Hunt for Red October (John McTiernan, 1990), Crimson Tide (Tony Scott, 1995) o U-571 (Jonathan Mostow, 2000), o incluso The Abyss (James Cameron, 1989) o K-19: the widow-maker (Kathryn Bigelow, 2002). Sin embargo, Wolfgang Petersen lo dejó todo dicho en 1981, al filmar la película que nos ocupa.

 

 

El artesano

 

Cuando realizó la película, Wolfgang Petersen llevaba más de quince años trabajando como realizador en su país natal, Alemania, rubricando el grueso de esa filmografía en el medio catódico. El formidable éxito de Das Boot, junto con el de la posterior The neverending story (la adaptación de la obra homónima de Michael Ende que dirigió tres años después) le abrieron de par en par las puertas de Hollywood; pero, en cierto sentido, Das Boot le hipotecó profesionalmente, pues en un principio su cometido estuvo centrado en cine de género en general (del thriller –Shattered  (1991) o In the line of the fire (1993)- a la ciencia-ficción –Enemy Mine (1985)-, de la variante genérica de cine sobre epidemias –Outbreak (1995)- a la revisitación mainstream de la epopeya clásica –Troy (2004)-), pero fue preferentemente requerido para visitar territorios más o menos cercanos al de Das Boot en su definición argumental, primero en Air Force One (1997), después en The Perfect Storm (2000) y finalmente en el remake Poseidon (2007), obras todas ellas –y algunas otras citadas anteriormente- en las que puede verse el progresivo descalabro creativo de Petersen, sin duda motivado por su adocenamiento, su sumisión cada vez más flagrante a los tópicos más manidos del mainstream, que fueron minando la innegable capacidad de Petersen como artesano. Porque, atendiendo a esta Das Boot (que, también podemos decirlo, es de largo su mejor película), nos damos cuenta de que nos hallamos ante un trabajo de pura artesanía: en el mejor de los sentidos: casi cabría hablar de orfebrería cinematográfica.

 

 

Con la tripulación

 

El filme no es ni pretende ser en ningún momento una obra-espectáculo en el sentido habitual del término, antes bien una crónica de ciertos visos realistas, sobre el detalle de la vida y el trabajo en el interior del submarino que da título al filme, y lógicamente en su contexto bélico. De hecho, todo el metraje acaece en el interior del submarino, a excepción de ese prólogo filmado en una sala de fiestas, del final en el puerto, y de un par de secuencias, las que acaecen en Vigo, que transcurren en el interior de un barco militar (significativamente, Petersen no aprovecha esa interrupción del viaje para darse la tregua de mostrarnos tierra firme). Y la magnífica labor de planificación, escenografía y montaje llevada a cabo por el realizador (y el arropamiento técnico) del filme consiste, por un lado, en mostrarnos el modus vivendi y operandi de la tripulación a través de la filmación de los (bien míseros) espacios del “barco” (así le llaman ellos), y, por otro, generar los mecanismos de tensión que atañen a los incesantes periplos a los que la nave se ve abocada, y que le lleva al borde del desastre en no pocas ocasiones. Petersen efectúa un brillante estudio de esos espacios, sobrio en las referencias de detalle tanto de esa geografía interior como del modo de funcionamiento y navegación de la máquina;  por otra parte lleva a cabo un meticuloso trabajo lumínico como mecanismo para generar tensión, ello yuxtapuesto a una sabia utilización del montaje y del sonido, y al recurso a diversas y muy imaginativas fórmulas visuales (los travellings citados, planos distorsionantes, movimientos espasmódicos de la cámara…). Secuencia a secuencia, el espectador va inmiscuyéndose cada vez más y más en la piel de la tripulación del submarino, imbuyéndose del agrio sino que incumbe a todos y cada uno de los marineros con peso específico en la trama (asumiendo la perspectiva de uno de los tenientes, no marinero, que acompaña a la tripulación y a través de cuyos ojos los descriptivo cobra un nuevo sentido subjetivo que da aún más vigor al relato). Además, la sensación de peligro, al principio latente, va cobrando cada vez más fuerza, más presente. De la tensión que Petersen ya logra en la primera prueba que se efectúa para calibrar la profundidad que el submarino puede alcanzar soportando la presión (esto es, antes de romperse en mil pedazos), pasamos, más tarde, a su hipérbole: el submarino se hunde, y se superan todos los límites de profundidad, salvándose in extremis de esa muerte segura cuando, accidentalmente, encalla en un banco de arena. Tenemos también la larga e inolvidable secuencia del ataque a los barcos ingleses, en que resulta de todo punto vibrante en el relato de la incertidumbre: lo que acaece fuera del submarino y el capitán trata de intuir –primero, el hundimiento de un barco, luego la llegada del resto de la flota, la activación de la búsqueda por ultrasonidos…-; al final de aquella larga secuencia, no menos inolvidable resulta la imagen en la que el submarino emerge y los marineros ven acabar de hundirse el barco, su tripulación ardiendo, tirándose al agua desesperada; un filtro rojo recorre los encuadres, poblados también por la invariable neblina del humo del incendio: la imagen de lo dantesco.

 

 

Perdedores

 

Y quizá al adentrarnos en el análisis de los últimos compases del filme alcancemos una interesante reflexión sobre lo que Das Boot tiene de mirada a la guerra desde el prisma alemán. En la construcción narrativa, los guionistas se cuidaron muy mucho de ofrecer una crítica al nazismo y a la figura del fuhrer (por ejemplo, en el grotesco speech inicial que efectúa uno de los oficiales, borracho, en el escenario de la sala de fiestas, o en el dibujo –antipático- del alto rango nazi que acompaña a la tripulación, dibujado en oposición al capitán y sus ayudantes, que no dejan de ser marineros “a secas”, su bando militar sólo condicionado por su nacionalidad), sin embargo más apasionante resulta profundizar en el hálito lúgubre que envuelve la mirada del perdedor, la mirada de los alemanes en esa guerra que dejó devastado su país. Esa lobreguez se hace casi insoportable en el pasaje, cercano al desenlace, en el que la tripulación lucha a contrareloj para reparar el submarino mientras se van quedando sin aire: con esa iluminación mortecina sobre los rostros casi inertes de los personajes, Petersen retrata a la perfección la angustia del ser humano en una situación desesperada. Pero aún más revelador resulta el desenlace de la función: si esta película fuera americana, sin duda que terminaría en el instante, tan eufórico, en el que el submarino logra emerger a la superficie e iniciar, a velocidad de crucero, el camino a casa. Realmente, esa secuencia está rodada como un desenlace (feliz) en toda regla. Pero, tratándose de una mirada alemana al conflicto, no extraña que tras ese desenlace feliz se agregue un desenlace trágico -que en cierto modo nos remite al absurdo de la solución de Le Salaire de la Peur (Henri-Georges Clouzot, 1953)-, en el que el submarino, una vez arribado a puerto, es abatido por las bombas de la aviación aliada. El último plano de la película, que equipara el hado del submarino con el de su capitán, es de una belleza y una carga lírica extraordinarias.

http://www.imdb.com/title/tt0082096/

http://www.dasboot.com/

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