CINTURON ROJO

 

Redbelt

Director: David Mamet.

Guión: David Mamet.

Intérpretes: Chiwetel Ejiofor, Emily Mortimer, Alicia Braga, Randy Couture, David Paymer, Joe Mantegna, Tim Allen.

Música: Stephen Edelman.

Fotografía: Robert Elswitt

EEUU. 2008. 110 minutos.

 

Reseñas

 

El día que se estrenó esta Redbelt leí en la reseña de no sé qué periódico una definición que se pretendía gráfica de la película, que decía que el filme partía de la típica trama enrevesada made in Mamet para convertirse en un Rocky para intelectuales. Supongo que es una forma de decirlo, igual que se puede decir que Con la muerte en los talones es una versión socarrona de la típica peli de James Bond o que Cielo sobre Berlín es una versión refinada de un cuento clásico para niños. También se puede definir el filme desde muchos otros parámetros –menos gráficos, eso sí-, como por ejemplo sacar a colación que David Mamet es cinturón negro de la modalidad brasileña de Jiu-jitsu que practica el protagonista del filme, y que quizá quería plasmar en la obra algunas de las reflexiones que la práctica de esta arte marcial le ha despertado; o quizá al seguidor del cine del autor de Homicide le interese saber que Redbelt es una obra que, en esencia, se desmarca bastante del tono que el dramaturgo y realizador suele imprimir a sus películas y de las categorías humanas que lo pueblan, o que quizá es su filme más optimista.

 

 

        Cuestiones de integridad

 

        Tras visionar Redbelt, el espectador puede echar la vista atrás a la filmografía de Mamet (especialmente a obras como House of Games, Things Change, The Spanish Prisoner, Heist o incluso Spartan) y tener la sensación de que todas las tramas de engaños y trucos que el realizador acostumbra a despachar en prodigiosas estructuras narrativas no son más que relucientes disfraces, y que en esta Redbelt Mamet quería acabar quitándose la máscara. Superficialmente, la película narra el periplo vital que ha de afrontar Mike Terry, un profesor de Jiu-Jitsu (encarnado maravillosamente por Chiwetel Ejiofor), cuando una serie de casualidades (y tipos despreciables, absolutamente faltos de escrúpulos, que conspiran en su contra) le dejan en una situación económica ruinosa, para más inri con un crédito pendiente de pago a la mafia, circunstancias que le llevan a inscribirse, contra sus principios, en un torneo de lucha mediático. El filme arranca con una típica trenza de presentación de personajes y (aparentes) conflictos: el profesor de Jiu-jitsu aleccionando a un policía, su más avezado estudiante; un disparo accidental que rompe la vidriera exterior del gimnasio; una refriega en un bar en la que se ve implicado un actor de Hollywood…; Mamet no concede tregua a la espiral de personajes emergentes en la trama y nexos que se establecen entre ellos: la descripción es lacónica, la información, gráfica, las primeras elipsis ya empiezan a apelar a la inteligencia del espectador presto al juego. Y en esta casa de juegos narrativa en la que las cosas siempre cambian de anverso a reverso, no tardaremos en descubrir lo ya enunciado: Terry es víctima de un(a sucesión de) contubernio(s) que le arrojan a una situación límite. Hasta aquí la trama prototípica mametiana, que, empero, en esta ocasión, sin dejar de construirse cual ecuación rutilante, ha ido cediendo un pequeño espacio a la descripción del modus vivendi de Terry, su pericia en la práctica del jiu-jitsu y su devoción y total entrega a los principios espirituales que la inspiran, y que podemos definir con un único epíteto: integridad. Esa integridad –su personificación- es el propio concepto que Mamet pone a prueba en su fábula, porque Redbelt en efecto en sus últimos compases va postulándose como una fábula, una fábula moral.

 

 

        Símbolos

 

  No voy a descubrir aquí que Mamet juega con enorme ventaja respecto del grueso de guionistas que pueblan el cine, pues su prodigalidad en la elucubración de tramas y personajes entretejidos es ya legendaria. Baste con decir que el director no falta a su cita con el talento, y si acaso hay algún segmento de narración algo atropellada, tiene que ver con información secundaria. Mamet desgrana su historia y toca muchas teclas temáticas, dejando la información en la mano del espectador: se permite jugar a gusto y llevar a su terreno los clichés de los dramas deportivos (ahí aparece Rocky, o Karate Kid, o El Mejor, o Cinderella Man, o la que quieran), pero sin olvidarse de desnudar el lado oscuro del deporte: las absurdas bagatelas que sostienen la competición, las corruptelas de todo pelaje que amañan los resultados con fines espurios, lo que tiene de grotesco el aparato mediático… Tampoco se libra de su invectiva la mirada que arroja sobre ese actor de Hollywood (Tim Allen) y su agente (Joe Mantegna), ambos personajes-tipo cuya mezquindad se expone a juicio público por Mamet. Pero lo más interesante del filme (por qué no decirlo, lo que la convierte en una gran película) es la falta de contemplaciones para encauzar esa fábula moral de la que hablaba, librándose del propio corsé narrativo que le caracteriza en esa secuencia climática, la del combate (preludiada por otra bellísima, en la que vemos a Terry abandonar el recinto y su alumna encarnada por Emily Mortimer ir a su encuentro; discuten y no sabemos de qué, pero ella le da un bofetón; la alumna espolea al maestro a ser lo que es, a llevar al extremo su integridad). Son diez minutos intensos, donde vemos a todos los personajes en liza y ya no les escuchamos (no hay ni una línea de diálogo), así que disponemos de la tregua precisa para juzgarlos en toda la dimensión que nos ha estado preparando la película durante hora y media. Diez minutos en los que la integridad del hombre permanece inmaculada y es recompensada como corresponde. El cinturón, com símbolo. El abrazo con el viejo maestro, como símbolo aún más clarividente. Que cierra la película.

 

http://www.imdb.com/title/tt1012804/

http://www.miradas.net/2008/n75/actualidad/flashforward.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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