LA LEYENDA DE LA CIUDAD SIN NOMBRE

 

Paint your wagon.

Director: Joshua Logan.

Guión: Alan Jay Lerner y Paddy Chayefski, basado en la obra del primero y Frederick Loewe.

Intérpretes: Lee Marvin, Clint Eastwood, Jean Seberg, Harve Presnell, Ray Walston, Tom Ligon.

Música: Frederick Loewe, Nelson Riddle.

Fotografía: William A. Fraker

EEUU. 1969. 147 minutos.

 

Western-Comedia-Musical

 

Hay diversos motivos que convierten en inclasificable este (¿)pequeño(?) hito del cine norteamericano de los tardíos años sesenta, principalmente la fusión entre los elementos distintivos de géneros de tan difícil maridaje como puedan ser el western (un western-río, más bien, con todas sus cualidades épicas), la comedia y la ópera musical. Amén de por algunas de sus celebradas canciones –principalmente, Wandrin’ star, interpretada a la voz por Lee Marvin-, el filme debe recordarse por ser la última película dirigida por el autor de Picnic, Joshua Logan. A título anecdótico, obsesionado como estoy por quejarme de las pésimas traslaciones originales, debo decir que, en este caso, La leyenda de la ciudad sin nombre es un rótulo mucho más hermoso que Paint your wagon, y que además mima mucho más los posos de sugerencia que dan carta de naturaleza a la narración.

 

 

         Hijo de una estrella errante

 

 El filme es una grandilocuente adaptación del musical Paint your wagon, escrito por Alan Jay Lerner y Frederick Loewe, y que en su día cosechara los mayores parabienes en Broadway. El guión, escrito por dos talentos de la talla de Alan Jay Lerner y Paddy Chayefski, inserta las canciones de una forma más bien abrupta en una trama que, planteada en los términos que lo está, no precisaba muchos de sus punteos musicales, y más bien se centraba en una esencia narrativa donde el escudo de una incesante cascada de ingenios irónicos guarda en su seno una lúcida mirada que abraza lo histórico y lo mítico, y que hace trascender la narración a unos parámetros entre lo nostálgico y lo crepuscular. La narración del nacimiento, auge y posterior decadencia de la ciudad sin nombre transita paralela a la historia del personaje de Ben Rumson, que tan genuínamente encarna Lee Marvin, definido por sí mismo (y por la canción que canta) como un “hijo de una estrella errante”, un pionero buscador de oro que empieza la narración solo y la termina solo, y que en un momento del filme le dice a un conciudadano que “hay dos tipos de personas, los que van a alguna parte y los que no”, para acto seguido apuntillar el discurso con un último e inopinable comentario: “soy exciudadano de ninguna parte”. Se apuntala así la imagen del desarraigo prototípica de los tiempos en que se estaba forjando la civilización –la misma imagen, por ejemplo, de los personajes que encarnaba John Wayne en Centauros del desierto y El hombre que mató a Liberty Valance, dos de las obras maestras de John Ford-, imagen que se viste de lírica en el perfil que del personaje efectúan tanto el libreto como las imágenes que compone Logan, y que tamiza absolutamente todos los conceptos que la película visita: la relación de un hombre con el territorio, la amistad, la supervivencia, las relaciones amorosas, la codicia, la búsqueda de la trascendencia…

 

 

Entusiasmo escenográfico

 

Si he dicho que el libreto no mima especialmente el engarce musical en la trama –evidenciando tal vez que la aparatosidad musical, heredada del éxito en Broadway, era un reclamo comercial-, la opción escogida por Logan para ilustrar esos números musicales sorprende por su gusto por lo elefantiástico: más que hablar de coreografías bien cuidadas –que no las hay-, hablamos del talento de un hacedor de imágenes por construir magníficas panorámicas, magnos retratos de ese microcosmos humano y su ubicación geográfica/edificada (impagables los pasajes que muestran la construcción del casino en montaje encadenado con el viaje de Ben Rumson con las mujeres que deberán radicar su vida y trabajo allí). Ese interés por lo coral, consolidado con el motivo recurrente de las asambleas de ciudadanos, convive con el detalle que promueve la elaborada dirección artística. Instalada la mirada de Logan en esa coda que abraza la austeridad y el entusiasmo en la composición, algunas de las imágenes quedan en la retina por su brillante manufactura (pienso por ejemplo en ese encadenado entre una imagen subterránea donde vemos caer del techo perforado polvo de oro –que debe servir para las provisiones del invierno- y una panorámica en la que vemos caer otro polvo, los copos de nieve).

 

http://www.imdb.com/title/tt0064782/

http://usuarios.iponet.es/dardo/revista/leye.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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