EL PROTEGIDO

 

Unbreakable

Director: M. Night Shyamalan.

Guión: M. Night Shyamalan

Intérpretes: Bruce Willis, Samuel L. Jackson, Robin Wright Penn, Spencer Treat Clark.

Música: James Newton Howard.

Fotografía: Eduardo Sierra.

EEUU. 2002. 115 minutos.

 

 

El estilo es el discurso                                                                      

 

     En los extras del DVD editado en España de Unbreakable podemos ver una maravillosa escena descartada en la cual Elijah, también llamado el hombre de cristal, aún niño, se pasea por una feria y decide compartir el concepto del juego y de la diversión que pueda tener cualquier otro niño, subiéndose a una pequeña noria y tratando (en balde) de proteger sus frágiles huesos almohadillado por dos grandes peluches y su jersey; Shyamalan explica por qué esa escena está eliminada del montaje final, arguyendo -entre otras razones- que su resolución visual es distinta al del resto del metraje, y que por tanto da al traste con el tono. Es un ejemplo y una explicación que nos viene al dedo para comprender la radicalidad de esta propuesta, probablemente la mejor obra de su filmografía junto a The Village. Me refiero a decisiones estéticas, claro, que dejan la poderosa huella de una impronta de estilo pero también, mucho más allá, dan carta de naturaleza al tono y discurso del filme: Unbreakable arrastra a parámetros estilísticos y narrativos muy poco convencionales unas premisas argumentales muy convencionales. Probablemente por ello se estrelló en la taquilla, pues el público rebotado de The Sixth Sense no buscaba imaginación, sino que quería ver “otra peli de sustos”; y también despertó las iras de no pocos críticos (sobretodo norteamericanos), que demostraron su poca tolerancia a la audacia y a la experimentación. Si Unbreakable partiera del marchamo de cine indie, sin duda hubiera cosechado muchos parabienes, pero, claro, es imperdonable que una superproducción le conceda tan poca cancha a las convenciones, no sea caso que algún espectador no se acabe las palomitas.

 

Realidad y fantasía

 

         Recuerdo que cuando se estrenó The Village, la estrategia comercial, engañosa, la vendía como una película de miedo, cuando en realidad se trataba de una película sobre el miedo. Las estrategias comerciales de Unbreakable aún no empuñaban el filón de los superhéroes (al subgénero aún le faltaban un par de años para empezar a generalizarse), y más bien se instalaban en otro filón, el nominativo: “Bruce Willis y el realizador de The Sixth Sense otra vez juntos”; en cualquier caso, Unbreakable es al concepto de cine de superhéroes (o cómic de superhéroes, para este caso es lo mismo) lo que The Village es al cine de terror: nada más (ni menos) que plataformas de ficción que se instalan en una realidad y en unos personajes, estigmatizándolos a la par que definiéndolos. También en The Sixth Sense se confunde ese mundo “real” con el mundo de los muertos por obra y gracia de un joven e involuntario médium. También en Lady in the Water la fantasía germina en una comunidad “real”, para ayudar a una sociedad descreída a reencontrar sus valores. Vemos, pues, que si tratamos de encontrar los grandes temas que entroncan la filmografía de Shyamalan, quizá es apresurado y reduccionista dejarlo todo en manos de “la Fe”; la cosa es más compleja, y dejo en manos del lector las infinitas posibilidades que puedan surgir de pensar en ello.

 

        

Un drama

 

         La relación que la película establece con el noveno arte es muy interesante. Al mismo tiempo que lo homenajea (ya desde esos letreros que abren el filme) y pretende una cierta reformulación de las improntas narrativas clásicas, partiendo de la originalidad de la propuesta y en dirección frontal hacia ese sentido de su discurso al que me acabo de referir. Reformulación que pasa por desechar los elementos de género que configuran la trama prototípica y modificarla por una visión planteada en términos estrictamente dramáticos. Y esos términos abrazan todos los elementos cinematográficos: si atendemos a la descripción de los personajes, vemos que el héroe es un personaje muy poco infalible desde el punto de vista de la estabilidad emocional, y que el villano sufre constantemente, despertando así nuestra comprensión y compasión; si nos fijamos en el desarrollo argumental, atendemos a la importancia de lo cotidiano en el discurrir de la historia (la mayoría de secuencias transcurren ora en el estadio en el que David trabaja de vigilante ora en su domicilio, con su mujer y su hijo); en el apartado tonal, y al igual que sucediera en The Sixth Sense, el realizador se instala en la mirada afligida que incumbe a los personajes, y, con ayuda del operador, recubre las imágenes con un hálito grisáceo, que algo tiene de sombrío, que nada tiene de reluciente; en lo referido al tratamiento de la violencia y las secuencias de acción, Shyamalan no hace concesiones espectaculares, y se atreve a conservar esa sobriedad expositiva (véase la secuencia climática en casa de la familia secuestrada, y el enfrentamiento con el psicópata, que se rueda en plano fijo y mediante un lento movimiento de grúa termina con un picado); hasta en detalles (nada nimios) como el vestuario certificamos la esencialidad que busca Shyamalan en su propuesta: en las antípodas de las características indumentarias coloristas o llamativas, el traje de superhéroe de David no es otra cosa que el impermeable verdoso que utilizaba en su trabajo cuando llovía.

 

 

        

Poderío visual

 

  Aunque soy de los que piensan que la audacia argumental de Shyamalan es digna de encomio, mi pasión por esta película tiene más que ver con la inmensa capacidad del realizador por edificar bellas imágenes, que alcanzan la mesura justa de la substancia narrativa a la par que resultan, a menudo, de todo punto subyugadoras. Situándose en las antípodas de los estilemas visuales en boga (y no digamos ya los propios del mainstream), Shyamalan queda fascinado por la presencia de los espejos, en suaves travellings circulares, en nimios movimientos de la cámara que se bastan para ilustran pulsiones íntimas de los personajes. Hay muchas escenas de esta película que son un prodigio estético y, al mismo tiempo, dotan de una intensidad mayúscula a la narración. Por citar un par de ellas, el primerísimo plano acercándose al ojo de Don Cristal y fundiéndose con el logotipo que hay en la puerta del centro médico donde trabaja la esposa de David -a la que vemos en segundo plano-, o el lento movimiento de cámara que nos muestra la llegada de David a la estación –“donde hay gente”- en busca de su hado.

http://www.imdb.com/title/tt0217869/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20001122/REVIEWS/11220302/1023

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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