AMERICAN BUFFALO

 

American Buffalo

Director: Michael Corrente.

Guión: David Mamet, basado en una obra propia.

Intérpretes: Dennis Franz, Dustin Hoffman, Sean Nelson.

Música: Thomas Newman.

Fotografía: Richard Crudo

EEUU. 1996. 87 minutos.

 

Replantear el relato

 

Aunque en tiempos de su estreno, a mediados de los noventa, fue saludada como una de las obras indies más interesantes de la década y se le colgó rápidamente el marchamo de cult-movie, el paso de los años está relegando al olvido esta American Buffalo, pieza sin duda singular en la obra de David Mamet (aunque el filme esté dirigido por Michael Corrente, el dramaturgo-cineasta firma el libreto, adaptando una obra propia –y muy aclamada- de 1975), y que sólo por ello ya merece toda la atención. Sin duda que en la obra de Mamet las apariencias siempre engañan, y lo que se nos cuenta suele confundirse con la apariencia de lo que se nos cuenta. Esa particularidad narrativa –que cimenta la práctica totalidad de la obra cinematográfica del autor de Redbelt– también concurre en esta American Buffalo, si bien no da lugar a meollos laberínticos del relato que promueven constantes levantamientos del velo; aquí no hay –o al menos, casi- trampantojos o pistas falsas, aquí de lo que se trata es de plantear el relato en unos términos para luego replantearlo, o dicho de otro modo, resolverlo en otros términos bien distintos: en realidad, uno de los puntos de análisis más interesantes del filme tiene que ver precisamente con eso, con el estudio sobre el relato y sus mecanismos que encierra la narración  urdida por Mamet: partiendo de una premisa que nos acerca a códigos genéricos muy concretos (del thriller, o incluso, de la variante genérica referida a los robos), conforme avanza el relato esos códigos van descascarándose hasta quedar un esencial estudio de personajes, de visos que abrazan lo dramático y admiten muchas lecturas alegóricas. Cuando empiezan a desfilar los créditos finales, aquel prometido thriller ha desaparecido del horizonte, ya casi no nos acordamos de él; de hecho, no ha llegado a empezar. Lo que no significa que no haya pasado nada. Todo lo contrario.

 

 

Por un puñado de dólares

 

El filme es una pieza de cámara en toda regla, protagonizada exclusivamente por tres personajes (más otros cuatro sobre los que se habla con profusión, pero que nunca aparecen). Uno de ellos es Don (Dennis Franz), regente de un extraño y oscuro comercio –una mezcla de chatarrería y anticuario, en la que transcurre casi todo el metraje- en una zona urbana que, por los diversos encuadres que muestran su ubicación geográfica, se adivina deprimida. Don tiene como protegido a Bobby, un joven negro a quien ayudó a desengancharse de la droga, y al que utiliza para hacer recados y chapuzas a cambio de propinas. El tercero en discordia es Teach, un buscavidas a quien Don conoce de sus partidas de póker. El Búfalo Americano del malintencionado título es una moneda de cinco centavos que Don, que no es experto en numismática, vendió a un extraño por noventa dólares, de lo que poco después se arrepintió; de hecho, tras pensar en esa inusual transacción llegó a la conclusión de que el comprador le había estafado, ya que esa moneda vale muchísimo más, por lo que está decidido a robársela, y, ya de paso, robar también cualquier otra cosa de valor que encuentre en su piso. Para ello inicialmente tiene previsto que Bobby le ayude –por lo que le tiene vigilando en la puerta del comprador al que quiere robar-, pero, tras explicarle el caso a Teach, y escuchando sus argumentos, decide que Bobby no está capacitado para cometer el golpe, y en cambio Teach, tipo bravucón y bregado en mil cuitas, sí puede ayudarle. Aunque, como tampoco termina de fiarse de Teach, pide la ayuda de un tercero, Fletcher, a quien también conoce de las partidas de póker (uno de esos personajes que conoceremos sólo de referencias, por mucho que sea crucial en el devenir de los actos de los protagonistas). Así dispuestas las piezas en el tablero, sería dable esperar que Mamet nos contara una historia de robos. Pero nada más lejos de sus intenciones. Lo que Mamet pretende es diseccionar las motivaciones, justificaciones, sentimientos, desconfianzas, miedos y estigmas de los personajes en liza, y a través de su colisión –que llega a ser física- trazar un crudo retrato del entorno paria que habita en las urbes de las sociedades contemporáneas, un retrato con fuerte carga alegórica, punzante en su sutil pero esencial denuncia al sistema económico (la lectura superior: las distorsiones psicológicas que ocasiona el capitalismo) y muy dolorosa en su transcripción sociológica.

 

 

Cine Negro

 

Los textos de Mamet suelen capturar al espectador por la inteligencia en la elucubración de la estructura narrativa y –a menudo como consecuencia de lo anterior- en la definición de los personajes. En este caso, la audacia del autor le lleva a la más absoluta radicalidad, pues aloja a sus personajes en un territorio normalmente invisible, en la trastienda de su condición y su moralidad, donde bullen sus pulsiones más íntimas y donde, a la postre, estallan las perniciosas consecuencias de su insuperable aislamiento como individuos. Los largos diálogos que escuchamos –donde Teach suele llevar la batuta de las palabras, pero Don soporta el (contra)peso de los más dolorosos silencios- revisten un poso diría que sobrecogedor de crueldad, y arrojan a todos los personajes a un progresivo desasimiento, a los celos, a la desconfianza, a la inquina, a la más absoluta ruindad (en la que, recogiendo axiomas que guardan ecos con las obras de dramaturgos de la talla de Harlod Pinter o Arthur Miller, los débiles son víctimas de su corrupción y acaban ensañándose con… los más débiles). De ese abrupto, incómodo tejido argumental que va de lo psicológico a lo simbólico termina por aflorar una imagen lírica que encauza perfectamente con el tono y sentido del Cine Negro en su expresión más pura. Con su casi invisible labor escenográfica, Corrente sirve a la perfección a ese propósito: la continua penumbra que enmarca a los personajes, la plasmación de los laberínticos espacios de la tienda de Don –que Teach recorre profusamente mientras da comba a su proverbial verborrea- y de la inanidad que habita en el maremagno de objetos allí dispuestos (alguno de ellos que se convertirá en improvisada arma arrojadiza, y el teléfono, precisamente el teléfono que conecta con la verdad o mentira que acaece en el exterior, en arma criminis), y, claro, la notable labor de dirección de tres actores en franco estado de gracia (Dustin Hoffman y Dennis Franz merecen todos los laureles en su día cosechados; pero también quiero romper una lanza a favor de Sean Nelson, que compone la nítida imagen de lo que es desde el primer al último momento del metraje: la mayor víctima del cólera).

http://www.imdb.com/title/tt0115530/

http://litsum.com/american-buffalo/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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