THE WRESTLER (EL LUCHADOR)

 

The Wrestler

Director: Darren Aronofsky.

Guión: Robert D. Siegel

Intérpretes: Mickey Rourke, Marisa Tomei, Evan Rachel Wood, Mark Margollis, Todd Barry, Ernest Miller.

Música: Clint Mansell.

Fotografía: Maryse Alberti

EEUU. 2008. 108 minutos.

 

         Decadencia

 

La historia que se nos narra en esta The Wrestler resulta ciertamente ingrata, por momentos febril, rotundamente amarga. Y, como sucedía en Requiem for a Dream, su inmenso valor debe buscarse en su sentido descriptivo, antropológico si quieren, de una realidad social y cultural que habita en las entrañas de la sociedad norteamericana, en los arrabales de sus grandes urbes, y que conforma la pesadilla, opuesta al sueño, americana. Las imágenes de The Wrestler poca relación guardan con las de Requiem for a Dream, lo que sirve para decir que Aronofsky dispone de muchos recursos y registros para acercarse a similares latitudes temáticas. Realmente, la historia narrada en el libreto de Robert D. Siegel (por encargo del realizador, quien por tanto colaboró en su confección) pone la llaga en una materia bien espinosa, se adentra en el retrato humano del mundo del Wrestling (concepto con el que cualquiera está familiarizado: peleas cuerpo a cuerpo entendidas como freak-shows para solaz del público, marcadas por su aparatosa virulencia, por el juego que puedan ofrecer las coreografías del combate y por una teatralidad grotesca), y lo hace desde su perspectiva invisible, aunque no por ello menos real: el relato de la decadencia de esos gladiadores, lo que espera a sus cuerpos y mentes cuando los años de plenitud física (y, en su caso, de éxito multitudinario) ya han quedado atrás. Concepto definido a la perfección por Aronofsky con un solo rótulo que sitúa y abre la historia “veinte años después” de esa gloria mediática retratada en un interminable collage de recortes de periódicos y revistas que acompañan a los créditos iniciales, y que, conforme se desarrolle la narración, irán confeccionando (para el espectador) lo que de inevitablemente umbría y asesina tiene su nostalgia, la que siente Randy “Ram” (“El Carnero”) Robinson durante todo el metraje.

 

        

Las reglas del juego

 

La película condensa en su textura narrativa y escenográfica dos planos, que van de lo particular a lo general: así, el relato dramático, del ocaso del luchador, no puede escindirse de la motivación superior que atraviesa todas las imágenes del filme: la fotografía viva del cotidiano de una vieja gloria del wrestling, sus medios de vida, sus máculas físicas y psicológicas, personales o relacionales, pero también la representación desnuda del mundillo del wrestling a nivel local, el compadreo entre los luchadores, el espíritu sanote que reina en sus encuentros, sea para luchar o para firmar autógrafos, etc. En ese sentido resulta el mejor símbolo del completo relato y su sentido el maltrecho rostro, voz, movimientos y cuerpo de Mickey Rourke, y la cámara efectúa no pocos esfuerzos –de perspectiva y detalle, de gradación lumínica- para capturar de la forma más pormenorizada la corrupción absoluta de ese cuerpo, su hipertrofia, que nunca termina, pues el luchador necesita seguir inyectándose drogas o tomando rayos uva para mantener, cada vez más in extremis, la apariencia que le exigen las reglas del juego. Que esas reglas del juego, esas apariencias, son las que precisamente están aniquilando su cuerpo y su vida es algo en lo que Randy no quiere ni pensar, o ni siquiera asumir del todo cuando suena una alarma tan poco inequívoca como es un infarto. Pero el espectador sí puede ver, destilados hasta provocar nauseas (otro punto de contacto con  Requiem for a Dream), los entresijos de ese juego, lo que exige la algarabía del público, su esencia irracional, su convención infrahumana (una de las peleas es particular y dolorosamente explícita al respecto, precisamente la que antecede al infarto, en la que por montaje paralelo Aronofsky combina la celebración del combate con las secuelas que ha dejado en los luchadores cuando embocan el camino del vestuario).

 

De lo inexorable

 

Las imágenes de The Wrestler están imbuidas de una fuerte apariencia subjetiva, inteligente estrategia de Aronofsky que plantea una paradoja, pues alcanza el meollo de las razones, sentimientos y actos de un individuo con el que el espectador nunca se identificará a no ser por la vía de la compasión. Esa subjetividad, que nos instala en el tono más bien extenuado del filme, se vehicula mediante planos y secuencias a menudo caracterizadas por el silencio –o leves punteos guitarrísticos que, sin serlo, parecen de blues-, donde no hay mayores alardes formales que los meros travellings que siguen a Randy en su deambular aquí y allá, la cámara lejos de pretende regir penumbras ni retratar la realidad de un modo refulgente, ni que sea excepcionalmente: en The Wrestler no se hace buena la máxima sobre el boxeo que dice que lo que sucede entre las doce cuerdas es muy cinematográfico: no hay afán alguno de espectacularidad en los combates, porque la cámara está demasiado cerca de la sufrida piel de los contendientes, y así sólo vemos su dimensión más íntima y cruda, la que precisamente se le escatima al público. Esa subjetividad también empapa el propio tenor del relato, el desarrollo dramático del personaje: el espectador puede tener la sensación de que algunos acontecimientos se plantean o suceden como en un vulgar telefilme (por ejemplo, en el desarrollo de su relación sentimental con Pam o con su hija, o incluso en lo que concierne a su trabajo como –detalle bien cínico- charcutero), y es porque Aronofsky se libra de innecesarias sutilezas, y utiliza como foco narrativo la desorientación de Randy para alcanzar el meollo de cada conflicto (su patente incapacidad de asumir su condición de padre, la inoportunidad de sus escarceos con la stripper de la que está enamorado, la imposibilidad de resignarse a un trabajo y una existencia que le resultan de todo punto insoportables). Y cuando se acerca el inexorable final, la percepción de la realidad por parte del público ya está totalmente desligada de la percepción de Randy: el espectador sólo teme lo peor, al igual que Pam (tal como nos muestra ese terrible primer plano de su rostro en plena actuación); Randy salta al ring escuchando un himno musical de sus tiempos de gloria (el Sweet Child o’ Mine de Guns n’ Roses, publicada en 1987), y antes de empezar el combate suelta un speech que parece sacado de un final cualquiera de la franquicia Rocky. Pero la canción no es enardecedora como él la ve, sino una trampa mortal, una más; y ese speech nunca puede ser emotivo, porque es patético. El inexorable final, cada vez más cerca. Unos pocos minutos antes de que la cámara se quede congelada mirando la nada en las alturas tras el último salto del luchador.

 

White trash

 

Randy y Pam tienen muchas cosas en común: ambos prefieren los ochenta, la década prodigiosa. Sabemos bien los motivos de él, y podemos intuir los de ella: aún debía de ser muy joven, aún le quedaba tiempo antes de vislumbrar el deprimente panorama que le iba dibujar el porvenir. Ambos tienen dos nombres, y uno de ellos (Ram y Cassidy) debe ser dejado atrás, porque ambos se encuentran al límite de sus fuerzas. Pero si ella nunca encontró calor en lo que hizo, y su huida es una liberación, para él sucede todo lo contrario. Y aunque a primera vista pueda costar entender qué extraños mecanismos psicológicos albergan esa adicción al pasado (pues la fama ya queda demasiado lejos, tanto como el videojuego que le muestra a uno de los chavales del barrio; o dicho de otra forma: “odio los (años) noventa”); la respuesta se halla en el mismo vacío intelectual y hasta moral que acaba guiando los actos del luchador, víctima del círculo vicioso de un entorno y una existencia mediocres pero sostenidos por un invencible sistema que articula todos los sueños y deseos. Una vez más, Aronofsky nos obliga a mirar al abismo, vuelve a entonar un punzante réquiem por lo que nunca será para millones de personas que forman parte de ese grupo invisible al que los estilistas de la palabra periodística han definido categórica, despiadada y reveladoramente como white trash.

http://www.imdb.com/title/tt1125849/

http://www.foxsearchlight.com/thewrestler/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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