EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON

 

 

The Curious Case of Benjamin Button

Director: David Fincher.

Guión: Eric Roth

Intérpretes: Brad Pitt, Cate Blanchett, Taraji P. Henson, Julia Ormond, Elias Koteas,

Rampai Mojadi, Tilda Swinton, Jared Harris.

Música: Alexandre Desplat.

Fotografía: Claudio Miranda

EEUU. 2008. 167 minutos.

 

Emociones

 

Vaya por delante que considero esta The Curious Case of Benjamin Button una obra maestra del Cine. ¿Por qué lo sabemos? Porque nos lo dicen sus imágenes, que nos afectan, que tienen una fuerza y expresan unos valores bien capaces de sedimentarse en el ánimo y pensamientos del espectador mucho después de abandonar la sala del cine. Por ello creo que merecería mucho la pena efectuar un concienzudo estudio del filme, un análisis descriptivo de las motivaciones y actos de los personajes, un estudio de secuencias y contenidos de los encuadres, de las atmósferas que habitan en la luz, de la cadencia en la música y el montaje: aquí no hay espacio para ello, así que quizá será mejor dejar que el tiempo (sí, el paso del tiempo) acabe por entregarle al filme su incontestable condición de clásico; baste consignar lo que se dirá en estas líneas, una humilde aproximación a la densidad de acontecimientos, ideas, sentidos y emociones contenidas en esta maravillosa obra, y al modo en el que Roth y Fincher las alcanzan.

 

 

La mirada peculiar

 

F. Scott Fitzgerald es el autor del cuento homónimo en el que se basa la película. Pero The Curious Case of Benjamin Button, película, sólo adapta del sustrato literario el largo título y su premisa argumental, una premisa fantástica, el hecho de que Benjamin nazca con un cuerpo devastado por la senectud y vaya rejuveneciendo conforme pasan los años. Aunque no he leído el relato de Fitzgerald, sé por referencias que esa premisa fantástica es utilizada por el autor de The Great Gatsby para elaborar un comentario satírico sobre la sociedad de su tiempo, concretamente dentro de los márgenes de la burguesía. La película, de principio a fin, va por otros derroteros. Aunque en realidad resulta muy complicado, si no imposible, parangonar la obra de Fincher, viéndola me dio por recordar Yo serví al Rey de Inglaterra (Obsluhoval jsem anglického krále), por lo que tenía de peculiar el prisma desde el que eran relatados/enjuiciados los acontecimientos que jalonaban la existencia del camarero que protagonizaba el filme de Jiri Menzel, por su textura de irrealidad, de lírica. Aunque, no me libro de la cita, a la obra se la compara a menudo con Forest Gump, básicamente porque Eric Roth es el responsable de los dos libretos: al respecto debo decir que en efecto ese elemento de la peculiaridad en la mirada del protagonista da cauce a la comparación, y también el hecho de tratarse de una historia-río, que comprende toda una vida; sin embargo, si el objeto de esa mirada peculiar constituía en Forest Gump un anecdotario iconográfico de la historia reciente de los EEUU, en el filme de David Fincher en cambio ese objeto habilita un auténtico torrente de reflexiones sobre la existencia y máculas humanas pasadas por el único e inexorable juicio del tiempo; ello constituye la diferencia definitiva entre ambas cintas, y también puede decirse de otra forma: con Forest Gump Eric Roth apenas despuntaba, y con The Curious Case of Benjamin Button ha alcanzado lo que bien merece cualificarse como el cenit de su trayectoria (lo que no es decir poco, pues hablamos del guionista de, entre otras películas, Ali, The Insider, Munich y The Good Shepherd).

 

Fairy tale so tragic

 

Lo que llama más la atención de The Curious Case of Benjamin Button es la impactante implementación de sus vías alegóricas. El filme, por tener la premisa que tiene, no puede calificarse de otra forma que como un fairy tale, una película enmarcada en los parámetros de la fantasía, aunque el espectador menos avisado pronto se olvide de ello, no sólo por las referencias a hechos y lugares históricos (Nueva Orleans, Luisiana, desde el final de la Primera Guerra Mundial a la llegada del huracán Katrina: el siglo XX), sino por el peso dramático (o más bien trágico) que la historia soporta, y, sobretodo, por la condición diría que febril de la alegoría. Es un filme en el que la fantasía reclama a gritos un puesto en la realidad, o quizá es al revés. Una se funde con otra para desafiar al propio tiempo (desafío del que, aquí, salen perdedoras) y también para desafiar las perspectivas cambiantes que nos procura el paso del tiempo (desafío del que salen vencedoras). Que es un filme de fantasía nos lo dicen, por ejemplo, algunos de los personajes que conviven y marcan la experiencia vital de Benjamin, precisamente porque el relato se decanta por observarlos desde un prisma fantástico: su madre adoptiva, Queenie, el joven pigmeo que se convierte en su primer igual, Ngunda Oti, o el capitán del trasbordador, Mike. La primera, representación de paria social (una mujer negra, sirvienta en una comunidad sureña a principios del siglo XX), que, sin embargo, asume su cometido (la maternidad de un niño blanco) con una valentía diría que inconsciente, con la mayor naturalidad y el menor complejo (lo muestra rápidamente a los miembros del asilo). El segundo, más que paria, es un hombre al que se le niega su condición, pues le arrebataron su existencia edénica en África (nació para “sentarse a la orilla del río”, según se le define al final: idea de reivindicación de la libertad) y fue traído a los EEUU por feriantes sin escrúpulos que le exhiben enjaulado con los monos; y, sin embargo, es la viva imagen del optimismo, es dicharachero, y rápidamente fascina al joven Benjamin con su locuacidad y su inextinguible joie de vivre. El tercero, en su primera aparición, se nos antoja como un personaje antipático, pues son los años de la Depression, y es un empresario que contrata a dedo a marineros que se encuentran parados en el puerto, y sólo Benjamin acepta la invitación, porque los otros le acusan de no pagar los sueldos; y, sin embargo, pronto se convertirá en buen amigo y mentor (en el amor y en la guerra) del protagonista, un tipo que ha asumido su obligación en la vida (trabajar de lo mismo que su padre) pero a quien apasiona la creación artística, y que encuentra el modo de expresarse en el tatuaje de su propio cuerpo.

 

 

El reloj

 

Que la historia de Benjamin es inaudita, mágica, nos lo revela la subtrama que abre y enmarca la historia: la del relojero Monsieur Gateau, que construyó un reloj que debía decorar la estación de tren, y que ingenió una máquina en la que las horas, minutos y segundos transcurren hacia atrás: con ello pretendía hacer retroceder el tiempo, para que su hijo –muerto en la Primera Guerra Mundial- volviera a casa (al pasado). Pero ese reloj llega al mundo poco antes que Benjamin, y terminará cuando se cierre su historia (el relato de Daisy a su hija), pues será devorado por el agua que inundó la ciudad cuando el huracán asoló la zona. De este modo, podemos pensar que ese reloj va a encontrar su personificación en Benjamin, le acompañará siempre, como un aura cuyo sentido hay que buscarlo, precisamente, en ese desafío al paso del tiempo.

 

Fincher y la fábula

 

Que la historia de Benjamin es extraordinaria nos lo dicen, en fin, las imágenes que Fincher escoge para narrar el relato, su temperatura que oscila entre lo falsamente cálido y lo hechicero. Realizador de talento innegable para la construcción de imágenes poderosas (lo que ratifica su bagaje previo en el cine, también sus obras más irregulares, como Alien 3 y The Panic Room), Fincher lleva a cabo en este filme un esfuerzo superlativo (que alcanza buen puerto con la ayuda inestimable del completo equipo de producción y técnico, aunque merezca especial mención el operador lumínico, Claudio Miranda) por abrir el relato a su vis más deslumbrante, la que se revela en términos fantásticos (tras esa suerte de prólogo que narra la historia de Monsieur Gateau –donde el recurso de imitar la imagen y movimiento del cine primigenio dan por introducir cierta sensación de fantasmagoría-, filma la secuencia del nacimiento de Benjamin de forma grandilocuente, exuberante, soberbia –la noche estática, la algarabía de la celebración de la victoria bélica en el ambiente, en contraste con la decisión desesperada de Thomas Button…-). La ingravidez y el preciosismo fotográficos, la esmerada planificación de secuencias, el estudio de los encuadres a los rostros de los protagonistas y a los tonos/colores que dirimen sus cambiantes entornos (los tiempos de la vida), la mesura en el montaje para conseguir que sea fluida la concatenación de las mil tramas que componen la historia…  Fincher conjuga con maestría los elementos cinematográficos para rendir cuentas en términos de fábula a las profundidades que alcanza el relato urdido por Eric Roth (tanto a las aritméticas, pues es un guión que sabe obedecer a los parámetros de lo cartesiano, como a las emotivas/reflexivas, por la riqueza y matices de la historia, por el contenido alegórico a que me vengo refiriendo).

 

 

La muerte

 

Lo mesmerizante (el viaje al alba del joven Benjamin junto a Daisy en el trasbordador), lo poético (la ya célebre secuencia del baile nocturno a la luz de la luna en un quiosco de música junto al río; o el viaje al nuevo amanecer de Benjamin con su padre), lo hipnótico (la completa estructura y narración del romance de Benjamin con la Sra. Abbott en un hotel ruso), lo épico (la secuencia del combate contra el submarino)… sublimes envoltorios para la expresión de lo que subyace, los sentimientos ciertos, la Realidad, la crudeza del destino. No olvidemos que el filme empieza (y termina, excepción hecha del bellísimo epílogo) en una fría sala de hospital, en la que Daisy, moribunda, le entrega a su hija el diario cuya lectura abrirá las compuertas a la fantasía. Pero siempre para volver a cerrarlas, para volver a la realidad. Porque, partiendo de la estructura así planteada, el relato acoge un doble (o a veces triple) punto de vista, el del narrador en off Benjamin (o a veces Daisy), y la interpretación que el espectador efectúe de lo relatado en virtud de lo que nos dicen las imágenes o de los hilos invisibles que conducen el relato. Hilos invisibles marcados por una frase que Queenie le dice a Benjamin al principio de la historia, cuando él todavía es un ancianete de siete años (algo así como que “cada persona recorre un camino distinto, pero todos vamos en la misma dirección”), y que no hace otra cosa que anticipar la presencia constante de la muerte, que atraviesa el relato de principio a fin. No es dato baladí que Benjamin sea criado en un asilo, rodeado de ancianos que van allí a morir. Y la muerte visita la historia con regularidad de metrónomo, para recordarnos que siempre está ahí: con la salvedad de Caroline, la hija de Daisy, que, por decirlo de algún modo está fuera de la historia, vemos morir a la práctica totalidad de personajes (o, a dos de ellos, a Monsieur Gateau y a Ngunda Oti, les vemos partir, pero la conclusión es igual de ominosa) con los que Benjamin vive, de quienes aprende, con quienes comparte, a quienes ama. Y la muerte es reverenciada en las imágenes de la película, recibe toda solemnidad (más allá de las secuencias de entierros, recuerdo una imagen que ilustra ese dato a la perfección: tras la desaparición de una de las ancianas que pueblan el asilo, la cámara recorre en un suave travelling su estancia, ahora vacía, los objetos que hay en ella, ahora y para siempre huérfanos). Quizá si atendemos a ese sentido, trágico, que anida en el corazón de la película podamos convenir que David Fincher no aterrizaba de otro planeta al tomar las riendas de la misma: el trasfondo trágico de la extraña vida de Benjamin Button no está, al fin y al cabo, tan lejos de la mirada llena de pesimismo, desaliento e incluso rabia hacia la condición y existencia humanas que estigmatiza la completa filmografía del realizador, de Seven a The Fight Club, de The Game a Zodiac. Benjamin, el hombre que rejuvenecía inexorablemente, está atrapado en la paradoja que él mismo personifica, está condenado a ser siempre diferente, y, por ello, a alcanzar la sabiduría, la tristeza y la vejez mucho antes que cualquier otro. Su vida es un constante ir a contracorriente: así nos lo dice claramente la secuencia en la que comparte silla de ruedas con los ancianos del asilo, incapaz de salir del porche, porque su cuerpo no le acompaña a pesar de que su espíritu es el de un niño ávido de juegos y experiencias; nos lo dice la secuencia en la que acepta a su padre justo a tiempo para acompañarle a morir; nos lo dice la secuencia en la que llega de sus vacaciones paradisiacas en los Cayos y se encuentra con la noticia del óbito de Queenie (asiste al funeral, con Daisy, con su piel joven resplandeciente y bronceada, la ropa blanca impoluta… es un pegote en el funerario paisaje); nos lo dicen, con lírica febril, las notas desafinadas del piano del asilo que Benjamin toca cuando regresa al asilo, en su senectud, aquejado de principios de demencia, y encapsulado en el cuerpo de un joven imberbe.

 

 

 Daisy

 

Aunque ese ir contracorriente encuentra su definición superior en la historia de amor entre Benjamin y Daisy, que no sólo exuda, sino que define en sus rigurosos términos la epítome del romanticismo. Un poeta dijo alguna vez que amarse no consiste en mirarse el uno al otro, sino en mirar los dos en la misma dirección. Y eso es algo que Benjamin y Daisy no pueden hacer. “Nos hemos encontrado en el medio”, les oímos decir en el segmento, ya hacia el final del metraje, en el que Fincher monta una sucesión de cortos sketches de su improvisada construcción de un hogar juntos (ubicada en el tiempo por el televisor y quienes aparecen en ella, los Beatles). Esas secuencias, más aquellas otras previas en las que pasan algo parecido a una luna de miel en los cayos de Florida (escenas en algún foro malentendidas, por considerarlas una rendición al cliché más manido), tratan de referir que sólo existen esas pocas instantáneas fungibles de la plenitud y felicidad de la pareja, una plenitud casi inalcanzable, una felicidad que pronto se verá maculada (cruel destino, precisamente en el instante más dichoso de su vida juntos, cuando se convierten en padres). Cuando Benjamin, varios años antes, estaba preparado para amar a Daisy, ella no era más que una joven alelada, narcisista, en pleno apogeo de su carrera como bailarina (la secuencia en la que cenan juntos y ella charla sin parar de sí misma mientras Benjamin se mantiene silente; aquella otra en la que él va a buscarla a Nueva York y ella le rechaza porque tiene a otro amante); Benjamin, sabiamente, rehúsa hacerle el amor tras la exhibición bailarina a la luz de la luna, porque sabe que ella no le ama, él no pasa de ser para ella más que un curioso pasatiempo. Sólo podrán encontrarse cuando la carrera de Daisy se haya truncado tras un fatal accidente (en la escena de su encuentro, los dos amantes a punto de consumar su amor, la cámara se fija en el detalle de la cicatriz que Daisy tiene en la pierna, que Benjamin le toca… amén de definir con precisión esa mácula como peaje imprescindible para su amor, el filme incide aquí con agudeza expresiva sobre otro tema, colateral, latente en toda la cinta: la importancia que prestamos a las apariencias, y su absurdo). Al otro lado del espejo, cuando la hija de Benjamin y Daisy acaba de nacer, él decide marchar (antes de que crezca lo suficiente para recordarlo): los amantes deben sacrificarlo todo. A ella le cuesta más entenderlo, pero finalmente lo hará (en la secuencia en la que él regresa, unos quince años después, para tener un último encuentro amoroso: otra secuencia portentosa, caracterizada por la tenue luz con la que la cámara retrata al protagonista, para enfatizar su rostro cada vez más joven confundido con su carácter cada vez más ensombrecido; por contra, a ella la vemos, primero, caerse al suelo al tratar de reproducir un movimiento de baile, y luego su cuerpo ya deslucido, cuando la cámara la enfoca de espaldas mientras se viste, desde la perspectiva de él). Daisy terminará haciendo las veces de madre del niño viejo, que morirá en sus brazos, desenlace que, aunque previsible, resulta de todo punto conmovedor, en todas las acepciones del epíteto, pues nos está devolviendo, por la vía más desolada que cupiera imaginar (la muerte de un bebé), a la cruda realidad de su existencia (o, despojados de la fantasía, de cualquier existencia humana, pues, como dijo Queenie, todos vamos en la misma dirección). Cual si se cumpliera una profecía bíblica, pero al revés, el agua lo anegará todo, borrará incluso los recuerdos. Pero la oscura sala de un cine, el ensueño y la grandeza del celuloide, es capaz de revivirla. De recordarnos que estamos aquí de paso, que la muerte marca todos nuestros pulsos y todos nuestros actos, lo sepamos y queramos o no. Quizá en la vida no resulte tan importante saber sobre botones que poder recitar a Shakespeare. No hay mejor opción que asumir los propios retos hasta las últimas consecuencias, como la señora Abbott, que, sexagenaria, cruza a nado el canal de la Mancha. No hay motivo de admiración mayor que el de un hombre pueda sentir hacia su propia madre, aunque sea adoptiva. No hay destino superior al espíritu que el de encontrar la paz, sea viajando, como hace Benjamin mientras le quedan fuerzas, sea sentándose a la orilla del río, como anhela Ngunda. No hay en nuestra mísera condición nada que nos haga dignos de trascender con la salvedad de la expresión artística, da igual si ese arte perdurará, como la música que se toca al piano, o si perecerá con el autor, como el torso-lienzo del Capitán Mike. Benjamin, sobre todas las cosas, retuvo la belleza geométrica y poética de los bailes de Daisy, y, es seguro, le acompañó en los momentos más claros de sus días y más oscuros de sus noches.

http://www.imdb.com/title/tt0421715/

http://www.benjaminbutton.com/

http://www.empireonline.com/reviews/ReviewComplete.asp?FID=10606

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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4 pensamientos en “EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON

  1. Caram company…m’has deixat de pedra.
    La peli, fantàstica, genial…. vaig sortir del cinema i nopodia deixar de pensar en les imatges. La crítica que fas… collonuda…. deu n’hi do…

  2. Buenas Tardes.
    Esta pelicula me ha echo llorar, puedo decir que hace sentir al espectador con sentimientos encontrados, en lo particular me hizo llegar a la reflecion de valorar cada segundo que tiene uno en esta vida, solo estamos aqui de paso y tenemos que lograr ser felices y amar todo los que nos rodea.

  3. Una reflexión sobre la vida, él muere cuando se supone todo empieza, pero quizá así es todo, qué tal si morir es el comienzo de otra aventura. Jared Harris hace un estupendo papel como el capitán Mike, que recuerda un poco al de Forest Gump, pero esta historia tiene su propia vida.

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