LA EXTRAÑA QUE HAY EN TI

 

The Brave One

Director: Neil Jordan.

Guión: Roderick Taylor, Bruce A. Taylor, Cynthia Mortt

Intérpretes: Jodie Foster, Terrence Howard, Nicky Katt, Naveen Andrews, Mary Steenburgen, Ene Oloja, Luis Da Silva jr.

Música: Dario Marianelli.

Fotografía: Phillippe Rousselot

EEUU. 2007. 119 minutos.

 

 

Plantillas

 

Quizá sea por la conexión Jodie Foster, el caso es que viendo esta película de Neil Jordan me llegaron ecos (temáticos) de Taxi Driver, y me dio por pensar que quizá me hallaba ante una revisión de sus postulados en tiempos bienpensantes y, por supuesto, asépticos. Pero no quiero llamar a la confusión: The Brave One no es una mala película. Es una de esas obras que cíclicamente nos llegan del otro lado del Atlántico, ubicadas en una gran urbe (NY siempre tiene preferencia, claro), protagonizadas por actores y dirigidas por artesanos de solvencia, esmeradas en su apartado formal, raíladas a medio camino entre el suspense y el estudio de personajes, pensadas para un público adulto, para plantear leves debates en clave sociológica a través de su identificación con la tipología humana (cultural, social, laboral). Películas herederas del cine que en los años setenta implementaron gentes como Martin Ritt o Sydney Pollack, por citar dos ejemplos, que a veces se pierden en la anécdota romántica, cómica o policiaca (en este último caso, siempre sofisticada, según marcan los cánones actuales), pero en otras ocasiones –como en el caso del filme que nos ocupa- tienen algo más que ofrecer al espectador medio.

 

        

Secuelas psicológicas

 

La premisa de The Brave One es sencilla: Erica Bain (Jodie Foster) lleva una vida cercana a lo idílico en una ciudad que siente suya, con un buen trabajo como locutora de radio, y una relación con un chico al que ama y con el que se va a casar; pero su esquema de vida se rompe en mil pedazos cuando ella y su novio son atacados por unos delincuentes en un retiro del Central Park: su novio es brutalmente asesinado, y ella queda en coma. La recuperación física de Erica es rápida, pero las secuelas psicológicas quedan ahí, quizá para siempre: amén de la tristeza (sobre la que el filme no hace particular hincapié, le basta con resolverlo con tres certeras pinceladas), la devora la presencia del miedo, y no se le ocurre otra forma de revolverse contra ese pánico que adquirir una pistola en el mercado negro. El problema empieza cuando empieza a usarla, primero casi accidentalmente, después como mecanismo de defensa, y después al empezar a desarrollar una conciencia de justiciera, mezclada con su sed de venganza cada vez más acuciante, y, por otro lado, con los reconcomios que sus actos (el hecho de matar) le provocan. Su partenaire en ese más bien lúgubre viaje del alma es el detective Mercer (Terrence Howard), policía con quien ella contacta con la excusa de su trabajo, y con quien entabla una relación de amistad, maculada por el hecho de que él tiene asignada la investigación de los asesinatos que ella ha cometido. Como se puede ver, se trata de un relato de premisa interesante –aunque no novedosa- y ensortijado dentro del patrón convencional. El foco de interés del filme reside, pues, en el retrato psicopático de Erica que el filme perfile, en la intensidad de lo sórdido (pues la historia realmente lo merece ser) y en las lecturas alegóricas que puedan derivarse de todo lo anterior. La sombra de Travis Bickle a que antes me refería tiene que ver con el hecho de que Erica decida tomarse la justicia por su mano tanto como con la circunstancia de que ella crea ser una voz autorizada de los pulsos que residen en la Gran Manzana (a ello dedica su programa radiofónico). Pero en este caso, lo que el filme básicamente nos dice es que en realidad Erica no sabía nada de esos pulsos, sólo conocía su faz más entrañable, porque le funcionaba bien a nivel profesional como para mantener esa entelequia que llamamos equilibrio. Hasta ahí, correcto, pero el abordaje del abismo deja mucho que desear. No basta con recitar en off palabras llenas de oscuridad, si son vacuas. No basta con plantear los términos de una enajenación si finalmente se van a resolver las cuitas merced del buen rollo de la chica con el poli. No basta, en fin, el enunciado presuntamente subversivo del desenlace (vendetta incluida), pues el motor del mismo radica claramente en lo efectivo de un twist que en la búsqueda de vías alegóricas o siquiera expresivas.

 

        

        

Ilustración cinematográfica

 

No nos engañemos, aunque el filme capte la atención del espectador mediante ese envoltorio cinematográfico cuidado y unos vericuetos del relato bien urdidos, ello no significa que The Brave One llegue a profundizar en ninguno de los ítems que enuncia. Así que si el filme se disfruta es principalmente por la esmerada puesta en escena de Neil Jordan, que se maneja con soltura y a menudo con talento por las entrañas del relato, escarbando por la imagen en territorios más hostiles o sugerentes que los esgrimidos por el texto. Fiel a su obligación (comercial) de la conce/isión, Jordan no puede salvar los diversos clisés ni las muchas incongruencias que el devenir de los acontecimientos, a menudo improbable, nos depara, pero sí que logra intensificar los postulados narrativos por la vía de cierta, mesurada, subjetivización. Son detalles, estrategias que se van sumando, componiendo una más que válida ilustración cinematográfica. El sentimiento de acoso y hasta pavor que siente Erica por los pasos de un transeúnte que camina en su misma dirección está muy bien escenificado. La resolución, nada artificiosa, de los asesinatos resulta efectiva. El tercero de esos asesinatos sólo se enuncia, queda en off (no vemos como Erica despeña al tipo desde la cima de aquel aparcamiento), lo que sirve para que el espectador se distancie de la protagonista: sus actos empiezan a quedar en sombras, ya es esa extraña de la que habla el título. Por otro lado, Jordan concentra no pocos esfuerzos en la química interpretativa entre los dos buenos actores protagonistas, y plantea esa suerte de intimidad esquiva que tan bien suele funcionar cuando se enuncia con sutileza (la secuencia en que él rebusca en su bolso sutilmente mientras hace ver que hojea una revista, o el plano-secuencia en el que vemos a los dos departir en una cafetería, y la cámara, al principio desde un extremo, se mueve suave y lateralmente hasta centrar el encuadre en los personajes). Ya digo, Jordan demuestra que la presunta artesanía puede ser algo más que la mera sumisión a la cuadrícula de un relato sin fuelle. Y que en el cine a menudo interesa más el modo de contar una historia que la propia historia. Es lo que sucede con esta película. Y la labor de Jordan (y de Foster y de Howard), la que la salva limpiamente de la mediocridad.

http://www.imdb.com/title/tt0476964/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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