HI-LO COUNTRY

 

The Hi-lo Country

Director: Stephen Frears.

Guión: Walon Green, basado en la novela de Max Evans.

Intérpretes: Billy Crudup, Woody Harrelson, Sam Elliott, Patricia Arquette, Penelope Cruz, Cole Hauser, Enrique Castillo.

Música: Carter Burwell

Fotografía: Oliver Stapleton

EEUU. 1998. 107 minutos.

 

        Reconversión

 

        Aunque en este país la efeméride nos la hace recordar como el desembarco de Penélope Cruz en Hollywood, The Hi-lo Country debe ubicarse como suerte de (falso) western contemporáneo, obra dirigida por encargo por Stephen Frears –otra vez, tras The Grifters, bajo el auspicio productor de Martin Scorsese- y que adapta una novela de Max Evans que nos sitúa en una comunidad rural de Nuevo México (el Hi-lo del título) a mediados del siglo XX y utiliza una narración de amistad aderezada con elementos románticos para trazar una parábola de corte crepuscular, referida a la reconversión del sector de la ganadería que terminó con las antiguas usanzas de los cowboys, temática ésta sobre la que antes se había sumergido John Huston en su “película maldita” The Misfits y en la que después incidió con mucha más intensidad Ang Lee con su Brockeback Mountain.

 

 

       

Vieja amistad

 

        Los protagonistas del filme son Pete (Billy Crudup) y Big Boy (Woody Harrelson), vecinos regionales y grandes amigos desde que el segundo le compra un caballo al primero, tal como nos narra la secuencia prólogo, tras una presentación que abre la voz en off que dirimirá el relato y que lo convertirá íntegramente en un flash-back. Esa amistad reproduce una cierta alegría de vivir basada en los viejos y más entrañables arquetipos vaqueros, en la personalidad ruda pero honesta, en el sentido comunitario, y, en fin, en el amor más vocacional por el trabajo en las grandes llanuras (concepto que se va repitiendo en las panorámicas espectaculares del filme, donde prima un interés preciosista en la captura de lo paisajístico, para mostrarnos al hombre a caballo traginando con las reses). Entre los dos se interpone una cuestión sentimental, pues Pete y Big Boy aman a la misma mujer, Mona (interpretada por Patricia Arquette), aunque ese conflicto, a pesar de los contubernios dramáticos que causa –de los que no se libra la novia más o menos formal de Pete, interpretada por Penélope Cruz-, no llegará a empañar la amistad. En realidad, lo que interesa al texto de Max Evans adaptado por Walon Green es mostrar la oposición de esos viejos valores del trabajo rural (equiparado a la amistad entre los protagonistas, y por tanto visto con una perspectiva positiva, que devendrá nostálgica) y las nuevas prácticas y estructuras económicas que dan ventaja a los grandes terratenientes (y que por tanto se erigen en el enemigo del pasado, de lo elegiaco, de los vaqueros, personaje encarnado por Sam Elliott; entre su camarilla, su capataz es, a la sazón, el marido de Mona, para darle más énfasis a las razones del enfrentamiento entre unos y otros).

 

       

       

Acartonado

 

        Aunque el planteamiento es interesante, tanto la adaptación de Walon Green como la ilustración más bien plana de Frears (y quizá pudiéramos sumar las limitaciones interpretativas de Billy Crudup) no logran dotar del suficiente empaque, ni de la necesaria fuerza, a los muchos conflictos en los que la historia se sumerge. El libreto pretende adaptar de forma fiel, lineal, detallada cada conflicto enunciado en la novela y acaba haciéndolo de un modo totalmente acartonado: el repetitivo recurso a la voz en off y a los lugares comunes deja sin oxígeno una descripción de personajes que, de haberse atrevido con un pelín más de lírica, hubiera sentado bien al tono del que el filme intenta impregnarse sin lograrlo: planteados los términos como lo están en el guión, el desarrollo del relato acaba siendo demasiado monótono ello y a pesar de la fuerza dramática que sus enunciados exudan; cada faceta narrativa –el discurso sobre la amistad, la historia de amor a tres bandas, el elemento de la traición, el discurso sobre el progreso devorador- tiene cierta presencia, pero hay una antipática estanqueidad que nos impide alcanzar ese sentido superior que sólo llega a intuirse, que se pretendía y no se logra. Y en el déficit escrito también debe anotarse que muchas de las situaciones planteadas obedecen a parámetros muy obvios, y que los diálogos (o el soliloquio en off) tampoco están muy trabajados, y caen a menudo en la estampa más manida.

 

       

Timidez

 

        Con semejante material, al director de The Dangereuses Liaisons no le queda mucho por decir, aunque le puede la timidez: nunca se deja llevar, no intenta ejercitar un estilo, ni entregarnos un particular homenaje al western (como muchos otros directores hubieran intentado con este material): el realizador domina el ritmo, y nos entrega algunos planos de bella manufactura (v.gr. la cámara ve acercarse al coche de Pete en un paisaje oscurecido, mientras escuchamos al protagonista decir “conduje toda la noche”; cuando el coche rebasa la cámara y ésta enfoca en la dirección que sigue el vehículo vemos el amanecer) y ciertas secuencias bien resueltas (la aparición de los debidos mecanismos de suspense en el baile en el que se supone que Bog Boy puede ser asesinado). A pesar de esos detalles, el filme no logra sortear la mediocridad, y la tesis elegíaca, tan enfatizada por la luz y por la música, lejos de ser memorable se queda envarada en los parámetros de lo impostado.

http://www.imdb.com/title/tt0120699/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19990122/REVIEWS/901220302/1023

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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