EL CLUB DE LA LUCHA

 

Fight Club

Director: David Fincher

Guión: Jim Uhls, basado en la novela de Chuck Palahniuk.

Intérpretes: Edward Norton, Brad Pitt, Helena Bonham-Carter, Jared Leto, Meat Loaf, Zach Grennier, Richmond Arquette.

Música: Dust Brothers

Fotografía: Jeff Cronenweth

Montaje: James Haygood

EEUU. 1999. 128 minutos.

 

        De ideologías

 

        El Club de la Lucha no iba de ganar o perder. No iba de palabras. Los gritos histéricos eran otro idioma, como en una iglesia pentecostalista. Al acabar la pelea, nada estaba resuelto, pero no importaba… Nos sentíamos salvados.” La voz del narrador (Edward Norton) nos explica de este modo las razones por las que la gente (aunque deberíamos precisar “los hombres”, pues es un club exclusivamente masculino) decidía pasar a engrosar el clandestino lobby para atizarse cuerpo a cuerpo (¿de forma sana?) con el prójimo. Cuando termina de hablar, la cámara recoge un plano de la mancha de sangre que el protagonista, tras ser vapuleado en la cabeza, ha dejado en el suelo. Esa sangre, la experimentación del dolor físico, se erige para los miembros del club en la receta contra un sistema alienante, el que está definido esencialmente por las arterias de la sociedad de consumo, y, según Tyler no se cansa de contarle a su alter ego (v.gr. cuando acaba de ver su piso reducido a escombros y le dice “has perdido un montón de soluciones para la vida moderna”, y en la misma conversación le aclara “empiezas poseyendo objetos, hasta que los objetos acaban poseyéndote”), alejan al hombre de su esencia, le convierten en un esclavo, desperdician su potencial, le anulan definitivamente. Se trata sin duda de ideas –ciertamente difusas- que se entroncan en un interminable magma de reflexiones artísticas que dieron principio desde que el hombre empezó a organizarse comunitariamente, no muy alejada de doctrinas ideológicas como el anarquismo y el socialismo, y que ha vestido brillantísimas parábolas fantásticas de escritores como George Orwell, J. G. Ballard o Aldous Huxley (en este caso, volamos más a ras de suelo: la película adapta una novela de Chuck Palahniuk). Y hablar de Fight Club suele implicar entrar en el análisis de esos postulados ideológicos (pues así lo promueven las propias imágenes del filme, su gusto por lo impactante y por la virulencia explícita, y el libreto del filme, afanoso por la verborrea de apariencia trascendente), aunque ése jamás será el objeto de una reseña cinematográfica (sí podría serlo su cacareada condición de obra posmoderna en el seno de la industria de Hollywood, sobre lo que nos referiremos más adelante).

 

       

De lo espídico

 

        En 1999, la reputación de David Fincher se amparaba principalmente en el extraordinario éxito de Seven, thriller atmosférico y nihilista que logró algo tan valioso (por improbable) como es la renovación de uno de los géneros más manoseados, sino el que más. Con sólo dos obras más a sus espaldas (Alien 3 y The Game), pero también con su prestigio previo como master de la publicidad y el videoclip (había firmado anuncios de marcas como Nike, Coca-Cola, Budweiser, Heineken, Pepsi, Levi’s, Converse, AT & T y Chanel, y había dirigido videos musicales de artistas como Madonna, Sting, los Rolling Stones, Michael Jackson, Aerosmith, George Michael, Iggy Pop, The Wallflowers, Billy Idol o Stevie Winwood), la mirada de Fincher, su estilo, se caracterizaba por muchas improntas que con el tiempo han ido diseminándose, esencialmente el cierto gusto por la provocación y, en íntima relación con ello, esa concepción espídica de las imágenes (hija de los medios no cinematográficos en los que se forjó y, tristemente, referencial) que pretendía convertir en más rutilante cualquier enunciado; impronta estilística ésta íntimamente ligada al dominio del montaje, cualidad proverbial de su autor desde su primera obra, y que, en su madurez –al menos, pensando en Zodiac y en The Curious Case of Benjamin Button-, ha sabido armonizar con técnicas narrativas mucho más complejas (y por tanto, ambiciosas), y un esmero muy superior en la escenografía. Pero todo eso aún estaba por llegar en el momento de realización de esta Fight club, y no es de extrañar que Fincher se interesara por un proyecto, éste, que casaba perfectamente con sus marcas de estilo y que, por su pretendida radicalidad, podía (pensaba él, o quizá pensaron los críticos) marcar un punto y aparte, una evolución, en su filmografía.

 

       

De lo polémico

 

        Y vista una década después, Fight Club se ha desposeído felizmente de su aura iconoclasta, de sus presuntas ínfulas antisistema. Una aura que era hija de ciertas tendencias (ese posmodernismo que he citado) que después se revelaron baldías, y sobretodo de la estandarización de un discurso que, según se mirara, contenía ciertas ideas que algunos podían encontrar atractivas, más que nada por su rimbombancia, por construir una cierta panavisión del sistema (articulado desde la crítica destructiva), por hablar de terrorismo de buen rollo, algo que, poco después, cuando la sociedad norteamericana fue tan fuertemente maculada por los atentados del 11-S (y el cine de Hollywood ingresó en la era post-11-S), perdió todo sentido, o más bien, convirtió (esa noción d)el discurso de la película en algo mucho menos aceptable por casi nadie: al respecto, la última secuencia de la película, en la que vemos, desde un ventanal, como se van desmoronando rascacielos, puede verse hoy como una imagen en muchos sentidos maldita: por un lado, desde la perspectiva visual, no hay nada terrible en esos hundimientos, es todo muy mecánico, inofensivo, aséptico (gran ironía del destino para una película tan violenta), con lo que se escamotea toda la crudeza del acto terrorista; y por otro, desde el punto de vista del relato, esa solución argumental puede ser considerada fácilmente como algo mucho más frívolo de lo que fue en su momento (porque nuestro baremo de medir lo que es frívolo ha cambiado mucho en un tema como éste), y por tanto, algo mucho más antipático. En cualquier caso, sirve este ejemplo de punta de lanza de algo que sucede con toda la película, y termino como he empezado, que ha ido desnudándose a su esencia, liberándose de todas esas ínfulas, pretextos y contextos, y puede verse más en atención a lo estrictamente cinematográfico: la construcción de personajes, las estrategias visuales y la gestión de los mecanismos del relato. Todo ello que facilita un juicio mucho más sosegado y mucho menos sesgado que muchos de los que saludaron, bien o mal, la película en el momento de ser estrenada en cines.

 

       

De la congruencia del relato

 

        La perspectiva del tiempo nos dice que Fight Club contiene elementos subversivos, pero son anulados por la propia convención dramática que acaba sosteniendo el relato (y que lo malbarata): la historia de la personalidad esquizoide de Tyler Durden, construida mediante el encuentro entre los personajes encarnados por Edward Norton y Brad Pitt, está planteada con la misma audacia con la que se postulan buena parte de los conflictos de la película (pienso en los dobles sentidos de algunas frases, en los juegos de encuentros y desencuentros con Marla –magníficamente matizados por la interpretación de Helena Bonham-Carter-, en los ardides continuos que, en una revisión del filme, cobran un nuevo sentido), pero en su clímax, escoge una senda que deja atrás toda la turbación, toda la complejidad: el uno se enfrenta al otro: el protagonista descubre que ha ido demasiado lejos, que sus actos son malvados, que es un hombre enfermo; poco importa que Fincher siga dando rienda suelta al manierismo y al artificio (ese supuesto suicidio), o incluso a una solución final abierta y cool (el reencuentro con Marla): al fin y al cabo, el personaje descubre un su amor incondicional por una mujer, y ello parece hacerle olvidar todos sus sueños y deseos de aniquilar un sistema al que odia. Por mucho que el crescendo de tensión y la fuerza de las imágenes del filme puedan distraernos, a poco de pensarlo nos damos cuenta de que el personaje, y con él la película, flaquea en su propia, crasa incongruencia: de alguien que había perdido totalmente la noción de la realidad (y de los propios actos) no es de recibo esperar que la recupere de forma tan súbita (o por el amor a una mujer). Además, la vía subjetiva escogida por el relato –dejar en off los actos del alter ego de Tyler encarnado por Pitt en el segmento final: la preparación de los atentados- pretenden enfatizar la desorientación del protagonista, pero resulta de todo punto incongruente que Tyler (Norton) no llegue a enterarse de los planes urdidos por su Mr. Hyde. Se trata, en fin, de deficiencias argumentales que, cierto es, parten de un planteamiento sumamente arriesgado, pero no por ello deben dejar de citarse.

 

       

De las fórmulas expresivas

 

        Lo que sucede con Fight Club es que, a pesar de sus muchos excesos y artificios visuales (tantos insertos superfluos, o planos de milimétrico detalle, como el que ilustra los créditos iniciales, u otro que enfoca el interior de una papelera, aderezos absurdos que pretendían ser modernos y, por razón del vertiginoso avance de la infografía en el cine, han envejecido mal muy deprisa), es una obra en la que Fincher deja sentir su impronta y su intrépida concepción del cine, su gusto por experimentar, por probar, por vestir las narraciones con propios e intransferibles ropajes. Se nota un denodado esfuerzo por construir un corpus visual propio, se aprecia la construcción de una atmósfera densa, que revela como pocas otras películas de los últimos años la vis tétrica de lo urbano (partiendo del rostro blanquecino de Norton a la cierta decoloración fotográfica, grisácea, que informa todas las imágenes, así como el tratamiento de los espacios, tanto interiores como exteriores, buscando a menudo una rúbrica de fealdad). Fincher se muestra ávido por la experimentación con el montaje, con la banda sonora, con el sonido, mezclando conceptos e ideas diversas en idéntica secuencia –imagen y pista sonora- y ofreciendo no pocas soluciones ora sugestivas ora enriquecedoras del relato. Fight Club es una obra, en realidad, de planteamiento menos atractivo que las fórmulas expresivas que el realizador esgrime para llevarlo a puerto cinematográfico. Con sus más y sus menos, con sus llamativos aciertos y desaciertos, es una obra digna de interés.

http://www.imdb.com/title/tt0137523/

http://en.wikipedia.org/wiki/Fight_Club_(film)

http://www.geocities.com/weekend_game/final_scr1.htm

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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