LLACH: LA REVOLTA PERMANENT

 

Llach: la revolta permanent

Director: Lluís Danés.

Guión: Lluís Arcarazo y Lila Pla Alemany

Intérpretes: Lluís Llach.

Música: Lluís Llach

Fotografía: Emili guirao

Montaje: Roger Gispert

España. 2006. 91 minutos.

 

        Concierto

 

        Déjenme empezar por el meollo de la cuestión. Lluís Danés dirige un documental, este Lluís Llach: la revolta permanent, que es, básicamente, un apéndice. Muy valioso, pero apéndice al fin y al cabo. Es un apéndice de un concierto, un concierto celebrado por Lluís Llach –acompañado de una orquesta sinfónica- en Vitoria-Gasteiz el 3 de marzo de 2006, en conmemoración del treinta aniversario de uno de los sucesos más infaustos de la transición, el asesinato de cinco manifestantes, uno de ellos menor de edad, a manos de la policía. De ese concierto, y como no debía ser de otra manera, Danés extracta en el último pasaje de su documental la interpretación íntegra de Campanades a morts (composición en diversos actos de duración cercana a los veinte minutos), la canción que Llach compuso en homenaje a aquellas víctimas, y que se convirtió en una de las piezas más emblemáticas de la transición. Si cuando, como el propio Llach explica en una secuencia del filme, en el momento de componerla, la canción fue fundamentalmente hija de la rabia y la tristeza, interpretada treinta años después su significado se acomoda a la perspectiva de esos treinta años distancia, y si esa rabia y esa tristeza se conservan intactas (baste analizar la letra o apreciar la soberbia interpretación del cantautor), lo hacen en su arrebatada, vehemente, furiosa, implacable mirada al pasado; esto es, Campanades a morts reclama su valor en la recuperación de la memoria histórica. “Para los familiares de las víctimas, la transición no terminará hasta que quienes detentan el poder no pidan perdón por el acto de terror de Estado cometido en Vitoria aquella tarde del 3 de marzo de 1976. Así lo reclama el propio Llach desde su foro, en Vitoria, ante una muchedumbre, exactamente treinta años después. Por eso digo que Lluís Llach: la revolta permanent es, principalmente, un apéndice de aquel concierto, un acta audiovisual que lo es a su vez de un acta musical, lírica sobe un suceso terrible acaecido en la España de la transición.

 

 

       

Crónica íntima

 

        El éxito de Danés y (creo justo decirlo) sobretodo de Llach consiste en hablar de historia y reivindicar los valores de responsabilidad que debe exigirse a la democracia (a nuestra democracia, que procede de treinta y tantos años de dictadura) partiendo de una crónica íntima. Íntima en el caso de Llach porque así lo son todas sus letras, y la de Campanades a morts es un revelador ejemplo. Íntima en el caso de Danés por el modo en que planifica su relato de lo acaecido en Vitoria, la manifestación, el ulterior encierro de los manifestantes en una iglesia y la ulterior matanza cometida por la policía. Danés se sirve de la relevancia artística e ideológica de un referente tan innegable como Llach para dar forma al relato-denuncia. Asistimos a una somera biografía del autor -ilustrada con extractos de canciones interpretadas por él mismo para la ocasión-, que se centra especialmente en los años inmediatamente previos a la transición, los años vividos en París -porque en España tenía prohibido el desarrollo de su actividad artística-, y su triunfante retorno a la escena catalana tras la muerte del dictador. Y todo ello se va trenzando con la narración de los trágicos acontecimientos del tres de marzo de 1976, construidos a partir de fotografías de archivo, de la (valiosa, por reveladora) pista de sonido de la radiofrecuencia policial de aquella jornada, y, sobretodo, del testimonio de manifestantes y/o familiares/amigos de los cinco hombres que perdieron la vida. Y ahí radica esa clase de intimidad a la que hacía mención: Danés anticipa con sutileza lo escabroso (la imagen, en el prólogo, en la que vemos a uno de los entrevistados ponerse un ojo de cristal: después nos contará cómo perdió ese ojo), nos pone en antecedentes (un dirigente obrero nos cuenta el contenido de las reclamaciones, así como el contexto sindical de los trabajadores que protagonizaron la manifestación –contexto que más bien cabría cualificar de no-sindical, teniendo en cuenta que sólo existía el llamado “sindicato vertical”, y estaba prohibida la existencia de otros sindicatos, así como el derecho de reunión o de huelga-), y, lento pero seguro, al igual que se masca la tragedia en la pista sonora de esa radiofrecuencia policial, va cerrando el plano sobre los rostros de los familiares de las víctimas, alcanzando por esta vía –la explicación del reconocimiento de los cadáveres, las impresiones de la hermana de una víctima, que en el momento del fatal desenlace sólo contaba siete años de edad- el poso lúgubre que edifica la narración, que edifica el contenido de esa memoria, ese dolor que no debe cicatrizar del todo so riesgo de ser olvidado. No es de extrañar que ese formato del plano, primerísimo plano a los rostros de los entrevistados, sea idéntico al que se cierra sobre el rostro de Llach cuando, en un momento climático de la actuación, quiebra su voz al grito de “¡assassins!” (del mismo modo que, solución visual no por esperable menos efectiva, sobreimpresione imágenes de los funerales con la secuencia final de la pieza interpretada por Llach).

 

       

       

Terrorismo de Estado

 

        Si en las obras de ficción nos interesa buscar la congruencia del relato, en las obras documentales buscamos igualmente esa congruencia en el discurso que el autor del documental imprime sobre la realidad documentada. Al contrapunto de las entrevistas con las gentes de Vitoria, Danés inserta, amén de la citada radiofrecuencia policial, testimonios de archivo de Manuel Fraga y, no de archivo sino tomadas expresamente para el filme, de Rodolfo Martín Villa, a quienes Danés apunta como responsables políticos de la masacre (y así definida, “masacre”, por la propia policía). Resulta sin duda interesante escuchar el speech de Fraga en su comparecencia ante los medios de prensa pocos días después del suceso, ni que sea para constatar tanto su astucia verbal cuanto la más bien nula sombra de responsabilidad o siquiera titubeo que a un político español en el poder, y en 1976, le merecía la muerte de cinco civiles a manos de la policía. Más interesantes resultan las excusas y subterfugios variados de Martín Villa. Es evidente que miente, pero no por la toma ideológica de la película o de quien esto suscribe: simplemente me refiero a términos de congruencia: la voz radiofónica de la policía desmiente que estuvieran acorralados por los manifestantes, y mucho menos que estuvieran desesperados; pero el hecho de que no hubiera ni una sola víctima entre el cuerpo policial –ni un rasguño- es el detalle más revelador de que esos disparos, a matar, obedecieron a otras razones, de Estado, variadas, algunas que se apuntan en el filme por los testimonios, y que pueden resumirse en una palabra, “represión”, y que se tradujeron en un acto de terrorismo de Estado. En un determinado pasaje del filme, hacia el final, la pista de sonido de un testimonio sigue escuchándose cuando aparece Martín Villa hablando de “conceptos jurídicos indeterminados”. Por el poder que le confiere el arte del montaje, Danés carea al mentiroso con una víctima, y así se venga de él.

http://www.imdb.com/title/tt0881278/

http://www.llachlarevoltapermanent.com/

http://www.youtube.com/watch?v=6m6tKgvS-vE

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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