CHAPLIN

Chaplin

Director: Richard Attenborough.

Guión: Diana Hawkins, William Boyd, Brian Forbes y William Goldman, basado en la autobiografía de Chaplin y en “Chaplin, his life and Art”, de David Robinson.

Intérpretes: Robert Downey jr, Moira Kelly, Geraldine Chaplin, Kevin Kline, Kevin Dunn, Paul Rhys, Dan Aykroyd, Anthony Hopkins, Diane Lane, Penelope Ann Miller.

Música: John Barry.

Fotografía: Sven Nykvist

EEUU. 1992. 139 minutos.

 

 

Sincreción

 

Richard Attenborough no escatimó medios y esfuerzos técnicos en la producción de esta biografía cinematográfica del inmortal cineasta. Un concienzudo casting, una esmerada recreación de época, y especialistas de altura (como la de John Barry y Sven Nykvist) en los apartados técnicos. Hasta cuatro guionistas –incluyendo un artesano tan poco discutible como William Goldman- participaron en la compresión de la autobiografía de Chaplin (completada con el retrato de David Robinson “Chaplin, his life and Art”), y si hablo de compresión es porque no es tarea fácil reducir una vida tan cargada de intensidades y matices como la del autor de Monsieur Verdoux, y no puede negarse que el esfuerzo de sincreción es máximo.

 

 

Biopic

 

Sin embargo, ese esfuerzo acaba resultando, al menos en parte, baladí: sin ser una mala película, Chaplin no pasa de la corrección, por diversos motivos de los cuales es el mayor su propia concepción: siendo un ejemplo paradigmático de biopic bien realizado, revela a la perfección cuál es la mayor adversidad a la que se enfrenta todo biopic: su patente incapacidad por dotar de complejidad la textura emocional del personaje retratado, ello debido a la necesidad de recopilar datos y más datos más o menos conocidos –en este caso en un arco cronológico que se pretende amplísimo, desde su infancia en miserables condiciones económicas en el Londres finisecular al Oscar honorífico que recibió en 1973-, lo que difícilmente puede compaginarse con un estudio concienzudo, complejo, de las motivaciones personales (y contextos sociales, culturales, históricos).

 

 

Entre la convención y la denuncia política

 

De este modo, la película de Attenborough se ve forzada en demasiadas ocasiones a resolver conflictos dramáticos con una somera pincelada –por citar algunos, el regreso de Chaplin a su país, o las complicaciones en los rodajes de Tiempos Modernos o El Gran Dictador-, que por muy imaginativa que resulte en su escenificación (que a menudo lo es) no logra por mucho dar la medida de lo trascendente en materia dramática pero también histórica y sociológica que cabría dilucidar desde esos enunciados. A pesar del prometedor prólogo, en el que vemos a Chaplin despojarse del vestuario de Charlot mientras las imágenes cambian del blanco y negro al color (prometiendo con ello desnudar la esencia del personaje), Chaplin acaba encauzándose en términos eminentemente convencionales, y más que otra cosa se recrea en ese glamour de la época de los pioneros del Cine y sobretodo en rendir cuentas de las diversas mujeres y amantes conocidas del cineasta (otra vez, en una descripción en términos más cuantitativos que cualitativos, yendo poco más allá del interlineado en el análisis de esa preferencia de Chaplin –y de muchos de sus compañeros de oficio y generación, aunque eso no se diga- por las jovencitas). Sí que es cierto que esa regla mayoritaria en el pulso de la narración logra trascenderse en parte en un apartado tan elemental como el que concierne a la descripción de los problemas políticos que lastraron la  carrera de Chaplin: en todas las apariciones del personaje de J. Edgar Hoover (Kevin Dunn), secuencias cortas pero muy bien trazadas, Chaplin alcanza cierta precisión descriptiva de los mecanismos ideológicos impuestos desde el Poder a la sociedad americana, la coerción que gravó esa romántica idea del “sueño americano” ya desde las primeras políticas de contención del flujo inmigratorio, a las posturas aislacionistas a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, y rematadas con la infame purga del Senador McCarthy, de la que un personaje tan alineado con las facciones más desfavorecidas del entramado social como fue Chaplin no podía salir bien parado. En la herencia de la industria más importante del Cine es importante recordar cuál fue su mayor mácula, y Chaplin fue un ejemplo paradigmático del desprecio político por el Arte en pos de dudosos intereses ideológicos y estratégicos que, por lo demás, se alcanzaron de la forma más mezquina. 

 

 

Downey jr. y otros iconos

 

Otros elementos se suman al activo de Chaplin. La interpretación de Robert Downey jr resulta portentosa. También la que Kevin Kline efectúa de Douglas Fairbanks, secundario de peso, magníficamente tratado en el guión y en imagen (tan interesante que a uno le apetecería ver otro de esos biopics dedicados a su figura). De la escenografía de Attenborough, allende sus ya mencionadas limitaciones, se agradece ese afán mesmerizante en la descripción iconográfica del personaje, o los juegos formales que propone con las texturas y cualidades cinematográficas de las obras de referencia (las de Chaplin y del cine mudo en general).

 

 

Omaggio

 

Particularmente, del homenaje en que en definitiva se erige esta Chaplin, supongo que lo más agradecible supone cuando esa reverencia se hace definitivamente explícita y, convirtiendo al espectador de la película en espectador de la ceremonia de entrega de los Oscar de 1973, cierra el metraje con un pequeño montaje de diversos cortes de los inolvidables clásicos rubricados por el que es sin atisbo de duda un genio del Cine, y, mucho más allá, uno de los personajes más importantes de la Cultura del Siglo XX.

http://www.imdb.com/title/tt0103939/

http://www.nytimes.com/1992/12/20/movies/film-robert-downey-jr-is-chaplin-on-screen-and-a-child-off.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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