LA SEMILLA DEL DIABLO

Rosemary’s Baby

Director: Roman Polanski.

Guión: Roman Polanski, basado en la novela de Ira Levin.

Intérpretes: Mia Farrow, John Cassavetes, Ruth Gorddon, Sidney  Blackmer, Maurice Evans, Victoria Vetri Ralph Bellamy.

Música: Krzysztof Komeda.

Fotografía: William A. Fraker

EEUU. 1968. 130 minutos.

 

Pactos con el Diablo

 

En una reseña firmada por Daniel G. Rojo en el número 51 de la revista internauta “Miradas de Cine” –y que versa sobre La Profecía– se habla del filme de Polanski en términos no menos contundentes que éstos: “La Semilla del Diablo es el ejemplo más perfecto y depurado de una forma de entender la presencia del diablo en el séptimo arte […] la película con la que todo cambió, la que dio carta blanca al maligno para convertirse en un personaje principal y, por qué no, en el protagonista”. Sin duda atinado comentario que se refiere a las formas expresivas que articula el realizador polaco pero sobretodo la alargada sombra de la película y su conceptualización del Diablo (heredado ya desde la citada The Omen y sus secuelas a todo tipo de filmes de consumo de estilo rimbombante, como Pactar con el Diablo o El Fin de los Días, incluso con ecos indisimulados en una obra patria tan popular como El Día de la Bestia).

 

Lo insano

 

El caso es que Rosemary’s Baby (título cuyo remedo al castellano le hacía un flaco favor a la constante ambigüedad en la que viene planteada la historia) es, ante todo, una obra maestra del director de The Pianist, una de las películas culminantes de su sugestiva carrera: la adaptación escrita (el libreto del que se encarga el propio autor) se caracteriza por un seguimiento casi literal del desarrollo de las habilidosas enseñas narrativas de la novela de Ira Levin, el esmero en la sincreción situacional y dialogada; la puesta en escena–coadyuvada por la pericia del operador William A. Fraker- es del todo despampanante, revela una personalidad indómita y sumo talento en el manejo de los instrumentos cinematográficos, destacando particularmente la forma de ahondar en el sentido claustrofóbico del espacio –hablan por sí mismas las muchas secuencias que se pierden por los mil y un recovecos de aquel piso, la persecución en uno de los rellanos, lo que se escucha tras las paredes, las puertas secretas…- y los más sutiles –pero no por ello menos sórdidos- mecanismos de tensión, mediante los cuales el filme lleva al paroxismo el clima de progresiva asfixia que se va cerniendo sobre la protagonista –siguiendo en parte la estela de otra majestuosa película sobre lo insano del realizador: Repulsion-.

 

Astucia y suspicacia

 

Al iniciarse el metraje, vemos a una joven pareja mudarse de piso e instalarse en unos opulentos apartamentos del upper west side neoyorquino (en realidad, el edificio Dakota, de infausto recuerdo desde que en 1980 John Lennon, residente allí con Yoko Ono, fuera asesinado en el portal), del que pronto conoceremos referencias algo tétricas. La narración se plantea en estrictos términos de historia romántica al uso, incluso con ribetes cómicos –en lo que concierne a la presentación de los vecinos que trabarán amistad (y otras cosas) con ellos, y que se caracteriza de una forma que tiene algo de caricaturesca-. Sobre esa coda se irán introduciendo, de forma muy bien dosificada, datos y circunstancias inquietantes, desde el suicidio de una chica que vivía con aquellos vecinos a las crecientes suspicacias de Rosemary al trato demasiado solícito que recibe de sus vecinos. La quiebra del tono desenfadado de la función es progresiva, exprime a fondo las suspicacias del espectador, y en ese sentido resulta interesante analizar lo que tiene de grotesco la secuencia central, de la violación y engendro del hijo de Rosemary, planteada desde lo onírico, y que define a la perfección la astucia narrativa de Polanski, la propuesta desde lo intuitivo que efectúa al espectador, la invitación a introducirnos en la atmósfera cada vez más enfermiza en que se retratará el embarazo de Rosemary, mostrando en el propio rostro y físico esquelético de Mia Farrow el doloroso proceso, que derivará en una sucesión de secuencias brillantes tan como son la huida del ginecólogo “del clan diabólico”, la secuencia en la cabina telefónica, la visita al otro ginecólogo y el desenlace del intento de fuga desesperada de Rosemary, en las que se abonan un sinfín de especulaciones en lo referido a la trama pero también, aprovechando la situación de radical necesidad de la madre parturienta, de apóstrofes sobre la mania persecutoria –otra vez el tema de Repulsión– y sobre el individuo atrapado en una maquinación hostil que le supera y con toda seguridad le convertirá en víctima.

 

La madre

 

A Polanski no le interesa demasiado abundar en el drama personae de la madre amancillada, sino en las formas en que ese amancillamiento se produce, en lo que de esquinado tiene su entorno, sobre los arteros métodos de los que ese entorno se sirve para lograr sus propósitos. Por ello no es de extrañar el planteamiento y solución narrativa de la antológica secuencia final: Rosemary accede cuchillo en ristre al salón en el que se está celebrando el nacimiento del mismísimo Maligno, y tras las primeras reticencias al mirarle –y ver algo que se escatima al espectador, aunque se anote que “tiene los ojos de su padre” y aparezca un inserto de la secuencia de la violación-, la madre asuma su sino y se dedique a mecer aquella siniestra cuna negra para conseguir que el recén nacido deje de llorar…

http://www.imdb.com/title/tt0063522/

http://www.filmsite.org/rosem.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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