LA MUJER DEL CUADRO

The Woman in the Window

Director: Fritz Lang.

Guión: Nunnally Johnson y J. H. Wallis.

Intérpretes: Edward G. Robinson, Joan Bennett, Raymond Massey, Edmund Breon, Dan Duryea, Thomas E. Jackson, Dorothy Peterson.

Música: Arthur Lange.

Fotografía: Milton R. Krasner.

EEUU. 1944. 99 minutos.

 

Desasimiento moral

 

Puede parecer un comentario rocambolesco, pero no puedo empezar de otra forma: lo más fascinante de The Woman in the Window se halla más allá de las propias imágenes. Uno retiene sin duda la mirada perdida de Edward G. Robinson en el abismo de aquel lienzo que muestra el retrato de una mujer, y el reflejo en el espejo que le da vida; retiene las tijeras asesinas, la noche lluviosa, el asiento trasero de un coche, las zarzas en la cerrazón del bosque… Pero si aquellas imágenes cautivan más allá del magnetismo que transmite su brillante manufactura técnica es por el fabuloso trasfondo de pulsiones psicológicas que las sostienen, que ya se enuncian en el prólogo como adoctrinadas en patrones freudianos, y que proponen un auténtico (y laberíntico) viaje al progresivo desasimiento moral y hasta emocional al que se ve arrojado un hombre de condición intachable al dejarse llevar por lo que en el propio filme llaman “el sentido de la aventura”, al deslizarse en la senda, de apariencia atrayente y sustancia devoradora, del romanticismo.

 

 

Invitación a la noche

 

 ¿Estoy diciendo con eso que el mayor interés de The Woman in the Window radica en el libreto que Fritz Lang pone en imágenes? En absoluto. Estoy diciendo que el maestro desnuda cada imagen, cada secuencia, cada paso de sus personajes en pantalla, a esa esencia que se plantea en el habilidoso guión de Nunnally Johnson y J. H. Wallis. Que Lang nos sirve una puesta en escena que, sin demasiados aspavientos formales, se halla en la antítesis de lo que solemos llamar “funcional”, y nos sumerge en el sugestivo universo de esa ensoñación que se envuelve progresivamente en lo pesadillesco, de esa fantasía romántica que depara no pocos horrores en su poso. La puerta es tan visible que se halla en el propio título del filme, y se concita en la citada, maravillosa secuencia en la que el rostro de Robinson, ensimismado, algo aturdido por las copas, se deja llevar por el hechizo de belleza que hay en el cuadro expuesto en aquel escaparate, y de súbito, cual promesa de un destino bohemio, halla en el reflejo de la vidriera el rostro de Joan Bennett, y su más bien poco matizada invitación … a la noche. A partir de ahí, la superioridad intelectual del protagonista, lo cartesiano de sus actitudes, empezará a tambalearse, primero en la promesa de un apetecible adulterio, y, de súbito, en el fango de la autoría de un asesinato.

 

 

Opresión

 

Lang llena la pantalla de matices, y todas convergen en el sentido de la fábula negra que narra. Por un lado hallamos la profusa muestra de gradaciones emocionales que conciernen a los personajes, no sólo en la superlativa interpretación de Robinson, sino también en el grueso de pinceladas que describen a cada personaje, por escueta que sea su presencia en la historia (hilvanando la tensión de la trama con esos gestos y miradas con una maestría parangonable a la del Hitchcock de la década siguiente). Después está la envolvente atmósfera, la servidumbre absoluta a las reglas de lo inquietante del claroscuro, de las sombras, de la tormenta (antológica resulta sin duda la secuencia en la que los dos protagonistas preparan la desaparición del cadáver en casa de ella, y el profesor transporta el cadáver hasta el coche y se lo lleva, mientras ella le observa desde el portal…). La narración se vuelve opresiva, amenaza con su virulencia, de latente a cada vez más urgente, en camino insuperable hacia la perdición.

 

 

Maestría

 

Es en ese clímax terrible, de ecos trágicos, que se descubre lo que las imágenes de Lang venían diciéndonos desde la secuencia del cuadro: el profesor se había quedado dormido, todo ha sido nada más que una alucinación, un mal sueño. Ese twist final es sin duda un rasgo de modernidad del filme, pero, mucho más allá, se diferencia del grueso de twist finales que proliferan en el cine comercial de los últimos años porque, frente al manierismo que actualmente los sustentan, en este caso queda la neta impresión de que The Woman in the Window nos ha llevado, ni que fuera durante una hora, de viaje al lugar del que no hay retorno, de que el terreno de lo onírico ha dado rienda suelta a las más íntimas inquietudes emocionales (conmociones, trastornos, ¿deseos?) del docto profesor de psicología. Que Lang ha abierto en canal la turbadora textura de los más esquinados recovecos del alma… Hay muchos ejemplos como el de The Woman in the Window. Fritz Lang fue, entre otras cosas, el maestro indiscutible del Cine Negro.

http://www.imdb.com/title/tt0037469/

http://archive.sensesofcinema.com/contents/cteq/02/21/woman_window.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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