MACBETH

Macbeth

Director: Orson Welles.

Guión: Orson Welles (no acreditado),

 basado en la obra de William Shakespeare

Intérpretes: Orson Welles, Jeanette Nolan, Roddy McDowall, Dan O’Herlihy, Edgar Barrier, Alan Napier, Erskine Sandford.

Música: Jacques Ibert.

Fotografía: John L. Russell

Montaje: Loius Lindsay

EEUU. 1948. 105 minutos.

 

Welles, Shakespeare

 

        Qué duda cabe de que el legado de Orson Welles merece figurar en los altares de la Historia del Arte, y no sólo del Séptimo, pues Welles fue, antes y además de cineasta, un excelente dramaturgo. En esas dos facetas o cualesquiera otras de su vida, Welles fue un hombre de inteligencia, talento y sensibilidad desbordantes, y esas virtudes fueron a la par (quizá no puede ser de otra forma) con un talante indomeñable, que le llevó a porfiar contra los estándares de producción de Hollywood, que encorsetaban su fuerza creativa sin parangón, hasta convertirse, ello y a pesar de la reverencia crítica mundial, en un auténtico outsider. Welles, el dramaturgo, el cineasta, el Artista, siempre mostró la mayor devoción por William Shakespeare, y visitó las letras del bardo de Stratford-upon-Avon en múltiples ocasiones. En lo cinematográfico se concretaron sólo tres, siendo la primera de ellas esta Macbeth, en 1948 (después llegarían The Tragedy of Othello, the moor of Venice, en 1952, y Campanadas a medianoche, en 1965, quizá su proyecto artísticamente más mesiánico, obra basada en un montaje teatral del propio Welles que aglutinaba hasta cinco obras del literato inglés por excelencia).

 

 

Welles y la Republic

 

        Ya en Macbeth (rodada siete años después de su opera prima, Citizen Kane, de 1941, y justo después de The Lady from Shangai, de 1947), se hace notar esa condición de outsider a la que antes me he referido. El filme es una producción de Republic Pictures, uno de los estudios que conformaron el denominado Poverty Row (junto con Monogram, PRC, Eagle Lion y alguna otra), productoras especializadas en la producción de filmes de serie B. Todas las imágenes del filme revelan limpiamente esa filiación, si bien también nos muestran en qué soberbios términos artísticos Welles supo manejarse en ese contexto industrial, o, dicho de otra forma, con qué superlativa destreza exprimió las posibilidades cinematográficas de esos mecanismos de producción a priori tan alejados, por su limitación, de la exhuberancia escénica y narrativa que siempre fue marca de estilo de Welles (anótese a este respecto que el filme fue rodado en 23 días y con un presupuesto que cabría tildar de risible, de 75.000 dólares). Las bondades de la serie B  están ilustradas en parte en esta Macbeth, pues su manufactura obedece a sus parámetros estilísticos: es una película de atmósfera y de carga explosiva; pero por otro lado, es también, irrefutablemente, y sobretodo, una obra de su autor: por la densidad de la tramoya dramática edificada en esa atmósfera, por su gusto por la experimentación, por, en definitiva, la textura de cada plano, la exploración hasta sus últimas consecuencias expresivas en el universo creativo del literato.

 

       

Atemporalidad

 

        Sesenta años después de su realización, el visionado de Macbeth sigue dejando atónito a cualquiera. En su escorza de imposible y virtuosa fusión entre la austeridad de su encourage y la opulencia de las fórmulas escénicas aplicadas, el filme reclama su condición atemporal. En la fórmula elucubrada por Welles, la universalidad de los temas visitados en la obra de Shakespeare -la ambición, la codicia y su corrupción del espíritu- se anclan necesariamente en el dibujo de lo histórico, de lo que resulta que en Macbeth hallemos una de las más descarnadas e implacables miradas al medioevo que nos ha dejado el Cine (parangonables, guardando las debidas distancias que habitan en el discurso de uno y otro, con las de El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman, pues en ambas obras lo telúrico tiene una importancia decisiva). La torticera alquimia de las tres brujas no sólo sirve de presentación de la historia, sino que, como declaración de intenciones, envuelve todo el relato en un hálito malsano, el que dirime los acontecimientos, actos, pensamientos, sentimientos. En la portentosa fórmula expresiva de Welles, en la torva temperatura de las imágenes, la lírica majestuosa de Shakespeare (a la que los diálogos y soliloquios se pliegan religiosamente) encuentra febriles cajas de resonancia en las sombras implacables, que cortan los ángulos, que resaltan las frías y rocosas estancias del fortín, o de los puntiagudos atuendos bélicos, que atrapan a los personajes en su laberinto opresivo. 

 

       

Lo sórdido

 

        El propio Welles y Jeannette Nolan nos entregan inolvidables encarnaciones de los dos protagonistas, habilitando tantos matices como estados de ánimo encarnan en su progresivo desasimiento emocional, el que les lastra desde dentro (por la culpa que les atenaza, por la caprichosa interpelación a las profecías de las hechiceras), como desde fuera (por los peligros que les acechan). Las soluciones de puesta en escena, siempre atentas al marco geográfico-espiritual que asfixia a Macbeth, se decantan a menudo por lo sórdido. Sea en leves movimientos de cámara que van cerrando el plano sobre el rostro del protagonista, o en encuadres que ofuscan la catadura moral de Lady Macbeth (pues comparte plano con sus víctimas, con los objetos de su traición). Utilizando juegos lumínicos extrae el mayor énfasis a las escenas épicas (el ejército de diez mil ingleses aproximándose al fortín). Y, porque no puede nunca perderse el marco enajenado que informa el relato, utiliza efectos de sonido o experimentos visuales (v.gr. la sobreimpresión de figuras en el haz de luz de un rayo, o aquel plano en el que nos muestra la sombra tambaleante del sirviente que se ha colgado) para ir apuntalando lo esquinado, lo virulento (los dos cortes de montaje que corresponden con la pérdida de la cabeza de los dos señores de Cawdor).

http://www.imdb.com/title/tt0040558/

http://www.uhu.es/cine.educacion/cineyeducacion/shackmacbeth.htm

http://www.miradas.net/0204/estudios/2002/08_owelles/macbeth.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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