MINORITY REPORT

 

Minority Report.

Director: Steven Spielberg.

Guión: Scott Frank y Jon Coen, basado en la novela de Philip K. Dick.

Intérpretes: Tom Cruise, Colin Farell, Samantha Morton, Neal McDonough, Max Von Sydow, Lois Smith.

Música: John Williams.

Fotografía: Janusz Kaminski

EEUU. 2002. 123 minutos.

 

Master

 

Tras el cambio de milenio, y con la perspectiva que puede ofrecernos su primera década, hay ciertos axiomas a los que vemos traspolarse, de crítica influyente en el momento o época de estreno de un filme, a la siempre mayor rigurosidad de una crítica o análisis referida a tiempos pretéritos. Me atrevo a decir que el caso de Steven Spielberg ha hostigado a muchos críticos, que tras sus primeras obras maestras –Duel, Jaws, Close Encounters, ET, Raiders of the Lost Ark…- y sus primeros pinitos en la producción ejecutiva –Gremlins, Back to the Future, The Goonies, la serie televisiva Amazing Stories de la que el propio cineasta dirigió el primer capítulo- fue acusado de haber sido el responsable de la vanalización temática y el cierto anquilosamiento del cine fantástico (y del comercial) en aquella década de los ochenta. Se les olvidó decir lo que era patente en sus películas (en las cinco que he citado), que existe mucha diferencia entre un original y una imitación, y que Spielberg poseía el mismo talento de aquellos otros nombres que se llevaron la gloria de renovar el cine de Hollywood en los años setenta, sus compañeros de generación Martin Scorsese y Francis Coppola, si bien su formación e intereses temáticos –esto es, a los temas y géneros a los que consagró su visión como director de cine- eran bien distintos; en ese sentido, su pecado mortal fue su vocación de cine afiliado a lo que llamamos entertainment, y, en relación con ello, erigirse en el director más taquillero de la historia, algo imperdonable para muchos críticos (curiosidades de la historia de la crítica, se trataba de los mismos teóricos del cine enardecidos al hablar de la nouvelle vague y la reivindicación que sus críticos-cineastas efectuaron de los directores comerciales americanos de unas generaciones anteriores, de Chaplin a Hitchcock). Spielberg, cuyo mayor defecto probablemente sea el dejarse influenciar por las críticas de aquéllos que entienden mucho menos que él de cine, se empeñó en rubricar una serie de obras a los que la crítica dedicó el infame epíteto de serias, y alcanzó cierto prestigio tras probarlo varias veces, ya a mediados de los noventa, con Schindler’s List y Save Private Ryan (antes, fracasó con dos obras tan geniales como las citadas: The Purple Color y, sobretodo, la excepcional Empire of the Sun). Ya centrándonos en esta primera década del siglo XXI, y dejando de lado otras y estupendas películas realizadas en otros parámetros, Spielberg ha consagrado sus esfuerzos al cine fantástico en tres obras, A. I., Minority Report y War of the Worlds, que se han revelado, ya desde una corta perspectiva, en las películas más influyentes del género en este principio de milenio, tanto por sus metáforas como por sus conceptos estéticos: una puesta en escena que fusiona la caligrafía clásica (incluyendo el gusto por depender más de la planificación que del montaje en las secuencias de acción, mostrando de un modo panorámico lo que acaece en pantalla) con los experimentos técnicos e infográficos de ultimísima generación. Pero, anotémoslo otra vez, las tres películas fueron recibidas en su estreno por la crítica con las reticencias de siempre, con la rosca envenenada contra la anécdota o la elección temática, anécdotas o discursos que, si vienen de Spielberg, siguen pesando más que la aportación artística en estricto. Sin embargo, no seamos negativos, démonos cuenta de que la crítica está aprendiendo. Cada vez tarda menos años en apreciar la maestría de Spielberg.

 

Contra el sistema

Lo primero que llama la atención de esta Minority Report se halla en el aparato temático, pues el filme lleva a imágenes un relato del siempre estimulante Philip K. Dick, alguien a priori realmente alejado de los valores      y espíritu que Spielberg pone en solfa en sus relatos. Y al respecto debe decirse de entrada que al filme no puede reprochársele  haber trivializado el sustrato literario. Las preocupaciones metafísicas de  Dick en su relato “El informe de la minoría” –tanto como sus referencias a las drogas- están ahí, constantemente, si bien a menudo diseminadas bajo los resortes del thriller, que vehicula los temas referidos a la fragilidad del sistema judicial, a los peligros de su privatización, a la progresiva anulación del hombre en una sociedad sintética y policial, a la utopía de la justicia institucionalizada, y, cómo no, al alto precio del libre albedrío en un mundo demasiado cuadriculado – resulta sumamente ilustrativo de todo ello el aparato que se inserta en los oídos e inmoviliza a los futuros delincuentes, o la cárcel en la que estos inmovilizados vegetan-. Las circunstancias personales de John Anderton (Tom Cruise) (la reciente pérdida de su hijo menor, y el ulterior divorcio) sirven para vehicular una tipología de personaje (y un gran tema) muy spielbergiano, si bien su imbricación en el relato no chirría en ningún momento, tanto por las sugestivas fórmulas expresivas utilizadas por el realizador (esos videos en tres dimensiones que Anderton mira en soledad, acompañado de barbitúricos: Anderton casi toca a su hijo muerto, y en el video de su esposa, la cámara muestra a ambos rostros alineados, el suyo mirándola, y el reflejo anterior del holograma), como por la confección de un héroe atormentado y a menudo desorientado, sufrido –véase el pasaje de la operación en los ojos, el envenenamiento, la deformación del rostro, la detención-, en definitiva vencido por las entrañas de un sistema que obedece pero no comprende (en un segundo visionado del filme, basta atender a las diversas conversaciones que mantiene con su jefe, Lamar Burgess (Max Von Sydow) para apercibirse de ese extremo), y que no duda en destruírle cuando percibe que cabe la posibilidad, por remota que sea, de que se convierta en un peligro.

 

Fallos en el sistema

 

Como siempre en las obras del realizador de Munich, los elementos técnicos están muy cuidados. En este caso debe destacarse la magnífica recreación del futuro, que, a pesar de la pátina rutilante que nos deja el diseño de producción, por momentos se mueve hacia parámetros bien opuestos, y recuerda incluso el sucio paisaje histórico de Robocop: conforme el filme avanza vemos que las sofisticaciones tecnificadas sólo son la fachada de una ciudad, de unas vidas, de una sociedad, nada refulgentes, del mismo tenor que el trasfondo sórdido de la historia (y aquí conviene citar el subrayado lumínico de Kaminski, que ofrece soluciones de decoloración a veces radicales, que enfatiza las sombras, que a menudo afea la imagen). En realidad, ello ya se muestra en la excelente secuencia de prólogo, violenta en su concepción, proverbial en su explicación de los métodos policiales, primorosa en la utilización de los efectos especiales en combinación con el montaje (esas imágenes que Anderton estudia en una pizarra digital, y que corresponden a lo visualizado por los precogs: imágenes desgajadas, de naturaleza y velocidad algo atrofiada, segmentos aislados del futuro visualizado) para introducirnos en el que en realidad es el meollo narrativo, que no es otro que el sutil pero continuo planteamiento de lo que tienen de reales esas visiones, y de ese modo dilucidar si ese método es infalible o no. Así, tras la primera y frenética media hora del filme –que nos pone perfectamente en antecedentes: qué es “Precrime”, qué son los “Precogs”, cómo funciona el programa, cuáles son sus instrumentos, dónde radica su éxito-, alcanzamos una reveladora conversación entre Anderton y el inspector encarnado por Colin Farell, que busca “fallos” en el sistema, y acto seguido, la bola roja nos muestra lo impensable, que Anderton está planeando un asesinato: es decir, vemos el primer “fallo”, pues Anderton no planea asesinato alguno. A partir de ahí, instante en el que la cuadrícula jurídico-penal se desmorona, empieza a su vez la pursuit story, la lucha contra reloj del sufrido protagonista por la supervivencia y contra los elementos, en un derroche de secuencias de acción trepidante, perfectamente punteadas con ese ácido retrato del futuro y sus coyunturas. De este modo, Minority Report funciona a doble nivel, más allá de los meros resortes de ese thriller futurista de alto voltaje, proyectando sobre el sino del protagonista la parábola imaginada por Dick (y tan representativa de su obra: el replanteamiento de la realidad como texto, el ambiente opresivo como contexto).

 

La mujer-oráculo vs el villano

 

Es cierto que, según mi modo de ver (o quizá debería decir, de desear), el filme podría haber alcanzado latitudes temáticas más apasionante si en lugar de centrar el desarrollo argumental en la implicación de Burgess en el asesinato de Anne Lively (o, dicho de otra forma, en el estricto formato policiaco), se hubiera atrevido a escarbar más a fondo en el meollo de la realidad cuestionada a partir de las visiones de Agatha y de los hermanos Art y Dash, los precogs; lo digo pensando principalmente en, por un lado, el interesante diálogo que Anderton mantiene con la doctora-botánica en aquel invernadero -que abre la puerta para muchas más razones de las que al final se acaban esgrimiendo en lo argumental-, y, por otro, las palabras-revelaciones-deseos-miedos que escuchamos de Agatha, la mujer-oráculo, cuando acompaña a Anderton. Sucede que, siendo los precogs la clave de toda la narración, la atención que el filme les presta, más allá de esas dos secuencias determinadas, no pasa de los meros enunciados –y de una resolución, ese plano-secuencia epilogar, bien manufacturado pero de fondo algo simplón-. De hecho, la culminación narrativa de los conflictos que el filme pone en la picota acaece en la impactante secuencia del asesinato anunciado y finalmente no cometido por Anderton (contra el tal Leo Crow): en su acto heróico de resistirse a asesinar a aquél que (cree que) mató a su hijo, Anderton se convierte en la prueba palpable de la falibilidad del sistema que antes defendía. Lo que sigue después, salvando la redención de Anderson con su pareja (precisamente con la intermediación de Agatha), sólo tiene que ver con la persecución del villano, es decir, la concreción fácil, en una persona, de las responsabilidades en todos esos conflictos. Todas estas razones, no obstante, sólo revelan mi grado de apasionamiento tanto por la obra de Philip K. Dick cuanto por la brillante, por envolvente, escenografía de Spielberg, quien articula un artefacto visual explosivo y lleno de esas intensidades que sólo logran aquellos directores que, como él, desentrañan las historias esencialmente con la mirada, desde el ojo de la cámara, logrando orquestarlas a la perfección en términos estrictos de lenguaje cinematográfico (y ya que hablo de orquestación, hablemos también de la banda sonora: anoto la impagable aportación de John Williams, alejada de las convenciones del autor en los filmes de Spielberg, y cuya circunspecta, y tan efectiva, vocación atmosférica le acerca a Bernard Herrmann, con ecos anticipados al horror que desatará en War of the Worlds).

http://www.imdb.com/title/tt0181689/

http://www.rottentomatoes.com/m/minority_report/

http://www.urbancinefile.com.au/home/view.asp?a=6254&s=interviews

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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