STAR TREK

Star Trek.

Director: J. J. Abrams.

Guión: Robert Orci y Alex Kurtzman, basado en los caracteres creados por Gene Roddenberry.

Intérpretes: Chris Pine, Zachary Quinto, Leonard Nimoy, Eric Bana, Bruce Greenwood, Karl Urban, Zoe Saldaña.

Música: Michael Giacchino.

Fotografía: Daniel Mindel

Montaje: Maryann Brandon y Mary Jo Markey

EEUU. 2009. 127 minutos.

 

Remakes

 

        Si hablo de J. J. Abrams, si hablo de películas de ciencia-ficción mainstream, si hablo de este remake, qué menos que empezar citando a George Lucas, quien al filo del cambio de milenio reemprendió su exitosa saga galáctica con tres nuevos episodios, precuelas como esta Star Trek, que no eran otra cosa que una puesta al día, siguiendo exactamente la misma filosofía, de la trilogía que le lanzó al estrellato; Lucas, celoso de sus personajes y su propia mitología (antaño usurpada de aquí y allá, hogaño de genuidad indiscutible), no podía permitir que llegaran otros a remedarle el invento adaptándolo a los nuevos tiempos, así que lo hizo él mismo. Lucas sabía, como cualquiera con dos dedos de frente, que las fórmulas exitosas están condenadas a repetirse, variando (a poder ser leves) parámetros estéticos o ideológicos para corresponder con los tiempos que corren, reajustando los efectos especiales a la vanguardia infográfica y, sofisticando un poco las fórmulas argumentales, quizá para justificar la rizadura de rizo, quizá también en sintonía con lo que está en boga. Los responsables de la franquicia Bond se esmeraron mucho en renovar su fachada, y lo lograron con Casino Royale, que llegó a convencer incluso a la crítica sesuda. Incluso Spielberg, director ávido por la exploración constante, fue convencido (¿por su amigo Lucas?) de devolver la vida cinematográfica a su Indiana Jones, en un cuarto y casi extemporáneo capítulo que debió ser crepuscular pero no lo fue, porque la fórmula es la fórmula, y no nos pasemos de la raya. Michael Mann asumió el proyecto cinematográfico de Miami Vice, y le sacó lustre. Bryan Singer remedó el Superman de Richard Donner, mientras pléyades de superhéroes de cómic saltaban a la lona del cine de entertainment, exprimiendo ideas y estilos para todos los gustos del mainstream e incluso fuera de sus márgenes (Batman, el Señor de la Noche, fue probablemente el más afortunado; Christopher Nolan obvió cualquier enseña de las esgrimidas por Tim Burton en las que ya habían sido particulares visiones, y exploró caminos bien diversos, afiliados a los raíles del cine negro). El cine de terror slasher añejo fue rehabilitado en manos de artesanos avezados e incluso visionarios como Rob Zombie, Marcus Nispel o Alexandre Aja, que reinventaron sagas tan exitosas como Halloween, Viernes 13, La Matanza de Texas o Las Colinas tienen ojos. Un viejo tótem del cine-espectáculo en su definición más extrema, como James Cameron, tras años en la sombra, vuelve por sus fueros con Avatar, con la promesa de entregar el no va más en efectos especiales. Mientras un tal McG, que ya había decorado una revisión lamentable de Los ángeles de Charlie, estrena una variante de Terminator… A todo esto se le llama remake o secuela. No exploitation, principalmente por un tema de (alto) presupuesto, y para eludir las connotaciones negativas que aquel término incorporó desde su acuñación. Y, en términos cualitativos, a estas películas-remedos se le debe exigir más, porque carecen del factor novedad. Abrams, que tras consolidarse como guionista y productor de exitosas series televisivas –Alias y Lost– ya dirigió una tercera parte de otro remake, Mission:Impossible III, a mayor gloria de Tom Ethan Cruise, asumió las riendas de este proyecto de reinvención de la segunda saga galáctica más famosa de todos los tiempos: Star Trek, serie televisiva creada por Gene Roddenberry y que conoció muchas vidas en televisión, de 1966 a la actualidad, amén de hasta diez, versiones cinematográficas previas a ésta (sobre las cuales debe decirse que, excepción hecha de los trekkies más afamados, la única que tenía cierto encanto era la primera, dirigida por Robert Wise en 1979 -o quizá también la segunda, La Ira de Khan, de Nicholas Meyer-; a partir de ahí, empezó a perder enteros). J.J. Abrams se decidió a rescatar la saga, de rescatar el éxito. Lo ha conseguido.

 

El efecto Lucas

 

        Y si el párrafo anterior empezaba con George Lucas, este segundo también lo hará. No por el hecho de que Abrams tenga declarado a los cuatro vientos que él sabía poco o nada de Star Trek y en cambio era un fan de la saga Star Wars, sino porque viendo la película que nos ocupa adveramos la realidad, más allá del juego al marketing, de ese comentario, pues la impronta visual y narrativa de la serie de Lucas es tan patente y constante que no puede negarse. Ya no se trata de que existan diversos guiños a la saga Star Wars –algunos tan obvios como el modo en que las naves alcanzan la velocidad de la luz, por mucho que aquí lo llamen de otra forma-, o que en secuencias determinadas planee el recuerdo de otras que visitaban conceptos e ideas parecidos –por citar dos referencias a Empires strikes back, la visita de Kirk al planeta helado, donde es perseguido por dos monstruos –el pequeño devorado por otro más grande cuando está a punto de devorar al héroe-, o el reducto romulano en el que Kirk combate al final, saltando entre plataformas, como Luke y…su padre-, sino que se trata de una implementación a diversos niveles, desde la estructura y desarrollo de la narración al pincel descriptivo de los personajes y sus diálogos –los continuos rifirafes entre Kirk y Spock extraen su mejor jugo de las disputas entre Luke y Han Solo, e incluso están a punto de debatirse por el amor de su particular princesa Leia-, mixtificando la exploración en el fondo épico con el elemento jocoso. Abrams hereda, por así decirlo, la depurada técnica cinematográfica que basa toda su fuerza en la habilidad argumental canalizada por el dinamismo de las imágenes, muchos planos, nunca estáticos, mucho montaje corto, pero, y eso es lo importante, con capacidad para ensamblar cada secuencia de modo que se vea claramente lo que está sucediendo, y por tanto se materialice la tensión, el peligro, la acción, la broma o lo que se tercie. La secuencia prólogo de la función, ese nacimiento in extremis del futuro capitán Kirk, está planificado, rodado, montado, sonorizado y musicado con idéntica pericia a la que demostró Lucas, por no remontarnos en el tiempo, en el inicio de su último capítulo de la saga (Star Wars: Episode III: The Revenge of the Sith, 2005). Y si Abrams logra meterse a la parroquia en el bolsillo en diez minutos, los ciento diez restantes no le irán a la zaga. Si digo que nos encontramos ante una de las muestras de cine fantástico más endiabladamente entretenidas de los últimos tiempos, ello es mérito de los guionistas – a los que me referiré en el próximo párrafo-, del mastodóntico utillaje técnico que arropa la función, y de las claves bien aprendidas por Abrams para conjugar todos esos elementos: el sentido de la aventura, los lugares comunes de la serie –los rincones de la Enterprise, y principalmente, la disposición de las piezas humanas en el tablero de la sala de mando-, el sense of wonder de los pasajes espectaculares, y sobretodo el portentoso ritmo. A menudo marcado por pautas humorísticas, e incluso irónicas, que nos recuerdan que es el afán del más puro entertainment el que mueve la maquinaria, y a él debemos entregarnos sin reservas.

 

Vasos comunicantes

 

        Y tras dejar sentado que Abrams vampiriza  las insignias del cine de aventuras que Lucas releyó a mediados de los setenta con Star Wars (dicho sea sin ánimo de descrédito, sino para constatar que Abrams, más que un creador de ideas, es un perspicaz recolector), debe decirse que al productor y realizador le fallaría la ecuación si no estuviera bien arropado por una pareja de guionistas (también procedentes del medio catódico), Robert Orci y Alex Kurtzman, que desarrollan con pericia una labor nada fácil, la de desarrollar una trama aventurera que contenga todos los elementos requeridos para una ficción de este calibre –sirve, en este caso, que en el clímax, la tierra esté a punto de ser devorada por un agujero negro- y que, al mismo tiempo, condense la presentación de todos y cada uno de los personajes consolidados como referenciales de la saga trekkie de forma atractiva para un público neófito y respectuosa con los viejos fans. Y en este apartado, en un requiebro genial del argumento que nos plantea un juego temporal y un presente alternativo –por cuya obra y gracia veremos aparecer al Spock incorporado por Leonard Nimoy-, Orci y Kurtzman consuman la distancia, y a la vez los puentes, entre su película y las (películas y series) que la precedieron. Esa realidad alternativa, nos dicen para quienes escuchemos, convierte en infinitas las posibilidades (y licencias) del relato del mismo modo que constituye el patrón de una reinvención que no quiere traicionar lo preexistente. Las cartas, marcadas. Como debe ser.

http://www.imdb.com/title/tt0796366/

http://www.startrek.com/startrek/view/index.html

http://www.startrekmania.com/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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