ATRÁPAME SI PUEDES

Catch me if you can.

Director: Steven Spielberg.

Guión: Jeff Nathanson, basado en los libros de Frank Abegnale y Stan Redding.

Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Tom Hanks, Christopher Walken, Martin Sheen, Natalie Baye, Amy Adams, Jennifer Garner.

Música: John Williams.

Fotografía: Janusz Kaminski.

Montaje:Michael Khan

EEUU. 2002. 114 minutos.

 

Escapismo cinematográfico

      Los prodigiosos créditos iniciales de la película –herederos confesos de Saul Bass- y el contrapunto musical de John Williams –afortunado refrito de Herrman y Mancini nos avisan, ya de entrada, de que el director de Duel, tras dos soberbios ejercicios de ciencia-ficción –A.I. y Minority Report– va a investigar otros horizontes temáticos, y, con la apariencia de darse un respiro, va a devanarse entre la comedia de situación y el subgénero –por decirlo de algún modo- de “escapismo”. Cuando entremos, lentos pero seguros, en una trama basada en acontecimientos reales y a la vez de lo más rocambolesca, nos daremos cuenta de que el aviso era cierto: Catch me if you can se sitúa, en fórmula episódica –y a veces elíptica-, en los terrenos de la comedia de situación, y del cine de ingenio(s). Así se dilucida de un argumento que se mueve de forma soberbia en un amplio abanico temporal (el que se corresponde con los años de correrías del joven Frank), que avanza con burbujeante dinamismo para trazar los avatares vitales de este chico que canalizó su rebeldía elucubrando y ejecutando las más diversas fórmulas de estafa, falsificación y fraude, lucrándose de forma pornográfica mientras fingía ser (co)piloto de aviones, médico o abogado experto. Bajo ese patrón argumental, que desgranaremos, una primera lectura de lo cinematográfico nos sitúa en los parámetros de una mirada nostálgica, la que Spielberg dedica a la década de los sesenta del siglo pasado (recordemos que Spielberg es coetáneo al protagonista de la cinta), y hacia esa cierta iconografía pop que era una de las insignias del cine de comedia en aquellos tiempos, iconografía presente en esos créditos y después materializada en la escenografía, el vestuario, la iluminación y el punteo musical de Williams, que en este caso no enfatiza tanto como aviva las líneas de sugerencia que habitan en las imágenes. Aunque esa nostalgia se sitúa en un terreno limítrofe: primero, porque lo cómico y fantástico se oponen a una realidad que inevitablemente deberá encararse (el sino del protagonista: ver el siguiente párrafo); y, segundo, porque a la vistosa fachada de esa sociedad le quedaba muy poco antes de perder la ingenuidad, con la guerra de Vietnam y las crisis que le siguieron: ideológica, cultural y económica (y nada de eso se dice en la película, pero es un enunciado implícito, además que se enfatiza en las consignas morales que se enuncian, o, dicho de otro modo, en la condescendencia respecto -e incluso defensa- de la postura y actos de Frank).

 

 Padres e hijos

        Parece ser que Spielberg se decidió a realizar la película apenas hubo leído el guión de Jeff Nathanson, ello y a pesar de hallarse en un momento de su carrera especialmente condenso en proyectos. Esa asunción quizá extemporánea, y que después obligó a un rodaje cortísimo (aunque, también hay que decirlo, Spielberg, al igual que Clint Eastwood, son dos de los realizadores más capaces de constreñir los rodajes), nos habla del interés personal del realizador por el proyecto. Ello puede tener que ver con esa anotación autobiográfica, el parangón de edad ya mencionado entre realizador y protagonista de la ficción (maticemos: realidad ficcionada) o el hecho, bien conocido, de que Spielberg compartiera con Abegnale el trauma del divorcio de sus padres. Pero hay algo más que relaciona a uno y otro, algo que nos cuentan los biógrafos y que nos confirma el propio director, un detalle poco conocido de su vida y que considero relevante para entender su idiosincrasia y su pasión por el Séptimo Arte: parece ser que, cuando era adolescente, el futuro director se coló en los estudios de la Universal ataviado con indumentaria elegante, se apropió de un despacho vacío y, durante un par de meses, se hizo pasar por empleado para poder estar cerca del trabajo de los profesionales y conocer los entresijos de la industria (este detalle biográfico, amén de certificar la cierta equiparación de fuerzas entre los dos personajes en lo referido al carácter entre intrépido y temerario, también ayudan a refutar las constantes acusaciones de complacencia y talante poco combativo de Spielberg). Lo cierto es que, sin ánimo de iniciar una absurda y estéril perorata psicoanalítica sobre espejos autobiográficos, sí que podemos dejar patente que en Catch me if you can se funden, y además de forma armónica, las ansias del storyteller por railar una comedia efervescente con una de las esencias dramáticas de la completa filmografía del cineasta: el tema de la pérdida de la inocencia alcanzada desde lo traumático en el seno familiar. En ese sentido, Spielberg construye un refulgente artefacto cómico, caracterizado por la ágil exposición de las maquinaciones, métodos y técnicas de Frank, pero nunca pierde el marco dramático en el que esos actos, pícaros y por tanto hilarantes, encuentran su razón de ser. Por un lado está la venerable admiración que el joven siente por su padre, un hombre fracasado, al que el sistema se lo ha arrebatado todo (su coche, su casa, su tienda, su mujer: todo ello explicitado en cortas secuencias aisladas, pero que perfilan un crescendo, apuntalado por las reuniones también esporádicas con su hijo, cada cual más dramática, hasta alcanzar el óbito del personaje encarnado por Christopher Walken), y que, por decirlo de algún modo, le lleva a pergeñar una constante y consistente venganza contra esa abstracción, el sistema, tomando lo que no es suyo mediante el fraude, y heredando las formas y técnicas de su padre, es decir, sintiéndose moralmente plenamente justificado por sus actos (en ese sentido, un detalle cartesiano del magnífico guión de Nathanson se halla en la imitación por parte del hijo de actos que le ha observado a su padre o de aforismos recurrentes, como aquél de los ratones atrapados en la nata). Y por otro lado, el sutil, progresivo y finalmente concretado proceso de adopción por parte de Carl Hanratty (Tom Hanks), el agente del FBI, de quien durante todo el metraje ha venido siendo su improbable Némesis, el perseguido, Frank (aquí, aún más que el inteligente perfil que del personaje hallamos en el libreto –su soledad, la guardia en Nochebuena porque no tiene familia, su severidad, su frialdad de trato o incluso antipatía heredada del hecho de sentirse como un rara avis entre el funcionariado…- interesa la magnífica composición que efectúa el actor, y la química que entre él, Di Caprio y la cámara de Spielberg logran convocar en las secuencias compartidas por los dos primeros).

 

De lo brillante

      Todo ese contorno dramático de la función –al que acabe añadir el menor detalle de la relación entre Frank y su madre, o la historia de amor que le une con Brenda (Amy Adams)- está bien estructurado (la narración en flash-back, o los avances temporales, por ejemplo, obedecen a ese sentido), bien escrito y bien ejecutado en imágenes: Spielberg logra, por un lado, hacer a los personajes cercanos y dotarlos de suficiente matices como para hacerlos trascender del cliché; por otro, integra esa solución redentora, optimista de un modo nada forzado; y por otro, y principalmente, ensambla  a la perfección el descripción de sentimientos, lo psicológico, con la acusada sensación de irrealidad que despierta el modo en el que están filmados buena parte de los avatares de Frank durante su periplo. Sin embargo, el interés de Catch me if you can está bien lejos de agotarse ahí, y más bien radica, como siempre en las obras del director de ET, en el poderío de las imágenes, en la impecable resolución visual, en la refulgente ejecución que contienen  de la partitura de los elementos cinematográficos. La secuencia en la que Frank ve descender de un taxi a unos pilotos y sus azafatas, y les sigue hasta el vestíbulo del hotel en el que se alojan, fascinado por el glamour que despiertan; la secuencia en la que el chico llega a casa y descubre que su madre está en su habitación con Jack Barnes, un amigo de su padre y prócer de la comunidad, que después sabremos que se casará con ella tras el divorcio; la planificación de la completa secuencia del aeropuerto en la que Frank se escapa protegido por una turba de bellas azafatas; la conversación final, también en un aeropuerto, en un largo pasillo, entre Carl y Frank; los ágiles montajes que narran el modo en que Frank va medrando en su negocio de falsificación: los aviones de juguete de la Pan Am que conserva, primero uno y después muchos, en la bañera para arrancar las pegatinas y engancharlas en los cheques, secuencias como aquélla en la que avanza por entre las filas de una entidad bancaria buscando una víctima propicia entre las empleadas, insertos fugaces como aquéllos primerísimos planos de las efigies de los presidentes americanos que aparecen en los billetes… Podría seguir, porque hay muchas más. Secuencias, segmentos, instantes que no nos dicen, como muchos piensan, que el cine es entretenimiento, sino que nos recuerdan en qué consiste eso que damos en llamar “narración cinematográfica”. Sirven a la perfección a la historia que quieren narrar, pero, aún más allá, enardecen los sentidos por sí solas, porque son simple y llanamente brillantes.

http://www.imdb.com/title/tt0264464/

http://www.dreamworks.com/catchthem/jump2.html

http://www.rottentomatoes.com/m/catch_me_if_you_can/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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