JOHN RAMBO

Rambo

Director: Sylvester Stallone.

Guión: Sylvester Stallone

Intérpretes: Sylvester Stallone, Julie Benz, Matthew Marsden, Graham McTavish, Reynaldo Gallegos, Jake La Botz.

Música: Brian Tyler.

Fotografía: Glen MacPherson

Montaje: Sean Albertson

EEUU. 2008. 91 minutos.

 

Extemporánea

Puedo empezar a lo cínico y decir que prefiero ver el modo en que ha degenerado la carrera de Sylvester Stallone que el modo en que ha degenerado la carrera del otro muscleman por excelencia de los años ochenta, Arnold Schwarzenegger. Era broma, si quieren. Centrándonos en el bueno de Sly, recordemos que cuando franqueaba la línea sexagenaria se le ocurrió algo más bien impensable –de hecho, lo que hizo fue darle una nueva dimensión a la máxima que dice que en el cine todo es posible-: desempolvar las dos sagas que en su día le convirtieron en un auténtico icono, las de Rocky Balboa y las de John Rambo. Proyectos personalísimos, las escribió y dirigió él mismo. Acudió a titularlas con el nombre y apellido del uno, Rocky Balboa, o con el apellido a secas del otro, Rambo, en lugar de, respectivamente, Rocky VI y Rambo IV. Es un detalle, sí, pero quizá significa algo. Viendo tanto una como otra películas, asistimos a una versión no ya crepuscular, sino más bien decrépita de todos los lugares comunes de cada saga. La verdad es que Rocky Balboa tenía su cierto encanto –sin ir más lejos, más que la entrega precedente, en la que Stallone recurrió a John G. Avildsen-, y en el caso de esta cuarta Rambo, en muchos sentidos tan infame como las dos entregas precedentes – Acorralado, First Blood, era otra cosa-, es netamente superior a ellas, ni que sea por algo que en muchos sentidos está más allá de las imágenes: el hecho innegable de hallarnos ante una obra premeditadamente extemporánea, que renuncia a buena parte de las marcas de idiosincrasia propias del cine de acción violenta (no me atrevo a llamarlo cine bélico) que se estilan en la actualidad.

 

Descarnada

Si hay algo que merece la pena en esta Rambo es, por un lado, que se tome como punto de partida uno de los tantos conflictos olvidados por los mass-media (cuando todo quisque hubiera vaticinado que Rambo iba a combatir el terrorismo en Irak o Afganistán, Stallone, francotirador, obvia el contexto político y nos sitúa en la frontera de Birmania), y, por otro, la explicitud de su violencia, su temperatura en muchas ocasiones infernal, el modo en el que la cámara detalla multitud de pormenores del entorno desquiciado de la guerra –y cito sólo algunos: la aniquilación con arma de fuego o bayoneta de niños pequeños, el modo en el que un cuerpo humano se desmiembra al pisar una mina o al explotarle una granada, decapitaciones, mutilaciones, violaciones, métodos salvajes de tortura…-, detalle/explicitud que va mucho más allá de lo que se atrevieron en su día las tres películas precedentes de la saga. Parece que Stallone quiera alzar la voz contra los códigos de lo políticamente correcto, y, entre jaculatoria y jaculatoria de tan lacónico personaje, nos cuele esa auténtica exhibición de violencia desenfrenada que, mal que pese a algunos, sirve perfectamente a los propósitos y sentido de la narración y, por lo demás, contrastada con la violencia bajo el patrón de la corrección política (o sea, de lo que es moneda de cambio), cobra su significado como valor añadido. Y puedo decir todo esto y quedarme tan tranquilo, ello y a pesar de reconocer que la trama no hay por donde cogerla, que el héroe está tan deshumanizado como siempre, y que tanto los activistas de la oenegé como los mercenarios están vestidos con los clichés más manidos imaginables (por no hablar de los birmanos, que esos no llegan a ser más que figurantes prestos a matar o morir). Pero la violencia forma parte de la atmósfera, y Stallone mide (aunque sea por la vía rápida) el ritmo de la función, la economía narrativa y el sentido de las elipsis, así que Rambo es entretenida. Y además, insisto, en lugar de alzarse como portavoz ideológico, le da la espalda a cualquier crítico presto a disparar sobre lo extracinematográfico.

 

¿Homecoming?

Es así. En estos tiempos en los que la proyección política o ideológica de una obra es algo más bien intrincado, casi nunca aparente, queda totalmente fuera de lugar hablar de tufillo ideológico a propósito de esta Rambo como en su día se hizo de First Blood, Part II, Rambo (recordémoslo aunque no haga falta: investido por la crítica como el más fiel estandarte cinematográfico-comercial del militarismo y los derroches patrioteros más rancios de la política conservadurista de Ronald Reagan), y no sólo porque los discursos sobre el fantasma de Vietnam o sobre el cambio de bando de los talibanes (me refiero, claro, a Rambo III) parezca definitivamente agotado, sino porque, si First Blood II: Rambo fue un supertaquillazo y Rambo III fue en su momento la película más cara de la historia del cine (con 63 millones de presupuesto, récord que ostentó hasta que James Cameron, por dos veces, con Terminator 2 y después con Titanic, le dejaron atrás), Rambo en cambio huele más bien a serie B, nació con más bien poco ruido, al igual que Rocky Balboa, quedando a las claras que es el francotirador Stallone, y nadie más, quien propone esta enésima, probablemente última, secuela (de aquí unos cuantos años llegarán los remakes, ¡eso no lo dudo!), y los discursos del pasado quedan ahora tan trasnochados que no trascienden la anécdota. Stallone prefiere no quitarse la camiseta, para que no se vea cómo envejece lo hipermusculado, y, buscando una redención que finalmente alinea a su Rambo con su Rocky, nos menciona por primera vez la existencia de un padre y, en el epílogo del filme, va a buscarlo, regresa a su casa, como no podía ser de otra forma, una granja perdida en el midwest norteamericano. Si al final resultará que Rambo era buen amigo de los personajes que poblaban la letra de Born in the USA, de Bruce Springsteen…

http://www.imdb.com/title/tt0462499/

http://www.mangafilms.es/johnrambo/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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