SATANÁS

The Black Cat

Director: Edgar G. Ulmer.

Guión: Edgar G. Ulmer y Peter Ruric,

basado en un relato corto de Edgar Allan Poe

Intérpretes: Boris Karloff, Bela Lugosi, David Manners, Julie Bishop, Hegor Brecher, Lucille Lund.

Música: Heinz Roemheld.

Fotografía: John J. Mescall

Montaje: Ray Curtiss

EEUU. 1934. 69 minutos.

 

Karloff y Lugosi, Poe y la Universal

        Existen diversas y variadas razones que aconsejan el visionado de esta The Black Cat, dirigida en 1934 por Edgar G. Ulmer. Una de ellas, el hecho de ser una de las obras que inauguró cierto filón en el seno del cine de terror de la época por los textos del inmortal escritor Edgar Allan Poe: cierto es que de la obra homónima de Poe el filme extrae directamente bien poco (la presencia del felino y su representación simbólica), pero si se escarba un poco en el relato urdido por el propio Ulmer y Peter Ruric se pueden encontrar diveros ítems que sí conforman el vasto universo del escritor, principalmente en lo que atañe al tratamiento de los espacios de la residencia del arquitecto Poelzig (Boris Karloff) y a la entraña de horrores que esconde bajo su aséptica apariencia. The Black Cat debe interesar a todo amante del cine fantástico por tratarse de una de las más peculiares, y probablemente de las mejores, obras rubricadas por la Universal en aquellos gloriosos años del cine de terror clásico del estudio. Y, relacionado con lo anterior, interesa mucho el careo interpretativo entre esos dos enormes iconos, Karloff y Bela Lugosi, y el hecho de que Lugosi encarne un personaje heroico, bien distinto a los roles que cimentaron su fama.

 

Ulmer antes de la serie B

        La razón de mayor peso para recomendar el visionado del filme tiene que ver, más allá de lo expuesto, en la figura de su realizador. Ulmer llevaba poco tiempo en los Estados Unidos, y con esta The Black Cat, que fue un éxito, cimentó su prestigio en el seno de una industria que después –por unas razones de faldas que generaron las iras de Carl Laemmle, el ejecutivo que había producido el filme- le ninguneó y le arrojó a la carretera secundaria de la serie B, donde, los genios siempre son genios, la historia le ha reivindicado como uno de los directores de referencia. La verdad es que Ulmer supo moverse con sapiencia y talento en ese a menudo fino alambre que tuvieron que cruzar los realizadores, tantos, llegados de Europa. Recordemos que Ulmer se había forjado en el cine como director artístico en la Europa Central, y que colaboró con gente como Max Reinhardt en el teatro y F.W. Murnau en el cine. En las imágenes de The Black Cat, Ulmer demuestra la pericia necesaria para evocar el espíritu del misterio y el terror según los parámetros tan sugerentes del expresionismo, al mismo tiempo que hace avanzar el relato con la métrica reconocible del cine de aquellos estudios, género y periodo, aprovechando a fondo los resortes más atractivos de un guión no excesivamente brillante para incidir en los motivos visuales que le sugestionaban (a él al igual que a nosotros) así como para edificar un trasfondo metafórico que hace trascender el relato de sus corsés.

 

La vieja Europa

        La película, rodada en diecinueve días y con un presupuesto de unos 96.000 dólares, ha sido calificada por la crítica como la primera película norteamericana de terror psicológico. Y esa aseveración se puede buscar precisamente a partir de esa distancia entre Europa y América que se imprime en el propio argumento del filme, en el que una pareja de jóvenes tortolitos norteamericanos (David Manners y Julie Bishop) que viajan por la Europa Central en viaje de recién casados sufren un accidente y les toca pernoctar en la morada de Poelzig, junto con el que había sido su acompañante accidental en el tren, el doctor Vitus Verdegast (Lugosi). Su ingenuidad, que les convertirá en víctimas, contrapuesta a los posos de dolor y odio que aportan Poelzig y Vitus. Su candidez opuesta a los reconcomios entre el arquitecto y el doctor, que a su vez acarrean la infamia del peso de la historia, de la guerra, que ya les devoró en el pasado y ahora, en este encuentro-destino, volverá a devorarles, esta vez definitivamente. Precisamente por ahí esporan las reflexiones más interesantes que propone el relato, en esa edificación impoluta, geométrica, de rotunda modernidad, que Poelzig edificó sobre un campo de batalla que vivió una gran devastación de vidas humanas, y en cuyo subsuelo guarda en formol los cuerpos de diversas mujeres, “para retener su belleza”… De este modo, la contienda dramática y de calado romántico que mantienen Poelzig y Vitus está raílada sobre esas circunstancias históricas, las que atañen a las cicatrices de la Primera Guerra Mundial (e incluso cabe abundar más allá, escarbando en el sentido del magno escenario, al más puro estilo Bauhaus, alzado por el arquitecto sobre las ruinas, que aboga por una grandeza rediviva que es parangonable a la que, por los tiempos de realización del filme, postuló el nacionalsocialismo). Ulmer alumbró, decía, un territorio de contrastes. En correspondencia con el paisaje humano, las descripciones del espacio oponen la apariencia a la realidad subrepticia, lo geométrico con lo desquiciado, la belleza luminosa, orgánica, con una inacabable esfera de sombras… Así va perfilando Ulmer el meollo terrorífico de la función, el tránsito de la intriga a la demencia desatada (el rito satánico), cuya fuerza habita en esa construcción escénica en la que el dominio de la ensoñación y el misterio se hacen densas hasta lo irrespirable, por mucho que los censores, utilizando como balanza el contenido argumental, obligaran a dejar en meros enunciados muchas de las soluciones propuestas por Ulmer y acordes con la ilustración del horror propuesta (un ejemplo muy claro al respecto es el desenlace de la función, en la que Vitus despelleja vivo a Poelzig y dinamita la casa: nos explican que así será, pero la cámara abandona el horror y sigue los pasos de la pareja que logra escapar; Ulmer rubrica la función –de nuevo la pareja en un vagón del tren, tal como si lo acaecido no hubiera sido más que una pesadilla que ya han dejado atrás- con una broma referida a la incredulidad de los críticos literarios norteamericanos al respecto de los límites de lo congruente en el tratamiento de lo escabroso, lo que casi puede leerse como una muestra privada de sarcasmo del realizador al respecto de la limitada capacidad del público destinatario del filme para aprehender la inmensidad terrorífica que él puso en el tablero cinematográfico).  

http://www.imdb.com/title/tt0024894/

http://www.moria.co.nz/horror/blackcat34.htm

http://theblack-cat.blogspot.com/2008/04/black-cat-by-edgar-g-ulmer.html

http://en.wikipedia.org/wiki/The_Black_Cat_(1934_film)

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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