DRÁCULA, PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS

 

Dracula, Prince of Darkness

Director: Terence Fisher.

Guión:Jimmy Sangster, basado en una historia de Anthony Hinds.

Intérpretes: Christopher Lee, Barbara Shelley, Andrew Keir, Francis Matthews, Suzan Farmer, Charles “Bud” Tingwell.

Música: James Bernard.

Fotografía: Michael Reed.

GB. 1965. 102 minutos.

 

Hammer Productions

No nos hallamos ante la segunda, como a menudo se cita, sino ante la  tercera incursión de la Hammer Productions, y de la mano de su más indispensable creador, Terence Fisher, en el universo del mito vampírico acuñado por Bram Stoker (tras Dracula/ Horror of Dracula, realizada en 1958, el propio Fisher dirigió Las Novias de Dracula/The Brides of Dracula, 1960 –y, fuera de los márgenes del personaje de Stoker, también podemos contar El Beso del Vampiro/Kiss of the Vampire, 1963, aunque ésta bajo las riendas de Don Sharp–). Realizada en 1965, esta Dracula, Prince of Darkness constituye, como la filmada siete años antes, uno de los pilares antológicos de la incombustible productora británica, merced de su elaborada y característica construcción estilística. Sin Fisher, qué duda cabe que la Hammer no hubiera alcanzado los niveles de calidad e influencia que atesora, e incluso me atrevería a decir que sin el cineasta la evolución histórica del género fantástico también sería algo distinto. Ello sin embargo, cuando se habla de las (muchas) obras interesantes que nos ha legado el estudio, no está de más hablar de una maquinaria de producción perfectamente engrasada, donde la labor de diversos nombres suma y convoca eso que damos en llamar sinergia, unos resultados cinematográficos excelentes. Hablamos, por supuesto, de Christopher Lee, uno de los dos puntales interpretativos del estudio (junto a Peter Cushing), pero también de otros nombres que resulta de todo punto imprescindible reivindicar, caso del productor Anthony Nelson Keys, del guionista Jimmy Sangster (aquí apoyado por Anthony Hinds, también productor de la compañía), del compositor James Bernard o del diseñador de producción Bernard Robinson, todos ellos coartífices de ese determinado look que todo amante del fantástico reconoce a la perfección.

 

Atmósfera

Algo que resulta muy llamativo de la película –y a la postre, como veremos, marca idiosincrática de la misma– tiene que ver con lo exiguas que resultan las apariciones del personaje de Drácula. A Christopher Lee no le vemos aparecer hasta superada la mitad del metraje, y sólo protagoniza cinco secuencias; no menos llamativo, relacionado con lo anterior, es el hecho de que el protagonista de la función no disponga de una sola línea, o apenas palabra, de diálogo (a salvo los rebufos vampíricos característicos). Todo ello parte de una explicación bien poco sofisticada, que se aleja de lo que podríamos denominar la vertiente creativa y no hace otra cosa que recordarnos la filiación industrial de (al menos buena parte de) el Séptimo Arte; por un lado, en relación a las parcas apariciones de Lee, nos hallamos con un condicionante de presupuesto, relacionado con el contrato firmado por Christopher Lee, quien en el lapso transcurrido desde Horror of Dracula se había consagrado como actor y su caché había aumentado notablemente, y en el que se explicitaba un salario a liquidar por jornadas de trabajo; por el otro, en relación al mutismo del personaje, el actor estaba tan disgustado con el texto que Jimmy Sangster había escrito para el personaje que, tras diversas disputas, se negó a pronunciarlo (algo que, por otra parte, también puede explicar que Sangster no quisiera aparecer acreditado con su nombre, y conste como guionista de la película con el alias de John Samson). Así pues, estamos hablando claramente de lo que inicialmente son hándicaps de la producción, por mucho que Terence Fisher –entre cuyas muchas virtudes se cuenta la habilidad para moverse en el alambre de un presupuesto ajustado– lograra que todo ello acabara revirtiendo en beneficio del potencial expresivo de la película. Fisher, con sus planteamientos escénicos, convirtió esa ausencia del personaje en constante y contundente presencia en lo atmosférico (léase, de lo inquietante, lo perturbador, lo malsano); y en lo que respecta a la carencia de palabras proferidas por Drácula, ello no hace otra cosa que, en consonancia con lo anterior, enfatizar lo instintivo, la fuerza animal depredadora del personaje, el filtro atávico de su malignidad, algo que sin duda resulta una atractiva aportación a la dimensión mítica del personaje.

Exacerbación

Fisher explora con avidez y gusto las posibilidades de la pantalla ancha para incidir en el poso terrorífico que anida en el escenario, aquella opulenta mansión entre cuyos recovecos lo impoluto de la apariencia al principio sublima y progresivamente va revelando las angustiosas sugerencias que anidan en el relato. Un relato que parte de una proposición de todo punto convencional (cuatro viajeros llegan al castillo inadvertidamente) pero que de buen principio efectúa especial hincapié en una descripción nada amable de las miserias de la alta sociedad de la época, incidiendo tanto en el tema de la hipocresía cuanto en el clima de represión sexual reinante. Todo ello presto a desbordarse hacia la lujuria y la violencia merced de esa presencia maligna que renace literalmente de sus cenizas (para retomar el personaje de modo racional respecto de la finalización de Horror of Dracula, en la que Peter Cushing reducía a cenizas al Conde) en una progresión narrativa en la que los elementos cinematográficos exacerban el descensus ad inferos que atañe a los personajes, infierno que se personifica en Drácula, y descenso que se hace literal en el tránsito de la luz a las sombras, de los altillos al sótano, del blanco aséptico a los inflamados tonos encarnados. Para la antología quedan secuencias tan célebres como el ajusticiamiento por parte de los monjes del personaje encarnado por Barbara Shelley, que en su día causó conmoción por su virulencia y por la inequívoca connotación sexual; a mí me fascinan sobremanera las sutiles estrategias visuales urdidas por Fisher para otorgar opacidad al espacio y densidad atmosférica al relato, esos diversos desplazamientos de la cámara por las estancias ensombrecidas de la mansión, donde espora la subjetividad del espíritu maligno que es dueño del Todo, donde la sugerencia se hace ritual (sin ir más lejos, atiéndase a la finalización de la citada secuencia de ajusticiamiento de la vampira: la cámara se aleja del cadáver para mostrarnos una ventana, sus rejas torcidas, formulación evidente de la huida de ese espíritu).

  

Mefítico

A pesar de la reinvención del mito que esta película en particular y el grueso de las aportaciones del estudio de Michael Carreras en general efectuaron del mito vampírico, quedan diversos anclajes con el sustrato literario de Bram Stoker. Por ejemplo, la inclusión del personaje de Ludwig (Thorley Walters), evidente trasunto del atormentado Renfield (que de hecho invita a entrar al Conde), o el hecho de que el personaje del Padre Sandor (Andrew Keir) asuma la condición de cazavampiros que en la novela (y en Horror of Dracula, en las pieles de Cushing) asume Van Helsing, o incluso la solución final en la que Drácula perece bajo el hielo quebradizo, lo que guarda correspondencia con el hecho mencionado en la novela de que el vampiro no puede atravesar el agua corriente. Probablemente más interesante de ese desenlace resulte otro eco literario, relacionado con el cierre del pasaje Infierno, la primera parte de La Divina Comedia de Dante Alighieri, que contiene la imagen del Lucifer tricéfalo atrapado en el hielo; reminiscencia que sin duda encaja perfectamente en esa condición mefítica que de Drácula se menciona en el propio título de la película.

http://www.imdb.com/title/tt0059127/

http://www.screenonline.org.uk/film/id/488685/index.html

http://www.answers.com/topic/hammer-film-productions

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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