ENTRE COPAS

Sideways

Director: Alexander Payne.

Guión: Alexander Payne.

Intérpretes: Paul Giamatti, Virginia Madsen, Thomas Hadden-Church, Sandra Oh.

Música: Rolfe Kent.

Fotografía: Phedon Papamichael.

EEUU. 2004. 113 minutos.

LOS ANTICLÍMAX DE LA EXISTENCIA

Guste más o menos, el cine de Alexander Payne sirve para efectuar algunas constataciones difícilmente refutables sobre el funcionamiento de la maquinaria industrial de Hollywood. En 2004, cuando se estrenó el filme que nos ocupa, Entre copas, fue saludado con vítores por la crítica especializada, y nominada a cinco Oscar (incluyendo el de Mejor Película y Mejor Director), de los que se alzó con uno, el de Mejor Guión Original, que el propio Payne recogió junto con su estrecho colaborador –co-firmante de todos los libretos de sus películas hasta esta Sideways- Jim Taylor. Ese prestigio se ratifica en el hecho de que Payne se haya erigido en productor para, según él mismo reconoce, servirse del prestigio que acompaña a su nombre para que proyectos en los que cree puedan ver la luz (caso de El asesinato de Richard Nixon (Niels Mueller, 2004) La familia Savages (Tamara Jenkins, 2007) o El Rey de California (Mike Cahill, 2008), proyectos todos ellos que, de forma bien visible, participan de las esenciales enseñas narrativas del cine mal llamado indie americano que tiene al propio Payne en uno de sus baluartes (caracterizado, a grandes trazos, por la descripción de catarsis sentimentales propiciadas en un seno familiar en proceso de reformulación constante, contenido abordado desde un balance tonal entre el trasfondo dramático y su exposición en clave desenfadada, a veces irónica, otras hilarante). Todo ello parece sugerir una cierta posición de poder, o al menos influencia, del cineasta en el seno de la industria (porque, aunque en estos filmes se hable a veces del off-Hollywood, para desmarcarse del cine mainstream, se hace evidente que tiene un lugar y mercado controlado por las majors –nada que ver con los viejos adalides del cine indie, los Jarmusch o Hartley-). Pero, a pesar de todo lo anterior, resulta que Alexander Payne ha tardado la friolera de siete años en alzar su nuevo proyecto, Los descendientes, y ello nos obliga a formularnos ciertas preguntas: ¿se trata sencillamente de que Payne se ha tomado su tiempo, mucho tiempo, para preparar este nuevo proyecto? ¿Quizá se frustraron otros por el camino? ¿O, más bien, el prestigio por sí solo no efectúa equivalencia con la rentabilidad en esa maquinaria industrial en la que el cineasta se mueve? Preguntas sin respuesta clara, pero que invitan a muchas líneas de reflexión.

Desligándonos de esas consideraciones más allá de lo artístico, y centrándonos en lo que da de sí esta Sideways, se hace patente que en ella el estilo y las intenciones como narrador de Payne (y a menudo deberíamos añadir: “y Taylor”, ese co-guionista del que sólo en The Descendants no le acompaña en los créditos de la autoría del libreto) alcanzan un estadio de madurez y perfeccionamiento que elevan el interés de la propuesta por encima de cualquiera de sus (por otro lado, estimables) propuestas precedentes, caso por ejemplo de la ingeniosa pero más liviana Election o la sobria, pero algo enfática e irregular About Schmidt. Entre copas termina de afianzar (y Los descendientes continuará idéntica línea) unas señas de identidad aferradas a la cierta procacidad en el tratamiento de temas universales que convive con ciertos arrebatos líricos (que cabría calificar de “a la europea” sino fuera porque su contenido escarba en los valores y escorzas emocionales intrínsecas de los americanos), para abordar el núcleo duro de crisis personales, sentimentales y/o existenciales. El cine de Payne está poblado de hombres que vienen llevando una existencia bastante anodina, y a los que ahora toca enfrentarse con una encrucijada, evidente o que late bajo la aparente. Y a los que el cineasta se acerca con voluntad de descripción aferrada en lo verista y lo psicologista, de modo tal que se pretende asentar un discurso, una voz propia desde el foro cinematográfico, que medita en voz alta sobre cuestiones que tienen que ver con nuestra inteligencia y sensibilidad, pero mucho más con el modo en que nos definimos como seres sociales, cuál es nuestra relación con nuestro entorno inmediato, pues en él nos movemos y él condiciona nuestros actos, sea el modo en que afrontamos una oportunidad o una frustración.

 

 

Y esta definición, si quieren, autoral del cine del director de origen griego no ha encontrado mejor representante que Miles, el personaje que (tan bien) incorpora Paul Giamatti. A través del personaje, Sideways concreta sus motivos al abrupto (y a menudo infestado de clichés en el cine) terreno de las crisis emocionales del individuo tipo de clase media en los albores de los cuarenta, o, en un plano más abstracto, del trance vital que supone el progresivo descubrimiento de la frustración de los propios sueños como coda inesquibable de la existencia humana. Pero el estilo no radica sólo en el contenido, sino también en la forma y el tono. Y en ese sentido, la quizá principal habilidad de Payne reside en la presente obra en su capacidad de hilvanar un complejo discurso por los intersticios de una comedia de situación. Payne consigue arrancar carcajadas en el espectador, y lo hace mediante diversos sketches cuya epidermis más o menos jocosa tiene mucho de grotesca, y grotesca en el sentido dramático del término(esto es si interpretamos esos gadgets en el contexto emocional narrado). Porque en el fondo, los diversos momentos de intensidad que respira el filme, y que convierten a Payne en un narrador genuino, son aquéllos cuya intimidad se hace plausible al espectador, y derrocha sensaciones en apariencia irrisorias o hilarantes, pero cuyo trasfondo guarda una espesura dramática y psicológica digna de admiración.

En esta segmentada y magníficamente estructurada Sideways, esa estampa autoral se revela a veces en una dialéctica entre lo íntimo y el marco escenográfico que encapsula, en diversos sentidos, al personaje principal: atiéndase la secuencia en la que Miles descubre que su ex-esposa se ha vuelto a casar y huye hacia la nada, hacia esos campos de vides, donde vence la propia resistencia de su rabia y desfallece cuando acaricia un racimo de uva. En otras secuencias, Payne entrega las claves de lo subjetivo a través de sugestivas estrategias de planificación y puesta en escena: el segmento que narra la primera cita nocturna entre Miles y Maya, la borrachera galopante del primero, y su desesperada lucha contra sus autodestructivos instintos, vividos tan calladamente a los ojos níveos de la chica que tan bien encarna Virginia Madsen. Se trata de clímax, o más bien anticlímax, emocionales, capturados con astucia y talento, y que revelan la naturaleza esquiva de esta Sideways: una buddy movie que no es tal, un perenne eje simbólico en el vino y sus propiedades y efectos, una comedia triste, una transgresión constante de los resortes genéricos que da de resultas una obra singular y a menudo brillante, capaz de alumbrar su única braza de optimismo en ese desenlace abierto, que cierra el círculo de lo anticlimático: Miles, tras la severa catarsis, se dirige finalmente a rendir cuentas con su futuro, ese interrogante que tanto le angustia, personificado en la mujer a la que ama. El optimismo no es otra cosa que la mera expectativa. Lo que pueda llegar a suceder. La puerta abierta que cierra la película.

http://www.imdb.com/title/tt0375063/

http://www.foxsearchlight.com/sideways/

http://www.rottentomatoes.com/m/sideways/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20041028/REVIEWS/40922017/1001

http://travel.nytimes.com/2006/06/04/travel/04journeys.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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