MALDITOS BASTARDOS

Inglorious Basterds

Director: Quentin Tarantino.

Guión: Quentin Tarantino.

Intérpretes: Mélanie Laurent, Christoph Waltz, Brad Pitt, Michael Fassbender, Diane Kruger, Eli Roth.

Fotografía: Robert Richardson

Montaje: Sally Menke

EEUU. 2009. 148 minutos.

 

Secuencias

Quentin Tarantino es un realizador cuyo prestigio se cimenta en parte en su talento cinematográfico intrínseco (entiéndase, el manejo del lenguaje cinematográfico en esencia), en parte en una impronta de estilo muy marcada e iconoclasta, y en parte –no debemos olvidarlo- en un reverso mediático que él mismo fomenta y explota –porque se siente a gusto con ello- tan bien como, guardando las distancias de época y personalidad, antaño hiciera Alfred Hitchcock (director visionario incluso en ese apartado extracinematográfico). Los detractores de Tarantino no suelen negar que, ni que sea de un modo aislado, el autor tiene en efecto lo que solemos llamar “momentos de gran cine”, pero consideran que sus excesos le pierden. Los fans acérrimos del autor del guión de True Romance, sin embargo, enarbolan una bandera opuesta, y dicen que todo lo que hace Tarantino está bien, y al que no le gusta es porque “no comprende” el valor de sus ejercicios de estilo. Reconozco que, siendo buen aficionado –y hasta cierto punto admirador- del cine de Tarantino, daría más razón a los primeros que a los segundos, sin ir más lejos porque resultan indefendibles los muchos argumentos que pretenden hacernos pasar una obra tan irregular como Death Proof por lo que evidentemente no es, una buena película. Vaya por delante que pienso que todas las obras de Tarantino tienen momentos brillantes, y que aunque en sus inicios –Reservoir Dogs, sobretodo- el cineasta nos admiró –entre otras cosas- por su talento como guionista, en realidad esa vertiente de libretista está lejos de ser su mejor baza. Inglorious Basterds, una de las mejores películas del director, es una supina demostración de que Tarantino es eminentemente un creador de secuencias individualmente consideradas, que tiene que hacer esfuerzos para casarlas en argumentos cohesionados. Aquí lo logra bastante, lo que da de resultas un relato mucho más atractivo –por intenso y hasta cierto punto atmosférico- que los que nos sirvió en los dos volúmenes de Kill Bill y en la citada Death Proof.

 

Ser o no ser tarantiniano

Tarantino despierta reacciones muy opuestas porque en sus obras cabe todo, y eso da lugar a críticas en las que, por supuesto, también cabe todo. Hay quien se congratula de su condición señera de la posmodernidad, y hay quien le acusa de efectuar pastiches que, basados en lo verborreico y en un burdo sampleado de motivos preexistentes, se pretenden transgresores pero no pasan de inanes. O, concretado en un ejemplo proverbial, hay quien degusta encantado la secuencia que precede al clímax final de Inglorious Basterds en la que, mientras vemos a la joven Shosanna Dreyfus (Mélanie Laurent) prepararse para la noche en la que debe culminar su venganza, se escucha como fondo la canción de David Bowie que sonaba en los créditos de El beso de la pantera, de Paul Schrader; y en cambio, habrá quien no admita esa solución más allá de su definición kitsch. A los primeros les será fácil introducirse y disfrutar del relato propuesto por Tarantino, jugar a la búsqueda de guiños cinéfilos –aquí hay un montón de referencias, ya desde el propio título de la obra, o desde los propios nombres de algunos personajes (por poner un ejemplo notorio, Aldo Raine, extraído del actor norteamericano Aldo Ray) a las explicaciones sobre la política de producción de Goebbles (a quien se compara, con cierta guasa, con David O’Selznick), a la mención de G.W. Pabst y Lenni Riefenstahl, o al debate entre si era mejor cómico Max Linder o Charlie Chaplin, incluyendo una glosa de la secuencia de secuestro institucional del niño y ulterior persecución por parte del tramp en The Kidde autoreferencias –presente en los diálogos, claro, pero también en la forma de construcción de escenas, o en motivos narrativos que se repiten, como el fuego cruzado entre diversos personajes que dirime el final de la secuencia de la taberna, cuya definición recuerda poderosamente el clímax tanto de Reservoir Dogs como de Pulp Fictiony, sobretodo, de la habilidosa, concienzuda, a menudo brillante, escenificación del secuenciado propósito/despropósito argumental. Los detractores de Tarantino no se prestarán al juego, por considerarlo demasiado bronco, e incluso –probablemente- les cabreará bastante que esa impronta de estilo, muy marcada, sí, pero tan válida como cualquier otra, le haya dado al autor de Jackie Brown la reputación que actualmente tiene, allende la industria norteamericana, en el panorama del Cine Contemporáneo.

 

De personajes

De Inglorious Basterds, en mi caso, agradezco, como he dicho, que el/los diversos artificio/s narrativo/s se integre/n en un relato bien estructurado y cohesionado, caracterizado por un protagonismo coral bien concebido y raílado en el meollo de esa historia de venganza –donde, sin ir más lejos, Aldo Raine, el personaje encarnado por Brad Pitt, tiene menos peso que el oficial nazi cazajudíos Hans Landa encarnado por Christophe Waltz o Soshanna, la chica que huyó de la masacre inicial y planea la quema del cine-, y en el que, a diferencia de lo que acontecía en Death Proof, las diversas secuencias dilatadas en crescendos de largos diálogos logran encauzar el relato y no distendirlo (en ese particular, ello no obstante, es donde creo que Tarantino corre el peligro de perder el tono de forma absurda y gratuíta, porque junto a algunos diálogos felices –la comparación entre las ratas y las ardillas en la secuencia de presentación, por ejemplo- hallamos algunos otros que, por ser demasiado forzados, resienten la descripción de los personajes que los reproducen, y, ay, hacen chirriar la maquinaria narrativa). Todo ello tiene que ver, no nos engañemos –Tarantino no ha inventado tantas cosas como sus fans se creen- con un trabajado estudio de personajes como significantes y significados, en una buena descripción y matización de personalidades y motivos. Y en este ítem, a Tarantino hay que aplaudirle su capacidad para balancear lo caricaturesco –los Bastardos encabezados por un Brad Pitt que se parodia a sí mismo durante toda la película, o Hitler y Goebbles, personajes que explotan de forma deliberada el cliché de su insanía (v.gr. el momento en que comparten palco en el cine y el primero se ríe como un loco al atestiguar la matanza de la pantalla mientras el otro llora emocionado por haber recibido una sanción favorable del führer)- con un retrato que cabría tildar hasta de realista, o al menos de dramaturgia clásica, de otros personajes de peso, eminentemente Shosanna, el soldado-actor-héroe condecorado Frederick Zoller (Daniel Brühl) que intenta seducirla, la  también la actriz  Bridget von Hammersmark, o incluso el celebrado personaje de Hans Landa, no por irónico –y al final histriónico- en sus métodos menos aferrado a esa circunspección descriptiva.

 

De la puesta en escena

(SPOILERS) Una buena concreción del relato, un buen perfil de personajes, y, añadámoslo, una buena dirección de actores e interpretación (salvo Pitt, el grueso de actores efectúan un encomiable trabajo, destacando sobremanera a las dos actrices y a Christoph Waltz, que aprovecha bien las muchas prestaciones que sobre el papel ya tenía su personaje) puede alambicar una buena película, pero, para mí, donde Tarantino sobresale es en diversas soluciones narrativas y de puesta en escena, donde su genuidad y su talento se convierten en dignos de admiración. Pienso sin ir más lejos en la secuencia-prólogo, plaenada y resuelta en imágenes con suma astucia, con esos planos acercándose a los rostros de los personajes cuando la tensión de la conversación empieza a elevarse, o la cámara posándose en los pies de Landa cuando abre la puerta fingiendo que se marcha para dejar entrar a los soldados que llevarán a cabo la masacre. Pienso en una secuencia de manufactura tan aparentemente sencilla como sugerente, aquélla que presenta al personaje de Frederick Zoller, desde el suelo departiendo con Shosanna, que está elevada en una escalera cambiando los rótulos de la marquesina del cine. Pienso –y discrepo de muchos- en la larga condensación de la tensión en la extensa secuencia que discurre en la taberna, donde lenta y sabiamente Tarantino activa los mecanismos precisos para crespar la situación para después resolverla de forma súbita y seca. Y pienso en diversos momentos del gran finale de la función: uno, la introducción de lo metanarrativo, en la secuencia en la que Shosanna acaba de disparar a Zoller y contempla al personaje disparando desde su puesto de vigía en la pantalla; otro, por su apabullante belleza plástica (de antología, y no sólo tarantiniana), aquélla en la que, cuando las plateas ya están ardiendo, el humo sirve de pantalla para la imagen que el proyector está reproduciendo, el de Shosanna anunciando su venganza terrible contra los nazis: la fantasmagoría dota a la imagen de las resonancias bíblicas de la devastación como forma de justicia.

http://www.imdb.com/title/tt0361748/

http://www.inglouriousbasterds-movie.com/

http://www.rottentomatoes.com/m/inglourious_basterds/

http://madeinatlantis.com/movies_central/2009/inglorious_basterds.htm

http://www.popmatters.com/pm/feature/109973-remaking-history-an-interview-with-quentin-tarantino/

http://www.mstrmnd.com/log/1394

http://www.gomolo.in/features/article.aspx?ArticleID=202

Todas las imágenes pertenecen a sus autores 

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