SIETE DIAS DE MAYO

Seven Days in May

Director: John Frankenheimer

Guión: Rod Serling, basado en la novela de

Fletcher Knebel y Charles W. Bailey II

Intérpretes: Kirk Douglas, Burt Lancaster, Friedric March, Ava Gardner, Edmond O’Brien, Martin Balsam.

Música: Jerry Goldsmith.

Fotografía: Ellsworth Fredericks

Montaje: Ferris Webster

EEUU. 1963. 114 minutos.

 

Golpe de Estado

La Historia tiene a menudo azares en los que no cabe por menos que invocar la ironía. Seven Days in May fue realizada en 1963, y por tanto su estreno fue coetáneo al magnicidio de Dallas, el asesinato –acaecido en aún turbias circunstancias- del Presidente John Fitzgerald Kennedy. La obra adapta una novela escrita por Fletcher Knebel y Charles W. Bailey II que narra la perpetración de nada menos que un golpe de Estado en los EEUU, promovido por los altos mandos del Ejército con el apoyo de una facción del Congreso que quiere evitar que el Presidente de la nación lleve a cabo sus planes de iniciar la distensión en la Guerra Fría mediante la firma de Tratados recíprocos de desarme nuclear. Aunque desconozco ese sustrato literario, y por tanto su discurso, en su traslación a esta formidable película queda delimitada de forma nítida, diría que ejemplar, la fina línea que en ocasiones sapara una democracia del fascismo, las exigencias de respeto a las reglas del juego contra la exaltación patriótica más visceral que siempre anida sobre los totalitarismos. Y todo ello puesto en un contexto de política-ficción, sí, pero nada hiperbólico ni alejado de la realidad representada. Seven Days in May está perfectamente contextualizado en las crestas más turbulentas de la Guerra Fría, y llega a mencionar textualmente el nombre de algunos de los personajes cuya actitud y métodos denuncia. El más célebre de ellos, el infame senador McCarthy, que llevó a cabo la tristemente célebre caza de brujas, un intento de purga incompatible con la democracia, y sin duda un primer paso en el camino a la erradicación de los valores consagrados en la Constitución de los EEUU. Uno de los principales méritos de Seven Days in May es, como digo, la forma tan diáfana y valiente de articular esa denuncia. Un objetivo narrativo-discursivo que se impone, limpiamente, sobre los –por otro lado magníficamente perfilados- conflictos de los personajes.

 

La mirada implacable

Sin ánimo de exagerar, opino que la puesta en escena de Frankenheimer es una absoluta proeza cinematográfica, que iguala los méritos de la obra con los de los títulos más sobresalientes del cine político norteamericano de todos los tiempos, como puedan ser All the King’s Men de Robert Rossen o Advice & Consent de Otto Preminger. La primera apariencia nos dice que la composición de Frankenheimer tiene algo de caligráfica, por su proverbial economía narrativa, y algo de teatral, sobretodo por el modo como delega el peso narrativo en los actores en las secuencias de diálogo, donde a menudo recurre al plano fijo general o a los convencionales careos. Pero sucede que constante el metraje hay muchos momentos, y son decisivos, en los que no son varios sino un único personaje quien aguanta las riendas del relato (el Coronel Casey, encarnado por Kirk Douglas en primera instancia, después los diversos aliados del Presidente, el senador Ray Clark –encarnado por ese secundario fordiano de lujo que es Edmond O’Brien- y el ayudante Paul Girard –Martin Balsam-). Y en esas ocasiones, que desgranan nada más y nada menos que las iniciales sospechas y ulteriores indagaciones sobre asuntos secretos del Jefe del Estado Mayor (el General James M. Scott, encarnado por Burt Lancaster) –es decir, el meollo de la cuestión-, la cámara de Frankenheimer asume el lugar de la suspicacia, se convierte en la mirada puesta en perspectiva de los personajes (la secuencia en la que Cassey se acerca con el coche al despacho de su jefe y se detiene a espiar el coche que está abandonando el lugar: la cámara recorre, cauta, la distancia de su mirada); ilustra a la perfección cada recelo (el modo en que un lento travelling nos muestra la entrada del Coronel en la estancia en la que acaba de producirse una reunión entre los altos mandos del Ejército, y el plano de detalle sobre aquel papel arrugado cuyo contenido después nos será mostrado porque Cassey lo ha cogido), levanta acta de tantas intuiciones y miedos que luego se materializarán (una de las secuencias más brillantes de la película, aquélla en la que Cassey mira por televisión el discurso que su jefe da ante la Asociación de Veteranos: la cámara se planta frente al televisor para mostrarnos el encendido discurso del senador que presenta a Scott, y acto seguido carea diversos planos que enfrentan las exacerbadas alabanzas del público que la cámara televisiva recoge con la mirada estupefacta de Cassey: el Coronel ya ni siquiera necesita escuchar el speech del General para ver constatados sus miedos, y acto seguido pide audiencia con el Presidente de la nación).

 

Conspiranoia

Y es que Frankenheimer, moviéndose sobre los cartesianos hilos de un guión ejemplar (firmado por Rod Serling –el creador de The Twilight Zone-), captura a la perfección la esencia de la función –en buena medida, avanzadilla en el tiempo de la materia conspiranoica que dejará grandes policiacos en la siguiente década-. ¿Y cómo lo hace? Calculando al milímetro los movimientos de los actores y de la cámara para transmitir, con toda contundencia (y ya desde los primeros compases de la cinta), la inquietud, los malos hados y sobretodo la impotencia de los personajes que, como el espectador, descubren que se halla inmersos en un laberinto en el que todas las maniobras ajenas están demasiado bien calculadas como para dejar un poco de margen, y la consecuente sensación de asfixia que, como Casey, como Clark, como el mismísimo Presidente Jordan Lyman –encarnado por otro nombre de contrastada solvencia: Fredric March-, el espectador que se arroje al visionado de esta intensa película a buen seguro le invadirá.

 

Personalidad

La riqueza sustantiva de la historia y la implacable escenografía de Frankenheimer articulan un más que remarcable relato que machihembra con presteza el relato de política-ficción (y la exposición de los argumentos liberales) con los mimbres del más avezado thriller. El autor de Black Sunday llega a recurrir, en secuencias culminantes de la narración –el espionaje de la reunión secreta que Scott mantiene con sus aliados en la trastienda de un garaje-, a estilemas del noir. El pulso narrativo también se extiende a la sugestiva utilización de los espacios, como atestigua la sensación claustrofóbica que dejan las dependencias del Pentágono, a menudo puestas en contraste, por las idas y venidas del personaje-puente entre el ejecutivo y el poder militar que encarna Casey, con las salas de reunión en la Casa Blanca (de carácter civil, ello enfatizado con la decoración de la estancia de la piscina que vemos al principio del filme). Los mecanismos de relojería que Serling concibe en palabras y Frankenheimer en imágenes pueden equipararse al proceso de pulimento de una escultura geométrica. La resolución, parca y hasta reservada, de los conflictos de los personajes –el adiós de Casey a Eleanor Holbrook (Ava Gardner) o la última aparición de Scott, diciéndole a su chófer que le lleve a casa-, esa ausencia de fáciles subrayados finales, son una buena muestra de la honestidad, entereza y personalidad de esta película.

 http://www.imdb.com/title/tt0058576/

http://uk.rottentomatoes.com/m/seven_days_in_may/

http://www.dvdverdict.com/printer/sevendays.php

http://www.filmaffinity.com/es/reviews/1/586762.html

http://en.wikipedia.org/wiki/Seven_Days_in_May

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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