YUMA

Run of the Arrow

Director: Samuel Fuller

Guión: Samuel Fuller

Intérpretes: Rod Steiger, Ralph Meeker, Sara Montiel, Brian Keith, Jay C. Flippen, Charles Bronson, Olive Carey.

Música: Victor Young y Max Steiner.

Fotografía: Joseph H. Biroc

Montaje: Gene Fowler jr

EEUU. 1956. 86 minutos.

 

Fuller, el western, 1956

La cita de la película en España pasa casi ineludiblemente por la referencia a Sara (“Sarita”, según los créditos) Montiel, pues esta Run of The Arrow fue la segunda de las tres películas que la actriz filmó en Hollywood (tras Veracruz y antes de Serenade); al respecto, debe decirse que su papel es escueto y arquetípico, pero la actriz se presta con corrección (y, por qué no decirlo, luce palmito). Si seguimos tirando de anecdotario, o en este caso de efeméride, también podríamos convenir que 1956 fue un gran año para el western: amén del título de Fuller, Richard Brooks estrenó The Last Hunt, Delmer Daves, Jubal, Jacques Tourneur, Great Day in ther Morning, y, por supuesto, John Ford, una de sus obras-cumbre, The Searchers. Y si centramos los términos sobre el autor de la película, Samuel Fuller, también es pertinente mencionar que nos hallamos ante una de las pocas, sólo tres, aportaciones del cineasta al género por excelencia; en 1949 había dirigido I shot Jesse James, y al año siguiente de la que nos ocupa filmaría 40 guns, una de mis obras predilectas del maestro; en cualquier caso se trata de tres westerns más que notables por muchas razones, y bien diversas entre unos y otros títulos.

 

Con los sioux y contra…

Aquí toca centrarse en esta “carrera de la flecha”, título original que sirve para delimitar  con precisión la fuerte carga simbólica que informa la función de principio a fin. El filme nos narra los avatares vitales de un excombatiente sureño en la Guerra de Secesión, O’Meara (Rod Steiger), quien, tras la finalización de la contienda, corroído por el dolor de la pérdida de seres queridos y por el odio a la causa unionista, abandona su casa –porque forma parte de la Unión- y se adentra en los territorios aún no asignados ni delimitados dentro de la Unión, hacia el occidente norteamericano, hacia el Salvaje Oeste en una definición bastante escrupulosa: las tierras aún inhóspitas para el hombre blanco, moradas por los indios. Por el camino se encuentra con un anciano sioux, Coyote Andante, que había colaborado con el ejército unionista como guía y que, cansado y enfermo, pretende regresar a su casa. Los dos son apresados por los sioux, y condenados a muerte, O’Meara por su condición de blanco/enemigo, y Coyote Andante acusado de traición. Sin embargo, les conceden una gracia: jugar a la “carrera de la flecha”: los indios les dejan huir, aunque desaprovisionados y descalzos, con una ventaja equivalente a la distancia recorrida por una flecha. Coyote Andante muere desfallecido en el momento de ser apresado, pero O’Meara logra un poco más de distancia, por momentos logra evadirse, aunque no tarda en ser igualmente vencido por el desfallecimiento, momento en el que, por intervención decisiva de la providencia fulleriana, es recogido por una joven india, Mocasín Amarillo (la Montiel), quien le guarece. Al haber sobrevivido a la “carrera de la flecha”, los Sioux, en atención a sus propias leyes, le perdonan la vida. O’Meara, que manifiesta su repulsa compartida por “el hombre blanco” (aunque refiriéndose a los súbditos de la Unión), se integra bien y rápido en el seno de la tribu sioux liderada por un hombre justo, Búfalo Azul, e incluso se casa con Mocasín Amarillo. Pero no tarda en aparecer la Caballería de los Estados Unidos, que pretende establecer un fuerte en la zona ante la desconfianza de los sioux, y que, dada la hostilidad entre unos y otros, acabará detonando el conflicto sobre la pertenencia auténtica, irrenunciable, de O’Meara…

 

Visceralidad

Como decía, Fuller se mueve a menudo en parámetros simbólicos. Pero una visión más amplia, y necesaria para desentrañar la esencia de la obra, nos dice que el cineasta –que escribe, como casi siempre y en solitario, el guión, y que produce la película- abraza cierta abstracción expositiva, y ello es así porque le mueven intereses ideológicos y de interpretación de la propia Historia (intereses que, desde ángulos diversos pero la misma febrilidad, había explorado y seguiría explorando en muchos otros títulos, en obras que van de The Crinsom Kimono (1959) a White Dog (1982), pasando por Shock Corridor (1963), por citar algunas de las mejores), y que por la vía de la abstracción y depuración narrativa (a añadirle, claro, la exacerbada temperatura de las imágenes) alcanzan su mejor cauce de efectividad. Aunque estamos en la década de los cincuenta, en el que diversos títulos inician lo que se puede denominar el pago de la deuda histórica con los indios, en el sentido de describirlos como víctimas en lugar de villanos, Run of the Arrow, en cierta medida protagonizada por los sioux, no se entronca directamente en esa corriente, por mucho que la dignificación del pueblo sioux está implícita en los términos del relato. A Fuller le interesa más bien sacar a colación un tema poco canónico del género, al que poco después se prestaría John Ford en The Horse Soldiers, cual es el difícil proceso de cicatrización en la población por los estragos causados (contados en vidas humanas y devastación) en el curso de la Guerra Civil, una guerra fratricida por excelencia. En ese sentido, es muy interesante que el personaje interpretado por Rod Steiger y que le sirve a Fuller para articular su tesis, si bien comparte con el realizador su condición de outsider y su osadía, se halla bien lejos de los parámetros ideológicos que Fuller pretende accionar; o, dicho de otra forma, Fuller no busca un alter ego, sino un personaje al contraste; y Fuller no fomenta discursos, no reclama al espectador que predique con el pensamiento de O’Meara (y de hecho, en el último plano de la película sobreimpresiona un rótulo en el que le traslada al espectador la decisión -¿responsabilidad?- sobre el desenlace de la función); lo único que exige, y lo hace a la perfección en ese diálogo entre O’Meara y su madre en los primeros compases de la cinta, es que comprendamos su odio visceral, sus circunstancias personales, que le han enajenado. De este modo, desde la visceralidad, Fuller logra abrazar lo complejo del escenario histórico que quedó tras el final de la contienda y la muerte de Lincoln.

 

Hijos de la violencia

Pero, en sobreimpresión, por la vía de la plasmación de los conflictos entre personajes cruzados de Norte y Sur (Driscoll y O’Meara, dirimidos por una bala utilizada dos veces) a los que se le suma la intervención de una tercera hostilidad, la de los indios, Fuller está imprimiendo un arrebatador, genial discurso sobre la violencia como eje del desarrollo de la nación de las barras y estrellas. En ese sentido, citar el excelente arranque del filme (ya lo he dicho en otras ocasiones: Fuller es probablemente el director cuyas películas cuentan con los mejores arranques de la Historia del Cine), en el que se muestra el escenario devastado tras el final de la batalla de Appotamox, Virginia, el mismo día de la capitulación de Robert E. Lee a Ulysses Grant. Generales que, por cierto, llegan a aparecer en pantalla, como sucedía en el caso del segundo en el fragmento sobre la Guerra Civil dirigido por John Ford en How the West Was Won, y en condiciones similares, pues O’Meara, como el compañero improvisado de George Peppard en aquella película, apunta con su rifle al alto mando del ejército de la Unión. Así, Run of the Arrow menciona en voz bien alta la posibilidad de cambiar la historia con una sola bala (la que primero hiere, y en condiciones bien diversas, después termina con la vida de Driscoll, la que se considera “última bala de la Guerra” y que “falló”, según la inscripción en ella; o ésa que podría haber terminado con Grant, si O’Meara hubiera disparado, en condiciones de traición similares a las que atañeron al asesino de Lincoln –que, no en vano, se cita en el filme-), incidiendo de esta manera en la fragilidad y falibilidad de un desarrollo histórico impreso con demasiada sangre. La intervención de los sioux, en esta ocasión, como ya anticipaba, no se lee en parámetros de rehabilitación histórica, de enunciar su condición de víctimas. Se trata de un pueblo guerrero bien consciente de la delicada situación en que se halla y del poder de su enemigo, los Estados Unidos, y que por tanto defienden sus territorios y posiciones con uñas y dientes (el espectacular asedio y destrucción del Fuerte como reacción a la modificación de su ubicación). O’Meara aprende la lección de que el idealismo no tiene nada que ver con la pertenencia, y las máculas de la violencia le acompañarán, a buen seguro, hasta el final de sus días.

 http://www.imdb.com/title/tt0050915/

http://movies.nytimes.com/movie/review?res=9405EED91431E63ABC4B53DFBE66838C649EDE

http://www.rottentomatoes.com/m/run_of_the_arrow/

http://www.epinions.com/review/Run_of_the_Arrow_Samuel_Fuller/content_75531456132

http://www.nativeamerican.co.uk/runofthearrow.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores 

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