DON’T LOOK BACK

Don’t Look Back

Director: D. A. Pennebaker

Guión: D. A. Pennebaker.

Productores: Albert Grossman y John Court

Intérpretes: Bob Dylan, Joan Báez, Bob Neuwirth, Albert Grossman, Alan Price, Tito Burns, Donovan.

Montaje: D. A. Pennebaker

EEUU. 1965. 96 minutos.

 

Trabajo de campo

Asumiendo de entrada –cosa que siempre hago con orgullo- mi condición de dylanita, no me resulta tan sencillo desentrañar la trascendencia de este mítico documental en el devenir del Cine en general y experimental en particular, es decir más allá de su condición de crónica de la gira que el bardo de Minnessotta realizó en Inglaterra en 1965. A mí me pasa más bien como a Bob Neuwirth en sus comentarios en off a la película que hallamos como extras en el DVD: pienso que de los talentos, talantes y hasta cierto punto iconoclastias de los dos artistas, Bob Dylan y D. A. Pennebaker, y de la fusión entre dos manifestaciones artísticas distintas pero complementarias, surgió una suerte de sinergia que hizo de esta obra un documento eminente en la codificación de la Cultura en el siglo XX tanto a nivel de continente como de contenido. Sin embargo, para no correr el riesgo de que mi pasión por la música (y letras) del autor de Like a rolling stone le pueda a mi objetividad, recurro a la reflexión y los datos biográficos de Pennebaker y le sitúo en el altar que merece. Nacido en 1925, y considerado hoy como uno de los grandes documentalistas del cine, el realizador se forjó en el cine como técnico, y coadyuvó a desarrollar la tecnología que en esta obra resulta tan revolucionaria y decisiva, un cámara pequeña, portátil, que asimismo pudiera captar con nitidez el sonido ambiental, para así poder realizar trabajos de campo caracterizados, en su hechura en imágenes, por su frescura, por su inmediatez, aunque después en sede de montaje el  autor fuera igualmente capaz de elucubrar discursos cinematográficos tan relevantes como los que atestiguamos los espectadores de esta obra.

 

Dylan, 1965

Lo que Don’t Look Back nos propone es un auténtico inside out de aquella gira más bien relámpago, que recorrió diversas ciudades inglesas en 1965 –ocho conciertos, desde el 30 de abril al 10 de mayo, incluyendo un cierre de dos shows en el Royal Albert Hall de Londres-, gira correspondiente, en el avendavalado progreso artístico de Dylan durante aquella década, a la presentación del primero de sus discos electrificados, Bringing it all back home (1965), obra (maestra absoluta) puente entre la etapa folk inicial y la celebración del rock que explotaría en los consecutivos Highway 61 Revisited (1965) y Blonde on Blonde (1966). Nos hallamos, pues, en la antesala del fundamental cambio de rumbo que se produjo en la carrera de Dylan, y que en su día levantó las iras de propios (los acérrimos de su etapa previa, el movimiento progresista heredero de las claves de Woody Guhrie, con representantes como Pete Seeger, Joan Báez o Peter, Paul & Mary, que le habían encumbrado como el profeta de una generación y no pudieron soportar que Dylan presentara su renuncia) y extraños (aquéllos, tantos, que se frotaron las manos al escribir o leer que Dylan se había vendido al espectáculo pop mainstream, particular sobre el que se extendió de forma brillante No Direction Home, el documental dirigido por Martin Scorsese en 2005). Apenas un mes después, Dylan, en el célebre concierto del Festival de Newport barrió esquemas con su interpretación electrificada de Maggie’s Farm (y después, tras un corto concierto, se despidió con It’s all over now, Baby Blue) y, menos de un año después, llegó el concierto de Manchester, recordado por el “Judas” que un espectador arrojó contra Dylan desde las plateas, concierto que hoy reclama su valor en sede de los anales de la música (v.gr. John Harris, de la prestigiosa revista Mojo, escribió “Manchester, más que cualquier otro lugar, fue el sitio donde el 17 de mayo de 1966 nació lo que conocemos como música Rock –más cerebral que el simple pop, más ingeniosa que el rock’n’roll y que reivindica una mayor relevancia contemporánea que cualquier otra forma musical”). Pero por si la ebullición de ese escenario histórico no era suficiente, añadamos un pequeño detalle: en 1964 se desató la beatlemanía, y Dylan empezó a ser comparado con el que hoy es el grupo más célebre de la historia: cubrir la gira de Dylan precisamente en el lugar de nacimiento de ese grupo alentó esas comparaciones, y el filme no evita algunas referencias al particular ciertamente interesantes.

 

Bringing it all to England

Por un lado, Don’t Look Back ofrece un mosaico, en el que hay un principio (el aterrizaje en Londres) y un final (la partida en coche tras el último concierto), esto es cronológico, pero que pudiera no serlo, porque esa cronología importa menos que las diversas set-pieces individualmente consideradas, que muestran los aspectos más relevantes de una gira desde lo que podríamos llamar su background panorámico: junto a fragmentos diversos de las piezas interpretadas por Dylan –la mayoría de ellas filmadas con ese primer plano lateral icónico, en el que el rostro blanquecino de Dylan se contrasta con un fondo negro-, hay profusión de secuencias que se ubican en la semiintimidad del backstage o en los hoteles, en las que vemos cómo Dylan escribe o ensaya al piano o con la guitarra, vemos como departe con amigos o fans, o con periodistas de diverso pelaje (desde esa entrevista imposible con un estudiante de ciencias que hace de improvisado reporter para una revista local, a los representantes de los mass-media británicos, pasando  por un entrevistador de la corresponsalía africana de la BBC –que a Pennebaker le sirve para introducir el único flashback del filme, un fragmento de la interpretación de Only a pawn in their game en el concierto de 1963 en sede del Voters’ Registration Rally en Greenwood, Mississippi-), e incluso hay algunas secuencias en las que se detalla el funcionamiento de la maquinaria económica, cuando vemos al manager de Dylan, Albert Grossman, negociando con un promotor de conciertos condiciones económicas de exclusivas televisivas. A menudo, a modo de transiciones, la cámara de Pennebaker filma desde el interior del coche donde viaja el artista y filma los paisajes cambiantes que deja la velocidad: se levanta así acta del esencial concepto que define los artistas y bandas (no sólo de rock), su (¿voluntario?) desarraigo inherente al continuo tránsito, conjugado con la búsqueda, interminable como la carretera, que define la creación artística.

 

Personalidad

Pero todo ese retrato, claro, se singulariza sobre la marcada, a menudo imprevisible, a menudo huidiza, apasionante personalidad de Bob Dylan (ya desde un prólogo, asimilable a lo que hoy entendemos por videoclip de Subterranean Homesick Blues, otro instante que ha quedado para las antologías, con la cámara fija en un callejón donde en el lado derecho vemos a Dylan mostrando carteles con palabras de la canción, mientras a la izquierda, algo más alejado, vemos al mismísismo Allen Ginsberg departir con otro tipo). Las disquisiciones que, de todos esos fragmentos vivos, quepa extraer sobre esa personalidad del autor de Visions of Johanna –que en el momento de filmación de la película tenía 24 años- son profusas y admiten tantas interpretaciones como las que, de forma innumerable, han venido tratando de, en definición de Christopher Ricks, “desentrañar la maraña” de la actitud ante la vida (y proyección en su arte) de Dylan. Sin embargo, uno puede y debe buscar pistas de la visión particular que nos ocupa, la de Pennebaker, y éstas se hallan diseminadas en las elecciones, nada triviales, de los gestos y las palabras de Dylan escogidas por el montaje, en la plasmación concreta de su forma de relacionarse con sus amigos y con la prensa, o de su (inamovible) conducta en el escenario. Por un lado, a uno le queda claro esa condición de trobador de Dylan, que se limita a ofrecer su arte al público, y no se implica en la comunión con éste, del mismo modo que no quiere hacer distinciones entre audiencias (como una vez dijo Bono, “toca igual ante el Papa que ante los asistentes a un concierto de inauguración de un casino en Las Vegas”), porque sabe (o al menos es de la opinión) que cada uno es libre de aprehender ese arte según su propia sensibilidad. Por otro lado, traigo a colación la elección del título de la obra, que, contrariamente a lo que muchos creen, no proviene de la canción de Dylan She Belongs to me (“She’s got everything she needs, she’s an artist, she don’t look back”), antes bien del título de una obra de Satchel Paige, que Pennebaker utiliza para formular una consideración que se mide en parámetros casi contraculturales, testimonio de un tiempo y una ebullición ideológica que caracterizó a una generación: la de ser consciente que la maquinaria industrial, y por extensión la vorágine de los mecanismos esgrimidos por la cultura de masas y la sociedad de consumo, siempre persigue al artista, en el sentido de condicionarlo, de poner en peligro su identidad, su integridad, su talento. Ante ello, Dylan siempre tiene que huir hacia delante para no ser cazado, y ni siquiera puede permitirse el lujo de “mirar atrás”. Interpretar las declaraciones de Dylan (y todo lo demás, si se quiere) a la luz de esa perspectiva ayuda a hallar las vías de reflexión que anidan bajo esa superficie entre altanera e irónica, bajo tantas maniobras verbales de distracción.

 http://www.imdb.com/title/tt0061589/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19680321/REVIEWS/803210301/1023

http://www.sfgate.com/cgi-bin/article.cgi?f=/e/a/1998/02/13/WEEKEND2248.dtl

http://documentary-review.com/review/29746/don-t-look-back

http://www.thehousenextdooronline.com/2008/02/divided-and-divisive-dont-look-back.html

http://seul-le-cinema.blogspot.com/2009/09/dont-look-back.html

http://thefilmchair.com/reviews/dontlookback.html

http://www.brightlightsfilm.com/33/bobdylan.html

http://www.eyeforfilm.co.uk/reviews.php?film_id=13348

http://www.dvdbeaver.com/film/Reviews/Don’t%20Look%20Back-final.htm

Todas las imágenes pertenecen a sus autores 

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