CROMOSOMA 3

The Brood

Director: David Cronenberg.

Guión: David Cronenberg

Intérpretes: Oliver Reed, Samantha Eggar, Art Hindle, Cindy Hings, Henry Beckman, Nuala Fitzgerald.

Música: Howard Shore.

Fotografía: Mark Irwin

Montaje: Allan Collins

Canadá. 1979. 92 minutos.

 

Eslabón a recuperar

Forjado en el medio catódico de su país de origen, Canadá, pero donde se le dejó dar rienda suelta a su independencia y avidez expresiva, David Cronenberg inició su singladura cinematográfica con Shrivers (1975) y Rabid (1977), dos piezas hoy consideradas de culto, cuyos relatos -marcados por epidemias venéreas- servían para proponer originales y mórbidas variaciones de, respectivamente, la suplantación de la personalidad y el mito vampírico, con formas visuales de ponencia más que osada y regusto gore. En 1981 le llegaría el primer reconocimiento internacional con Scanners, un relato de suspense para un trasfondo reflexivo sobre la telepatía. Pero antes realizó la obra que nos ocupa, Cromosoma 3, filme en el que, de hecho, Cronenberg ya pudo contar con más medios (remarcable es la presencia de dos actores de renombre, Oliver Reed y Samantha Eggar –que además ofrecen, en sus diversos careos íntimos, un magnífico recital interpretativo-; además, es la primera película en la que Howard Shore colaboró con el realizador), y que, poco a poco, va reclamando su trascendencia tanto en el devenir del imaginario de Cronenberg (y las tan traídas y llevadas teorías de la Nueva Carne) como del Cine Fantástico en general (sin ir más lejos, David J.Skal, en su magnífico tratado Monster Show: Una historia cultural del horror, la compara con la coetánea Alien de Ridley Scott).

 

Traumas familiares

Dicen que Cromosoma 3 es un filme de tintes autobiográficos, pues Cronenberg se hallaba en pleno proceso de divorcio durante la escritura y ulterior dirección de la película. El propio Cronenberg ha manifestado que proyectó esa agria experiencia en buena parte del meollo temático y argumental del filme, y es evidente que, bajo su –tan hiperbólica y salvaje como aguda y penetrante- síntesis fantástica –a la que después nos referiremos-, el filme plantea severas, bien pesimistas, meditaciones sobre las enquistadas relaciones familiares. Pero no se trata sólo de esas meditaciones propuestas por la vía alegórica, sino también por la propia textualidad. El filme empieza con lo que se nos antoja como una representación teatral, y que después descubriremos que es una sesión de psiquiatría (“psicoplásmica”) impartida por el doctor Hal Raglan (Reed), pero en cualquier caso su sustancia es el enfrentamiento entre un padre y su hijo, que se pretende catárquico. De ahí pasamos a conocer el protagonista, Frank Carveth (Art Hindle), que recoge a su hija pequeña, Candice (Cindy Hings), y se la lleva a casa. Frank está divorciado de Nola (Eggar), y ambos comparten la custodia de la niña. Frank ha tenido que ir a las dependencias del Dr. Raglan a recoger a su hija porque Nola reside con el psiquiatra, quien le está sometiendo a un proceso de tratamiento psiquiátrico. Frank descubre en la espalda de su hija rastros de rasguños, y sospecha de su ex-mujer, amenazando a Raglan (que media entre ellos, porque no le deja ver a Nola) con un procedimiento judicial para quitarle la custodia. En el devenir narrativo, Frank contactará primero con Julianna, la madre de Nola, y después con Barton, su padre, y en los dos encuentros, los dos progenitores de la chica hablan de las enquistadas relaciones familiares, ambos maculados por el mismo pasado traumático (que les concierne como pareja y padres al igual que concierne a Nola como hija). Como digo, el texto se incardina, continuamente, bajo los parámetros de esa dolorosa introspección en los espacios hostiles, traumáticos, del pasado familiar (y cuando no son Frank, Nola, o los padres de éste, quienes hablan, lo hacen los psiquiatras: Raglan suplantando a los padres de Nola en las sesiones psiquiátricas, o un psiquiatra de la policía que ha explorado a la niña Candice). Pero la cámara de Cronenberg, bajo la apariencia de esa funcionalidad narrativa que se le suele asignar, no hace otra cosa que inspeccionar esos turbios sentimientos. Atiéndase al modo más bien ambiguo en el que filma el rostro de la niña, caracterizada con la imagen más virginal de la inocencia –la melena rubia, el flequillo que cubre su frente, el vestido de muñeca…-, pero descrita como una personita ya atormentada, cuyos silencios y expresiones neutras esconden el cultivo de esa herencia traumática. Atiéndase a la secuencia del aeropuerto, donde Frank y su hija recogen a Barton, y Cronenberg propone encuadres (frontal y trasero de los tres, primeros planos de cada personaje) que, por un lado los aislan, y por otro subrayan las alusiones dialogadas. Atiéndase sobretodo a la circunspección narrativa en la secuencia de la otra abuela de la niña, Julianna, que se inicia con un primer plano de unas fotos en blanco y negro –de cuando Julianna era joven y Nola tenía la edad de Candice- que la niña contempla, mientras en segundo plano vemos a su padre y abuela materna conversando, alternancia que se va repitiendo mientras vemos a Julianna hablar dramáticamente del pasado mientras consume alcohol, la estancia con poca luz desprendiendo esa frialdad tonal tan cara a los propósitos de Cronenberg.

 

La Camada

Quien haya leído hasta aquí echará de menos el comentario recurrente en las reseñas de la película: que tiene secuencias muy sanguinarias y desagradables, tanto que requiere estómagos fuertes. Es cierto que hay imágenes perturbadoras, marca de estilo del autor –la más llamativa durante años, hasta Dead Ringers, por lo menos- que, y eso es lo fundamental, implica al espectador de forma más que intelectual, visceral, en sus complejos aparatos narrativos simbólico-metafísicos. Esto es, esa violencia no tiene nada de gratuita, y cada una de esas secuencias sanguinolentas tiene un pleno sentido, una imbricación en la trama y en el discurso. Sí que he mencionado la técnica psiquiátrica del Dr. Raglan, la psicoplasmia, una terapia que canaliza los trastornos mentales mediante reacciones físicas, erupciones en la piel, eccemas, sarpullidos…, que surgen a modo de catarsis. En el caso de Nola, la más prometedora paciente –o más bien conejillo de indias, o, como la llama otro paciente, “la abeja madre”- de Raglan, la terapia llega a una nueva e inaudita dimensión, que no es otra que la definida en el título original del filme, “la camada” (The Brood): Nola engendra unos pequeños seres, con apariencia de niños monstruosos, asexuados, cuyo cometido no es otro que el de aniquilar a aquellas personas por las que Nola siente aversión. Primero, en lógico y terrorífico sentido, atacan a los padres de la mujer. Más tarde, Nola desata su hostilidad contra una profesora de Candice, Ruth, porque cree –erróneamente- que ésta es la nueva novia de su ex–esposo: poco después, se produce la reacción: dos de esos pequeños engendros asesinan a la profesora, de forma salvaje, delante de sus alumnos… (secuencia que, por cierto, termina con un plano antológico: aquél en el que Frank, para evitar a los niños la visión del rostro ensangrentado de la profesora, cubre ese rostro con un dibujo hecho por un niño). El planteamiento cronenbergiano, tan aberrante como acostumbra, como el potencial de la psique humana, salta, de las alteraciones anatómicas, al engendro de una nueva forma, no de vida –pues está regida psicológicamente por la matriz-, que lleva a la literalidad, a la realidad, las obsesiones y deseos más recónditos de una mente traumatizada por el odio y el rencor. En el formidable clímax de la función, Cronenberg funde todos los conceptos narrativos mediante dos secuencias cruzadas: una en la que Frank asiste, atónito, a la revelación del secreto anatómico de Nola, y otra en la que, al mismo tiempo, el Doctor Raglan intenta rescatar a la niña que los hijos de Nola tienen retenida en su estancia. Con la clarividencia del mejor escritor y de avezado storyteller, Cronenberg plantea un solo desarrollo para las dos secuencias, consciente de que Nola y los niños son la misma identidad, y, por tanto, la progresión debe ser única (magníficamente ilustrado en cada encadenado; v.gr. plano en el que vemos a Raglan inspeccionar cautelosamente las dependencias oscuras y, de súbito, darse la vuelta, momento en que por corte se enfoca a Frank en la dirección de la mirada del doctor: Raglan, que hasta entonces lo controlaba todo, ahora depende absolutamente de lo que Frank pueda hacer y decir para mitigar la rabia de Nola… le va la vida en ello).

 

Significados

Las interpretaciones sobre la temática del filme (y su abordaje del mismo) pueden extenderse de modos muy variados. Yo me he limitado a referir el pesimismo de Cronenberg en su mirada a lo complejos que resultan los nudos familiares y lo nocivo de ciertos lazos o implicaciones afectivas (o, si lo prefieren, los horrores que yacen bajo la plácida apariencia –y el peso cultural/económico- de un seno familiar). En cualquier caso, Cronenberg no nos deja indiferentes. Bien al contrario. Desde un foro del todo humilde –el que caracterizaba sus producciones por aquellos tiempos, y que, en cierto modo, alcanza a la actualidad, pues las historias del autor de Spider, lógica y tristemente, por ende despiertan las alergias de la maquinaria industrial-, el cineasta explora de un modo muy particular, indómito, implacable y brillante items universales imbricados en lo psicológico y/o en lo metafísico. Desde su trinchera, y tan callando, va desplegando una (eminente) casta al entramado artístico del Cine Fantástico contemporáneo.

 http://www.imdb.com/title/tt0078908/

http://billsmovieemporium.wordpress.com/2009/05/04/review-the-brood-uncut-1979/

http://cinemafantastique.net/film1228,Chromosome-3.html

http://classic-horror.com/reviews/brood_1979

http://horrortalk.com/reviews/Brood/TheBrood.htm

Todas las imágenes pertenecen a sus autores 

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