NO ERAN IMPRESCINDIBLES

They Were Expendable

Director: John Ford.

Guión: Frank W. Wead, basado en la

novela de William L. White

Intérpretes: John Wayne, Robert Montgomery, Donna Reed, Jack Holt, Ward Bond, Marshall Thompson.

Música: Herbert Stothart.

Fotografía: Joseph H. August

Montaje: Frank E. Hull y Douglas Biggs

EEUU. 1945. 136 minutos.

Imprescindible

Aunque no se cuenta entre las más célebres de John Ford, They were expendable sí que suele contarse entre las obras más reivindicadas del cineasta por la crítica, probablemente porque en ella se encuentran, diáfanas, buena parte de las claves de su cine proyectadas sobre uno de los temas por excelencia de su filmografía, la guerra. Ford se aplicó al cine bélico ya en el periodo mudo –caso de Cuatro hijos-, refirió lo castrense tanto en el contexto del western como del americana –de Drums along the Mowawk a The Horse Soldiers, pasando por la Trilogía de la Caballería, entre otras-, realizó filmes bélicos sobre la Gran Guerra –la denominada trilogía de los submarinos, compuesta por Men without Women, Seas Beneath y Submarine Patrol, o What price glory-, y, en otro orden sin abandonar lo fílmico, entre 1941 y 1944 fue contratado como documentalista de guerra y cubrió algunos episodios de la Guerra del Pacífico in situ. Precisamente They were expendable, realizada en 1945, puede verse como una tesis por la vía del largometraje de ficción de las impresiones que Ford recogió durante la Segunda Guerra Mundial (donde filmó, entre otros episodios, la Batalla de Midway y el Desembarco de Normandía). Por ello, dentro del seno biográfico de Ford, se trata de una obra tan apasionante como decisiva.

Hombres en la Guerra

Al hilo de lo expuesto, no está de más comentar la génesis de la película. Al parecer, el ejército ordenó a Ford (bajo su mando, pues era Capitán en la Reserva Naval) que preparara un documental sobre las lanchas torpederas de la Armada, y el realizador presionó a sus superiores, con éxito, para convertir el documental en un largo de ficción, apoyándose para la ocasión en una novela de William L. White. La película, en cuyo prólogo se referencia el ataque de Pearl Harbor, nos sitúa a principios de 1942, en el contexto de la defensa de las islas filipinas de la invasión nipona (que se saldó con derrota para los aliados), concretamente en la península de Bataan y Corregidor. A pesar de que los personajes encarnados por Robert Montgomery (el Comandante Brickley, al mando del escuadrón de torpederos), John Wayne (teniente “Rusty” Ryan) y Donna Reed (la enfermera Davyss) llevan el hilo conductor del relato, éste se caracteriza más bien por su coralidad. Una coralidad requerida por las intenciones radiográficas de Ford, que, sirviéndose de los conflictos dramáticos que atañen a esos protagonistas pero también de un largo anecdotario de secuencias protagonizadas por otros soldados, va cimentando una mirada de perfil y vocación realista, que pretende, por un lado, desnudar la carga épica en el retrato de una cotidianeidad (ítem en el que el filme puede equipararse mucho a The Naked & the Dead, la célebre primera novela de Norman Mailer), y por otro, rendir homenaje –un homenaje que ya se presenta en los rótulos que acompañan los créditos, donde se cita una frase elegíaca del General McArthur dedicada a los caídos en el frente- al coraje, el honor, el mérito y patriotismo de los soldados norteamericanos (donde, definitivamente, Ford se distancia de Mailer por idénticas razones a sus diferencias ideológicas y a la distancia entre sus estilos).

Razones humanistas

Éste último ítem, el de la honorabilidad de los soldados (entre tantos otros sacados de otras obras), dio lugar a los varapalos que la crítica europea durante tantos años le dedicó al realizador de The Grapes of Wrath por las razones ideológicas o políticas supuestamente esgrimidas en su cine. Bien. Que Ford era un patriota es algo fuera de toda duda. Cuál era en Ford el contenido de esa palabra, su patriotismo, es algo realmente complejo de dilucidar, y que puede enfrentar tantas posturas como interpretaciones posibles admiten las últimas secuencias de Fort Apache. Sin entrar en esas apreciaciones, y desde la mayor humildad, sí que debe considerarse que Ford era, ante todo, un profundo humanista, lo que se asevera en el enfoque concreto que el realizador lleva a cabo de la guerra aquí como en tantas otras obras (donde las secuencias bélicas son mucho menos relevantes que el día a día de los soldados, y el enemigo –sea japonés, sea indio- es apenas visible) así como en el tono decididamente melancólico que, al principio latente, y luego desatado, va impregnando la temperatura de las imágenes de la película.

De lo patriótico

De They were expendable se pueden rememorar las secuencias de enfrentamiento naval (sobretodo la última, larga, intensa, vibrante, magníficamente realizada), pero uno más bien retiene el conflicto entre los intereses particulares y las necesidades del ejército (un conflicto que las cuestiones individuales tienen perdido de antemano, aceptado de forma tan humilde y callada como Brickley acepta las órdenes o como “Rusty”, al final del filme, permanece en el avión que le llevará de vuelta a los EEUU). Uno más bien retiene la algaraza y el buen humor de los soldados como fórmula para mantenerse lo más indemnes posible en un contexto tan hostil. Uno retiene los mal pertrechados soldados, los rostros sin afeitar, los vestuarios casi hechos jirones, o los escenarios desolados tras la violencia, los puestos desguarnecidos (como esa iglesia improvisada que carece de cura, porque cayó bajo el fuego, y donde Rusty debe improvisar un panegírico para sus amigos muertos en el ataque). Uno retiene sobretodo pasajes concretos como el que transcurre en el hospital de campaña en el que Rusty se está recuperando de una herida (la secuencia, portentosa, que nos muestra como los cirujanos intentan operar a un soldado que tiene metralla en el estómago mientras se escucha la llegada de aviones enemigos, la luz parpadea, los enfermos se horrorizan…), el baile en el que Rusty y la enfermera Davyss fraguan su relación (planos en la quieta penumbra, en un porche que ella identifica con el hogar que añora), la secuencia en la que diversos soldados visitan a un herido (tanto los unos como el otro bromean para no revelar lo que todos saben, que el soldado va a morir pronto), o detalles tan elocuentes como el vaso de leche que un soldado barbilampiño engulle en el cierre de la secuencia-prólogo (la imagen de una inocencia presta a ser maculada o destruida bajo el fuego). Ésa es la clarividencia del realizador de The Searchers, la de raílar los grandes temas que maneja bajo la sencillez expositiva, sirviéndose de cuán expresivas puedan resultar las opciones de un encuadre o las propiedades tonales, atmosféricas del (elaboradísimo) trabajo con la luz. Las agrias impresiones que deja en la retina un filme como They were expendable, interpretadas a la luz del momento de su estreno (justo cuando los EEUU celebraban por todo lo alto su victoria en la Guerra), quizá nos ayuden a llenar un poco ese vacío referido al contenido o clase de patriotismo del que hacía gala el director de Cheyenne Autumn. Quien, por cierto, percibió por su trabajo en la película unos emolumentos de 225.000 dólares, que destinó íntegramente a la construcción de una residencia para veteranos de guerra.

http://www.imdb.com/title/tt0038160/

http://history.sandiego.edu/gen/filmnotes/They_Were_Expendable.html

http://www.rottentomatoes.com/m/they_were_expendable/

http://billsmovieemporium.wordpress.com/2009/01/20/review-they-were-expendable-1945/

http://www.monstersandcritics.com/dvd/reviews/article_1173165.php

http://www.thestopbutton.com/2009/02/10/they-were-expendable-1945/

http://san.beck.org/MM/1945/TheyWereExpendable.html

http://filmsgraded.com/reviews/2006/02/theywe.htm

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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