PASIÓN DE LOS FUERTES

My Darling Clementine

Director: John Ford.

Guión: Samuel G. Engel y Winston Miller,

 basado en el libro de Stuart N. Lake

Intérpretes: Henry Fonda, Victor Mature, Cathy Downs, Linda Darnell, Walter Brennan, Tim Holt, Ward Bond.

Música: Cyril Mockridge.

Fotografía: Joseph McDonald

Montaje: Dorothy Spencer

EEUU. 1946. 107 minutos.

 

Mitos

        John Ford conoció a Wyatt Earp en persona. Es un dato, creo, ciertamente interesante. Y no sólo a título anecdótico. Nos recuerda cuán joven era hace un siglo la nación americana, cómo se precipitó hacia ella, en muchos sentidos, el progreso. Un cineasta, que con sus películas coadyuvó a construir (y después, a destruir en parte) el mito del wild west, llegó a conocer a uno de los personajes emblemáticos que fueron elegidos/utilizados para representar/denominar ese mito. Y también nos habla, sin estar reñido con el mito, de la autenticidad con la que Ford pudo llegar a representar los viejos escenarios de la conquista del territorio inexplorado al oeste de las fronteras de la joven nación. Sí, Ford rodó en unas llanuras –Monument Valley- en las que aún quedaban reductos de tribus indias, y conoció a tipos como Wyatt Earp. Earp tuvo una existencia más longeva de lo habitual en esos tiempos (nació en 1848 y murió en 1929). Fue jugador, cazador y, por supuesto, sheriff en Wichita, Dodge City y Tombstone. El 26 de octubre de 1881 aconteció realmente el duelo en OK Corral. Ello sin embargo, los historiadores nos dicen que su existencia no fue tan elevada como nos dicen sus hagiógrafos, y que su existencia también tenía rincones oscuros. Quizá algún día llegará en el que algún realizador realizará una tarea desmitificadora semejante a la que emprendió Andrew Dominik con el forajido más célebre del oeste en The Assassination of Jesse James by the coward Robert Ford (2007). Tampoco importa demasiado, al menos a la hora de afrontar la crítica de los tantísimos westerns que han ilustrado, como han querido, su historia, y en particular, la obra que nos ocupa, My Darling Clementine (que, dicho sea de paso, es el primer título emblemático de los muchos que visitaron al personaje).

 

Ford, 1946

        Ford dirigió la película en 1946, su primer western tras Stagecoach, rodada en 1939. En el ínterin, ubicamos el periodo mal llamado de “los filmes de prestigio” de Ford, las adaptaciones de las obras de John Steinbeck (The Grapes of Wrath, 1949), Eugene O’Neil (The Long Voyage Home, 1940), Erskine Caldwell (Tobacco Road, 1941), y Richard Llewellyn (How Green It was my Valley, 1941). Pero, por otra parte, hay que decir que esa laguna de siete años entre Stagecoach y My Darling Clementine es a la vez coincidente con los años de la Segunda Guerra Mundial: no olvidemos la trayectoria de Ford como documentalista en aquel conflicto bélico: entre 1941 y 1944 estuvo en diversos frentes, llegando a filmar en persona la batalla de Midway y el desembarco de Normandía. En cualquier caso, a uno le da que pensar diversas cosas: una, que Ford tenía ganas de regresar al género; dos, que la influencia del bagaje aprendido en la traslación en imágenes de grandes obras literarias podía hacerse sentir; y, tres, que, más que la influencia, la mella de los horrores de la guerra debían de estar incrustados en el ánimo del cineasta y en su modo de proyectar sus inquietudes y temas (algo, por lo demás, bien plausible en el filme inmediatamente anterior al que nos ocupa, el excelente bélico They were Expendable, 1945). Todo ello en realidad aflora de un modo u otro en My Darling Clementine, película que en muchos sentidos puede calibrarse como un antecedente no tan indirecto de los postulados referidos al conflicto entre civilización y barbarie que contienen la tesis de The Man who Shot Liberty Valance (1962), si bien aquí aún resultan precalaras las anotaciones arraigadas al espíritu rooseveltiano que afloraron en la Depression de los años treinta y que ensalzaron la nobleza de la nación norteamericana en su participación en la Guerra Mundial como garante de la justicia y de la libertad en un mundo azotado por los totalitarismos. Los años, cierto es, modifican perspectivas, pero creo que no está demás tener en mente todas estas razones cuando uno afronta el visionado de My Darling Clementine.

 

Ser o no ser

        En España recibió uno de los dos títulos de Ford que han quedado en las antologías de la traducción por su extrañez, quizá por su inspiración, por su carga francamente sugestiva (junto a, por supuesto, Centauros del desierto). En el título Pasión de los Fuertes, queda claro que los fuertes son Earp (Henry Fonda) y Doc Holliday (Victor Mature), y su pasión, la Clementine que aparece en título original (a su vez extraído de la canción central del filme), personaje en realidad secundario pero que en buena medida cataliza el curso de los acontecimientos y es de todo punto decisivo a nivel simbólico. Y es que el simbolismo y la lírica tienen en esta obra gran preponderancia. El entramado dramático es especialmente intenso, y nunca cabe cuadricularse en el mero enfrentamiento entre los hermanos Earp y los hermanos Clanton –cuya solución se dirime en el duelo en OK Corral que sirve de clímax a la función-, simple punta de lanza argumental, pero no temática de la película. En ese meollo temático incide más bien el  personaje de Holiday, en realidad tan importante como el del propio Wyatt Earp, actuando uno como contrapunto del otro, pero también como complemento; y, siguiendo idéntica coda, centrándonos en los personajes femeninos, también es relevante la corista mexicana Chihuahua, versión corrompida del ideal amoroso que para Doc –y para Earp- representa Clementine Carter. Pero es que en My Darling Clementine también tiene una importancia decisiva el escenario, Tombstone, esa ciudad que en los primeros compases del filme vemos en panorámica, esa ciudad en medio del desierto, en la que los hermanos Earp sólo pensaban detenerse para afeitarse antes de seguir su camino hacia el sur, pero donde en cambio –tras el asesinato de su hermano menor- se quedarán durante un tiempo, no tanto para vengar la muerte del joven asesinado cuanto para tratar de fomentar y defender los valores de la civilización. Clementine, una joven educada que llega de Boston, Massachussets, representa a la perfección ese ideal de la civilización. Los hermanos Carter, tratantes de ganado sin escrúpulos, representan a la perfección la barbarie. Pero Earp tiene un pie en cada mundo, y aboga por la necesidad de instaurar lo primero. Y exactamente lo contrario sucede con Holiday, antaño cirujano de prestigio (entendemos, por la relación que mantuvo con Clementine, en Massachussets), que ahora, por culpa de su enfermedad (es tuberculoso), ha perdido los asideros espirituales, renuncia a su amor ideal y afronta el abismo (todo ello, excepcionalmente plasmado en la secuencia en la que ayuda al actor borracho a terminar el recitado del célebre “ser o no ser” de Hamlet: cuando el actor no recuerda la continuación, sí lo hace con perfecta y sugestiva declinación el personaje encarnado por Mature: Ford filma el humo del local interponiéndose entre el personaje y la cámara, Holiday recita la elucidación, tan desconsolada, de Shakespeare sobre las incógnitas de lo que vendrá después de la muerte como único freno a un suicidio que es del todo lícito desear atendiendo a los horrores que pueblan la existencia del hombre).

 

Earp en la frontera

        My Darling Clementine empieza en plena noche, en pleno desierto; unos ganaderos discuten con otros que pretenden comprarles las reses, y no alcanzan un acuerdo; acto seguido (y por elipsis), los que se pretendiían compradores acudirán a la violencia, además alevosa, para obtener la mercancía; la película empieza entre las luces, sombras y humos de la fiebre nocturna en las calles, donde los tres hermanos que pretenden afeitarse se ven interrumpidos de súbito por unos disparos, que corresponden al revólver de un indio borracho y enloquecido que, como parece regla habitual, causa ese tipo de estragos hasta que cae desfallecido. El filme termina en el extremo opuesto, a plena luz del día, en la calle principal de Tombstone, y cuando Earp ya ha apuntalado ciertos cimientos para la pervivencia no de la ciudad, sino de la civilización en ella; pero cabría anotar, en consideración a la formidable carga poética del filme (cuya majestuosa condensación en imágenes parte de un soberbio tratado sobre el claroscuro, el que informa el completo metraje), que el filme alcanza más bien su culminación en una escena determinada que discurre a medio metraje, aquélla en la que Earp (un Fonda sencillamente superior; he tardado demasiado en decirlo) reproduce su pose habitual de vigía desde el porche del hotel en el que reside -haciendo equilibrio y balanceándose con un pie apoyado en una columna-, y se encuentra con Clementine, quien, en lugar de marcharse del pueblo tal y como su antiguo novio le había pedido, le pide al sheriff que la acompañe a una misa de campaña que se celebra en la iglesia aún en construcción, en la que –según el párroco anota: no contraviniendo ninguna disposición de la Biblia- los feligreses, la entera comunidad de Tombstone, celebra el rito por la vía de la alegría y el desenfado propios de un baile. Amén de ser el único instante en el que la entelequia amorosa de Earp se materializa –al bailar con Clementine-, en ese preciso, mágico instante, puede decirse que Earp vive en la materialización del ideal de civilización que promueve, y al que, en definitiva, en una idea muy melancólica bien matizada por la flemática composición del actor, Earp no puede nunca acceder, pues su misión en la vida es la de permanecer en la frontera.

 

Violencia

        En el filme, conviviendo con determinados tratamientos cómicos de personajes y de situaciones (constante en la filmografía de Ford –quien, por cierto, en una de sus geniales declaraciones mediáticas manifestó un día que él era, en realidad, un director de comedias, aunque nadie le ofrecía a realizar ninguna comedia-), tenemos un par de momentos de acción pura (amén del citado clímax en el Corral OK, la vibrante secuencia de la persecución a caballo por parte del sheriff del carromato conducido a toda velocidad por Holiday), y, algo más bien inusual en la filmografía de Ford, dos secuencias de violencia descarnada. Una de ellas, aquélla en la que el hermano mediano de Earp acude a la morada de los Clanton en busca de Billy, y el páter (Walter Brenan, bien alejado de sus jocosas composiciones), le asesina a sangre fría; otra, previa, que acaece en el cierre de la ya citada secuencia del recitado de Shakespeare; Earp se lleva consigo al actor que estaba siendo retenido por los hermanos Clanton, respondiendo con contundencia al intento de coacción por parte de aquéllos, y el padre, al aparecer y ver la secuencia, pide disculpas a Earp, y cuando éste se marcha, apaliza a sus hijos con un látigo, reprochándoles que “cuando se saca el revólver, hay que matar”. Al igual que antes mencionábamos el ideal de la civilización y la vida comunitaria a que aspira Tombstone, Ford no rehuye, como decía, describir los descarnados, atávicos, mecanismos de la barbarie y la violencia.

 http://www.imdb.com/title/tt0038762/

http://www.filmsite.org/myda.html

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19971026/REVIEWS08/401010309/1023

http://billsmovieemporium.wordpress.com/2009/01/26/review-my-darling-clementine-1946/

http://filmsgraded.com/reviews/2009/05/mydarl.htm

http://www.dvdbeaver.com/film/DVDCompare/mydarlingclementine.htm

http://www.dvdverdict.com/reviews/mydarlingclementine.php

http://homepages.sover.net/~ozus/mydarlingclementine.htm

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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