RIO GRANDE

Rio Grande

Director: John Ford.

Guión: James Kevin McGuiness, basado en el relato

 de James Warner Bellah

Intérpretes: John Wayne, Maureen O’Hara, Ben Johnson, Claude Jarman jr, Harry Carey jr, Victor McLaglen.

Música: Victor Young.

Fotografía: Bert Glennon

Montaje: Jack Murray

EEUU. 1950. 105 minutos.

 

York-Brittles-York(e)

        El personaje encarnado por John Wayne en Fort Apache, inicio de la trilogía de la caballería de John Ford, tiene rango de Capitán, y se llama Kirby York; el que encarna en Rio Grande, conclusión de la trilogía, es Coronel, y se llama Kirby Yorke. Una diferencia de una letra nos lleva sin duda a plantearnos o no si se trata de idéntico personaje en dos momentos diferentes de su vida (el Capitán Nathan Brittles de She wore a yellow ribbon iría, en ese sentido, aparte). Pero más que incidir en ello, cabe decir que el cambio de latitudes en el tratamiento de ese personaje (e incluso introduciendo a Brittles en la ecuación, como personaje-puente) sí define a la perfección la deriva de los intereses radiográficos del cineasta, el modo en que Ford (apoyado por sus guionistas, y siempre partiendo de relatos cortos escritos por el mismo autor, James Warner Bellah) va asentando los cimientos de una visión del cuerpo de Caballería desde una perspectiva en la que el enaltecimiento se da la mano con la empatía, la épica con el intimismo, el rigor de lo castrense con los infinitos itinerarios emocionales del individuo. Si en Fort Apache, probablemente el fresco más prolijo y cartesiano de los tres, por encima del relato de lo cotidiano y comunitario primaba la reflexión sobre el ejército y actitudes diversas proyectadas hacia lo bélico, en Rio Grande sucede más bien lo contrario: el relato del enfrentamiento con los indios y la dinámica de funcionamiento del cuerpo de Caballería se supedita al conflicto de una familia y a la narración de un reencuentro (y, cerrando el círculo, podemos decir que en She wore a yellow ribbon uno y otro polos temáticos se vaciaban en el sentimiento de soledad y pérdida que definía al personaje de Brittles –el subrayado en color, en contraposición con el b/n de las otras dos obras, incide tanto en los meandros melancólicos de la historia como en su cualidad en definitiva estática en lo que concierne al desarrollo dramático, en oposición a lo dinámico que habita en los otros dos títulos-).

 

Jeff Yorke

        Apenas dar inicio Rio Grande Ford nos muestra uno de los leit-motivs visuales de la completa trilogía, la imagen de la puerta de un Fuerte abriéndose y dando paso a, en este caso, la entrada del regimiento. En esa secuencia de prólogo destaca la grandiosa pericia del realizador por poner al espectador en situación sin apenas necesidad de palabras –de hecho, las primeras que escuchamos, el sargento encarnado por McLaglen que llama al corneta, resultan molestas, porque rompen con el tono ceremonioso instalado por las imágenes y el subrayado musical-; vemos la llegada de la hueste de soldados al Fuerte, los rostros y movimientos fatigados de los soldados, el modo en que las esposas se arraciman alrededor de la marcha para buscar a sus maridos, el modo en que se llevan las improvisadas literas con los soldados heridos, los prisioneros indios escoltados por soldados… un retrato intenso de unas condiciones de vida, de una rutina, la que atañe a la Caballería, realmente difícil. Cuando lleguen las palabras, un general toma café con Yorke y le cuenta que su hijo –del que, intuimos, Yorke hace años que no tiene noticia- ha suspendido una prueba en West Point y ha abandonado la academia militar de la que salen los oficiales de alto rango. Acto seguido, descubriremos que el hijo de Yorke ha decidido enrolarse en el ejército aunque tenga que empezar como soldado raso y, azares de la vida y el ejército, ha recabado en el fuerte que su padre comanda (el sargento encarnado por McLaglen va enumerando los nuevos reclutas, y la cámara se sitúa en el interior de la tienda del coronel, donde éste departe con otros oficiales, mientras se va escuchando los nombres que McLaglen va pronunciando en el exterior; se escucha “Yorke”, y el personaje encarnado por Wayne se queda de piedra).

 

El ejército vs la familia

        Aunque el padre no tardará en llamar al hijo para mantener una conversación íntima, antes, su primer encuentro está mediatizado por los uniformes y lo hierático: Yorke realiza una corta pero contundente charla a los novatos, diciéndoles que la vida en el ejército es muy dura y que si no siguen las ordenanzas serán castigados, y si desiertan serán ajusticiados. El mensaje implícito para su hijo se matiza bien poco cuando los dos se carean en la caseta del coronel. Sin embargo, tras la frialdad con la que tratan y se despiden, Wayne –en una imagen muy fordiana– mide la altura de su hijo en la lona con la que su cabeza rozaba un instante antes. Esa secuencia define a la perfección el conflicto interno de Yorke y el que informa el completo relato del filme: la tensión entre los rigores del ejército y los sentimientos hacia un hijo (o la privacidad); y ese conflicto se agrava con la llegada de un tercer personaje, la esposa de Yorke a quien éste abandonara quince años antes (Maureen O’Hara). Ford, en la composición del encuadre y en la utilización de la luz enfatiza de forma soberbia –adelantándose siempre a las referencias dialogadas, y dotándolas de mayor profundidad- el sufrimiento de los personajes por los años de separación. Pienso en secuencias como aquélla en la que se nos muestra el rostro de Maureen O’Hara de perfil y en penumbra, en primer plano, mientras mira marchar la tropa, en segunda perspectiva, y a plena luz; o aquella otra en la que, tras el asalto de los indios al fuerte, Yorke acude raudo a interesarse por su esposa y su hijo: el plano contra plano carea a Kirby, por un lado, su rostro apesadumbrado, con su esposa e hijo abrazados, ambos compartiendo idéntica conmoción en el rostro.

 

La guerra fratricida

        Sin embargo, esa tensión/oposición de intereses a veces excluyentes no eclosiona en el relato, sino que cicatriza. La eclosión queda como antecedente, acaeció tiempo atrás. De hecho, durante buena parte del metraje sabemos que algo separó a los miembros de la familia, pero no sabemos el qué (Ford era especialista en extraer gran jugo narrativo a esas premisas en sombra), y cuando finalmente se nos narra –por intercesión: es Quincannon (McLaglen) quien se lo cuenta al médico del fuerte-, descubriremos que esa colisión entre la obligación (castrense) y la devoción (familiar) habita en el marco de una circunstancia histórica –la Guerra de Secesión- que dota de mayor profundidad al discurso del filme, que incide en el hecho de que aquélla -al igual que nuestra Guerra Civil- fue una guerra fratricida, y los anales de la Historia dejan muchísimos testimonios semejantes al que atañe a la familia Yorke: Kirby, por entonces Capitán, recibió la orden de arrasar un predio que era clave para el aprovisionamiento del ejército confederado, y que pertenecía a la familia de su esposa (todo ello en el marco de la campaña del ejército unionista por la ribera del río Shenandoah, un capítulo verídico acaecido en 1862, antesala de la sanguinaria y celebérrima batalla de Gettysburg). Pero, como decía, el conflicto entre Yorke y su esposa e hijo está llamado, conforme avanza el metraje, a cicatrizar, con lo que cabe decir que este cierre de la trilogía de la Caballería encauza parte de su discurso en la consolidación de la Unión, del Estado que hoy conocemos como los Estados Unidos de América, tras la finalización de la Guerra de Secesión.

 

Mitológico

        El clímax y desenlace de Río Grande tiene en realidad mucho de anecdótico, y es el menos intenso de las tres obras (el asalto a un improvisado fortín indio para rescatar a unos niños secuestrados, capítulo utilizado para mostrarnos el heroísmo del joven Jeff Yorke), pero eso, que es quizá un déficit argumental, no resta un ápice de fuerza a la traslación a imágenes que rubrica el cineasta, tanto en esa secuencia como en el relato de las diversas escaramuzas, o, por extensión, de los segmentos del relato que transcurren en exteriores, en los escenarios de Monument Valley que el realizador, otra vez, filma con toda intensidad, mostrando toda su aridez y suntuosidad, extrayendo esa clase tan peculiar como innegable de belleza capaz de conseguir que los espectadores de todas las generaciones hayan ido identificando ese espacio con lo mitológico.

http://www.imdb.com/title/tt0042895/ 

http://www.miradas.net/0204/clasicos/2004/0406_riogrande.html

http://www.dvdverdict.com/reviews/riograndece.php

http://www0.epinions.com/review/mvie_mu-1017622/content_221919940228

http://www.rottentomatoes.com/m/rio_grande/

http://homepages.sover.net/~ozus/riogrande.htm

http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article3430.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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