EL ÚLTIMO HURRA

The Last Hurrah

Director: John Ford.

Guión: Frank S. Nugent,

basado en una obra de Edwin O’ Connor.

Intérpretes: Spencer Tracy, Jeffrey Hunter, Dianne Foster, Basil Rathbone, John Carradine, Donald Crisp.

Fotografía: Charles Laughton jr.

Montaje: Jack Murray.

EEUU. 1958. 119 mins.

 

Frank S. Nugent

Si Dudley Nichols fue el guionista más fidelizado por John Ford en los años treinta y cuarenta, podemos decir que desde 1948 y Fort Apache Frank S. Nugent se convirtió en el mejor cómplice del realizador en las tareas de guión –sin desmerecer la encomiable labor de otros ilustres colaboradores, como Laurence Stallings, James Warner Bellah o James R. Webb-. Nugent, en solitario o con la co-firma de otros, rubricó hasta once libretos filmados por Ford, entre ellos (títulos tan variados como) los de The Quiet Man, The Searchers, Two Rode together, Donovan’s Reef o el filme que aquí nos ocupa. En The Last Hurrah el material de partida era una novela de Edwin O’Connor, cuyo relato sobre el ocaso de un político inmigrante (irlandés) y de corte liberal estaba al parecer basado en la figura de James Curley, uno de los más renombrados alcaldes de Boston. Partiendo del propio título de la función, y atravesando la completa sucesión de palabras y acontecimientos en su quieto devenir dramático, Nugent habilitaba un relato de fuerte carga melancólica presta a ser exprimida por el realizador, que a siete años de la realización de su última obra, desprendía ya aquí buena parte de ese halo intimista, pesimista, melancólico que, cual tupido manto, caracterizó sus últimas obras.

El Alcalde

The Last Hurrah se ubica en el periodo de campaña electoral en una ciudad mediana “de Nueva Inglaterra”. Conocemos al provecto alcalde Frank Skeffington (Spencer Tracy, en una interpretación matizada hasta lo memorable) y a su grupo de asesores, y pronto somos informados de que Skeffington ha ganado hasta cuatro veces las elecciones municipales y aún intenta esta quinta, una última, según le confiesa a su sobrino Adam. En sus dos primeros tercios de metraje el filme refiere diversas circunstancias referidas tanto a la catadura política de Skeffington (un hijo de inmigrantes, hombre de origen humilde, lo que los americanos llaman un self-made man, un político de la vieja guardia, valiente, calculador y aferrado a valores de defensa de los desfavorecidos), como a las formas populistas de las que se sirve para promocionar su imagen y candidatura (las visitas de los ciudadanos a su casa, el meeting en que convierte un velatorio), cuanto al trazo de las diversas fuerzas vivas y capitostes económicos de la comunidad (la mayoría, sus feroces enemigos de siempre, como el banquero encarnado por Basil Rathbone y el representante del cuarto poder que interpreta John Carradine; en oposición algo más ambigua se sitúa el representante religioso –de evidente peso específico en un lugar como aquél-, si bien incluso este último comparte con el resto su visión conservadora y renuente por tanto a las políticas intevencionistas de  Skeffington).

 

De lo Político

Si The Last Hurrah no comparte muchas de las formas narrativas más reconocibles del cine político –clásico o no- es por su ubicación en feudos municipales, de naturaleza bien distinta a los relatos que refieren pugnas en escenarios más amplios, y más susceptible de ser canalizada por esa mirada de corte intimista. El filme se agazapa bajo la anécdota (las informaciones e impresiones que del pasado va acumulando el sobrino de Skeffington) o la esquemática exposición de las oposiciones políticas (digo esquemática en el sentido de diáfana, porque los diálogos son francamente certeros, y las composiciones de encuadres a los personajes –captando miradas, silencios, expresiones- en esos debates, no menos elocuentes), pero de esos finos hilos narrativos Ford extrae un lúcido, calado retrato del modo en que la política se organiza, opera y se ejecuta. Retrato, al menos en apariencia, de vocación más psicológica que afiliada a intenciones ideológicas, en el que, más que los pensamientos, prima la exposición de las actitudes que sostienen esos pensamientos (véase por ejemplo el cruel chantaje que el alcalde planea contra el banquero aprovechándose de la condición de borderline de su hijo), retrato liviano en la transcripción de la opción política pero férreo en la categorización de los valores que atesora Skeffington, un hombre al que en su primera aparición vemos dejar una flor frente al retrato de su mujer fallecida (como, por ejemplo, hiciera el personaje encarnado por John Wayne en una de las escenas más recordadas de She Wore a Yellow Ribbon), o al que después vemos perjurar ante una viuda con la única intención de ayudarla económicamente. Sin embargo, tras esa transcripción de la integridad y la honestidad del hombre, Ford deja margen a una mirada más ambigua, la que proviene del exterior (su sobrino Adam) y alienta las dudas que lógicamente alimenta un ejercicio de poder continuado durante tanto tiempo (el primer encuentro entre tío y sobrino: la cámara se sitúa en la puerta de la estancia, punto de vista de Adam, y muestra al final del encuadre la figura de Skeffington de espaldas –pues está mirando por la ventana- y la cabeza inclinada hacia abajo).

 La muerte

En el último tercio del metraje, el filme nos ofrece la crónica de su inesperada derrota en los comicios, una derrota que debe leerse en términos de finalización no sólo de un ciclo sino de una forma de ser y vivir la política, de unos valores engullidos por las nuevas prácticas políticas (aunque el filme no se entretenga demasiado en hacerlo explícito, queda patente que la victoria del insulso candidato patrocinado por los enemigos de Skeffington deriva de la presión mediática y publicitaria que le ha avalado, y que por tanto, con la preponderancia de los nuevos medios de comunicación –la secuencia televisiva que nos presenta a la “familia feliz” de ese candidato es especialmente sangrante- la instrumentalización es más fácil, y por tanto la ventaja de los aquéllos con mayores medios económicos, más rotunda). Por mucho que Skeffington se despida de la prensa diciendo que pugnará por convertirse en gobernador del Estado, la crónica de la muerte política que Ford ha fraguado es inexorable –véase el plano en el que vemos al político atravesar un parque silente en dirección a su casa mientras la muchedumbre, en la main street adyacente, celebra la victoria de su adversario: Skeffington se va alejando de aquella muchedumbre, del bullicio, de la luz…-, tanto que, en una solución narrativa tan coherente como contundente, a esa muerte política le seguirá el fin de la existencia del personaje. En el último plano de la película, cuando Adam –como espectador- se marcha de la casa de Skeffington con un testamento de naturaleza afectiva, quedan los súbditos del rey muerto, condenados también a desaparecer, a difuminarse cuales sombras alargadas ascendiendo por aquellas escaleras a ninguna parte.

 http://www.imdb.com/title/tt0051845/

http://en.wikipedia.org/wiki/The_Last_Hurrah

http://www.franksmovielog.com/browse/reviews/the-last-hurrah-1958/

http://www.rottentomatoes.com/m/last_hurrah/

http://www.thestopbutton.com/2007/07/23/the-last-hurrah-1958/

http://www.time.com/time/magazine/article/0,9171,937625,00.html

http://grunes.wordpress.com/2008/03/15/the-last-hurrah-john-ford-1958/

http://brothersjudd.com/index.cfm/fuseaction/reviews.detail/book_id/468

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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