EN TIERRA HOSTIL

The Hurt Locker

Director: Kathryn Bigelow.

Guión:  Mark Boal

Intérpretes: Jeremy Renner, Anthony Mackie, Brian Geraghty, Guy Pearce, Ralph Fiennes, David Morse, Evangeline Lilly

Música: Marco Beltrami

Fotografía: Barry Ackroyd

Montaje: Chris Innis y Bob Murawski  

EEUU. 2009. 131 minutos.

 

¿La mejor película de Bigelow?

Reconozco que no soy el mayor admirador de Kathryn Bigelow, realizadora a quien debemos filmes como The Loveless (1982), Los viajeros de la noche (Near Dark, 1987), Acero azul (Blue Steel, 1989), Le llaman Bodhi (Point Break, 1991), Días extraños (Strange Days, 1995), El peso del agua (The Wight of Water, 2000) o K-19: The Widowmaker (2002), títulos algunos más interesantes que otros pero ninguno de los cuales que despierte mi mayor afición. Le reconozco, eso sí, una cierta personalidad en la trascripción narrativa y visual de los motivos genéricos (cine de acción y/o thriller) que informan el grueso de sus relatos, lo que, en mi humilde juicio, queda mal compensado con el perfil dramático de la mayoría de sus personajes, lejos de resultar convincentes. A partir de ahí, no me cuesta decir que The Hurt Locker es, a la vez, su mejor película y más de lo mismo. Me explico: siendo como es esencialmente una cineasta de planificación y (sobretodo) montaje, en la presente obra es donde quizá brillan más sus planteamientos cinematográficos, logra una sucesión de imágenes percutientes e impactantes, frutos de un innegable esfuerzo y talento en las labores que más domina; por el contrario, y a la contra de muchos comentarios –algunos realmente enardecidos- sobre el relato de personajes en estricto, soy de la opinión que el filme –en parte, por razón del guión, en parte, por las propias estrategias visuales de la realizadora- se queda a medio camino en la exposición de sus tesis. Son percepciones y opiniones personales: donde unos pueden ver austeridad y concisión narrativa, yo echo de menos un mayor calado en el retrato de personajes y detecto una reiteración (hasta lo cansino) de los conflictos (o mejor dicho, el conflicto) dramático que lo sostiene todo.

 

Adicto a la guerra

¿Y cuál es ese conflicto? Viene enunciado en un rótulo sobreimpresionado al inicio del filme, cita del periodista (que fue corresponsal de guerra en Vietnam) del New York Times Chris Hedges, que afirma que, para algunos soldados, la guerra es como una droga; y se desgrana en la descripción de la personalidad y razones (o más bien sinrazones) del soldado William James (Jeremy Renner), un artificiero del ejército de los Estados Unidos en Irak que desprecia el protocolo y no titubea en comprometer su seguridad (y la de sus compañeros) cuando se enfrenta a la situación de alto riesgo para la que ha sido entrenado, la  desactivación de explosivos. Un poco a la manera de Platoon, The Hurt Locker se estructura a partir de una cuenta atrás en el año de servicio que atañe a los soldados destinados en la guerra, aunque, a diferencia de la obra de Oliver Stone (que se iniciaba con la llegada de un marine novato y cubría todo ese largo año de sufrimiento), cuando el soldado James llega a la base militar, ya es un veterano curtido en mil batallas. Tan simple comparación sirve para aclarar que en  The Hurt Locker no se nos narra el proceso (ya no digo las razones) por las que un soldado puede acabar viviendo la experiencia bélica como una adicción (“convertirse en guerra”, como Barnes en Platoon, o regodearse tranquilamente ante la visión de “el Horror” que se definía en Apocalypse Now), sino que parte de la propia constatación de esa adicción. Otra vez habilitando la comparación con la estructura de Platoon, el filme concatena diversas set-piéces que describen situaciones en el frente (la desactivación de bombas en las calles de Bagdad, principalmente, aunque también hay una secuencia que muestra un fuego cruzado en el desierto, otra que refiere la interceptación de diverso material explosivo en un edificio destartalado, y una secuencia nocturna que muestra algo así como una imprudente hazaña particular) y las separa mediante la inclusión de breves episodios interlúdicos que trancurren en el campo base y que pretenden perfilar la intimidad, pensamientos, bagajes y conflictos de o entre los personajes (que no constituyen un pelotón al completo; sólo son, básicamente, tres). Lo que pasa en The Hurt Locker es que esa distribución está (deliberadamente, supongo) descompensada, y la larga duración, atmósfera, fuerza e intensidad de las secuencias bélicas apenas deja espacio, también en términos de metraje, a lo que puedan dar de sí los pasajes que transcurren fuera del campo de batalla. Así sucede que esos pasajes al principio no dejan de ser poco más que transiciones, y sólo es hacia el final cuando esa estructura se difumina un poco para incidir en lo que no dejan de ser lugares comunes del cine bélico moderno (las borracheras de los marines o sus juergas basadas en virulentas peleas cuerpo a cuerpo), aunque dejando algún espacio a anotaciones más interesantes (pienso por ejemplo en esa secuencia anti-catartica que muestra a James tomándose una ducha sin siquiera quitarse el uniforme).

 

La amenaza constante

La gran baza de The Hurt Locker radica, para mí, en la magnífica manufactura de esas set-piéces que nos sitúan en la quintaesencia bélica. A mi parecer, Bigelow consigue crear una atmósfera envolvente y angustiosa, que nos hace temer las infinidades de peligro que habitan en las calles devastadas de Bagdad, el peligro que no se limita a esas bombas que hay que localizar y desactivar, sino que también habita en los rostros de los tantos civiles que pueblan las calles, ventanas o tejados escudriñando el trabajo de los marines: Bigelow aprovecha hábilmente en la planificación las posibilidades de un escenario de batalla que es impropio, pues es estático (un campo abierto, una manzana, los aledaños del edificio de la ONU…), y la violencia es latente (porque si se produce una explosión, termina la batalla), y así dispone de un espacio concreto que controlar con diversas cámaras y de un tiempo que dilatar con el montaje. De tal modo, con un meritorio trabajo de planificación y montaje, erige una tensión que se llega a mascar, conjugando los planos descriptivos del modus operandi de los artificieros con planos a ras de suelo que merodean por entre la mugre y muchos otros que muestran esos civiles, planos todos ello subjetivos, pues –según transmite muy bien la película- los soldados sienten pavor tanto hacia lo que puede estar soterrado cuanto hacia aquellos civiles que los escrutan, pues nunca saben si uno de ellos, o cuál de ellos, tiene intenciones hostiles, por lo que la hostilidad acaba habitando en todos los rostros y movimientos de esos civiles, deviniendo así una coda desquiciante. Por suerte para el espectador, a pesar de lo que de esteta tiene la personalidad visual de Bigelow, la cineasta no abusa del efecto mareante y desorientador de la steadycam o del montaje frenético, con lo que esa composición de lugar no se difumina (a excepción de las secuencias nocturnas, las peores de la función), y opta también de forma muy puntual por la cámara al ralentí o los efectos especiales (el modo en que se descascara una carcasa o se produce un movimiento de tierra al inicio de una explosión), lo que ilustra bien la violencia sin caer en el subrayado innecesario.

 

Irregular

El problema que se plantea en The Hurt Locker es que el grueso de las set-piéces se parecen mucho las unas a las otras, y al no trabajarse una progresión dramática que nos haga tomar diferente partido por los personajes, acaba sucediendo que cada una de esas secuencias acaba siendo menos intensa que la anterior, ello y a pesar de que la vida de los soldados esté lógicamente en juego en todas ellas. El relato, pues, se basa en una endeble fuerza centrífuga, y entonces uno recurre a pensar que Bigelow opta por el documentalismo (no a nivel visual –que si quieren, también-, sino a nivel narrativo), pero eso no salva el problema, porque el interés de un documental radica en la explicación de diversas cosas, no el subrayado constante de la misma. De forma aislada –la relación que James establece con el niño que se hace llamar Beckham, y que llega a su clímax cuando halla el cuerpo de aquel niño rellenado con explosivos- tenemos noticia de los complejos (y probablemente dolorosos) códigos de comportamiento del soldado “adicto a la guerra”, pero el balance es más bien pobre para las dos horas largas de metraje. No es de extrañar que el consabido relato del homecoming imposible tampoco resulte convincente, y el espectador piense, cuando la película funde a negro, que la tesis final estaba expuesta desde la segunda secuencia de acción de la película (la primera en la que apareció James). Uno siente cierto apego y hastío al mismo tiempo por una propuesta tan vibrante en algunos compases como irregular en sus resultados. En lo que a mí respecta, Bigelow no logra acompañar a Nick Broomfield y a Brian De Palma en las que para mí son las mejores películas bélicas que hasta la fecha, tratan directamente el conflicto de Irak,  Battle for Haditha y Redacted, ambas realizadas en 2007.

http://www.imdb.com/title/tt0887912/

http://thehurtlocker-movie.com/

http://en.wikipedia.org/wiki/The_Hurt_Locker

http://www.time.com/time/arts/article/0,8599,1838615,00.html

http://www.rottentomatoes.com/m/hurt_locker/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20090708/REVIEWS/907089997/1023

http://seattlepostglobe.org/2009/07/09/film-review-the-hurt-locker

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

Un pensamiento en “EN TIERRA HOSTIL

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