ESCUELA DE ROCK

The School of Rock

Director: Richard Linklater.

Guión: Mike White

Intérpretes: Jack Black, Joan Cusack, Jordan-Claire Green, Veronica Afflerbach, Miranda Cosgrove, Joey Gaydos Jr.

Música: Craig Wedren

Fotografía: Rogier Stoffers.

Montaje: Sandra Adair

EEUU-Alemania. 2003. 109 minutos.

 

Dewey (Jack Black) es un treintañero sin oficio ni beneficio, apasionado aficionado al rock, que vive de gorra en el piso de Ned, un amigo, ello y a pesar de que éste ya tiene pareja (que por supuesto, odia a Dewey y quiere verlo fuera del piso).  Al verse agobiado por todo tipo de deudas, decide suplantar la personalidad de Ned y acudir a una de las escuelas más refinadas de la ciudad a efectuar una sustitución, convirtiéndose en tutor de una clase de chavales de diez-once años. Dewey conserva a duras penas el protocolo ante la estirada directora del centro (Joan Cusack), pero ante los niños no tarda en mostrarse tal cual es, un tipo que aborrece y hasta desconoce el orden convencional de las cosas (y por tanto el cauce convencional educativo), y no tarda en decidirse por convertir a la clase en miembros y productores de una banda de rock al uso.

 

Lo que es bueno para los niños

La premisa, a primera vista, se incardina en los parámetros de la comedia bufa de toda la vida. La interpretación protagonista de Jack Black promete y entrega un histriónico one man show. Uno piensa en una sucesión de chistes más o menos acerados, más o menos delirantes, más o menos felices, a acumular en un corpus donde difícilmente, a fin de cuentas, se sorteará la corrección política (al fin y al cabo, la institución educacional está implicada). Sin embargo, las intenciones del relato –escrito por Mike White y edificado en imágenes por Richard Linklater- se afilian a parámetros algo más comprometidos (en diversos sentidos del término), no muy alejados a los que informaban la Election de Alexander Payne, de lanzar una mirada satírica, agresiva, sobre los engarces del sistema educativo, cuyo objeto de sátira es esencialmente las convenciones culturalmente aceptadas por unos y otros sobre lo que tiene que ser “bueno para los hijos/alumnos/menores”. Aunque aquí el riesgo asumido es quizá mayor que en Election, pues The School of Rock esconde la mano continuamente, es decir, lleva al límite la apariencia de comedia amable (comedia con niños, por lo demás), cuando, bajo aquella plácida y risible apariencia, está edificando un interesante cuestionamiento de lo generalmente aceptado. De modo del todo intencionado, pues así nos lo dice la habilidad y coherencia con la que trata (y después soluciona) cada uno de los conflictos y personajes puestos en liza.

 

¿Divertirse aprendiendo?

De tal modo, el ritmo que Linklater imprime a la función es espléndido; el tono, vivaz, simpático, alérgico al sentimentalismo al uso; el anecdotario de chistes y referencias rockeras, muy atinado y no menos efectivo; la interpretación de Black (que, lo reconozco, es tan exacerbada que puede despertar la misma afición que desprecio) de lo más convincente; pero todo ello obedece a unos parámetros narrativos superiores, más sutiles y complejos, que convierten la comedia entretenida y olvidable de sobremesa en una comedia virtuosa, pues, por ende, el objetivo de ese género es la radiografía incisiva de una realidad y/o sociedad, y las claves cómicas deben siempre obedecer esa máxima. Algo que concurre de sobras en esta magnífica The School of Rock, donde los lugares comunes del cine sobre educación (la existencia de ese profesor especialmente inteligente o sensible que es capaz de conectar, como nadie lo ha hecho antes, con un alumno o completo alumnato hostil) se utilizan, pero de un modo subvertido (y a poco de pensarlo, subversivo). Cuando el improvisado profesor se planta sólo ante los chavales, uno teme lo peor, claro, pero principalmente temiendo que la inmadurez y desmesurado ego que de Dewey nos ha mostrado el filme en la presentación, más que su falta de aptitudes como profesor, resulte pernicioso para el alumnato. Conforme se desarrollan los acontecimientos, el profesor pasa de pretender convertir a sus pupilos en dobles de sí mismo (o a utilizar a los más virtuosos instrumentistas en acompañantes de su voz en una canción que pretende llevar a un concurso), a trabajar, desde la pasión por el rock, los valores y actitudes que, según aprecia, puede fomentar en cada alumno por razón de su perfil. El profesor, como los alumnos, como el mismo público, lleva a cabo un procedimiento de aprendizaje, aprende enseñando, y, al moverse en una materia que domina y conoce, demuestra habilidad y mucha psicología, extrae lo mejor de sí mismo y, probablemente, de sus alumnos, que se sienten motivados, unidos, espoleados en la importancia de cada labor individual, capaces de asumir responsabilidades y, por lo demás, se divierten.

 

Let’s rock it!

Cualquier interesado en pedagogía puede hallar múltiples teorías que abonan las ventajas de aprender divirtiéndose, de armonizar esos dos conceptos tan a menudo y tristemente opuestos, la obligación de la devoción. Pero en The School of Rock ese discurso va unido a otro, casi contracultural, de ruptura y rebeldía, que aprovecha a fondo todas las connotaciones de ese concepto musical que también es fenómeno cultural, el rock, personificadas en el personaje de Dewey, y reflejadas no sólo en sus alumnos, sino también en la representación del establishment que encarnan los padres de los chicos y, especialmente, la directora de la escuela. Dewey se sirve emborracharla (y, dato trascendente, descubre que se desmelena al escuchar cierta pieza rockera) para llevar a cabo sus propósitos (poder llevarse a los chicos fuera del colegio para participar en el concurso), pero establece con ella una relación en la que no existen distancias instituidas en el celo, la desconfianza o el miedo, que es lo que ella despierta entre los profesores y lo que los padres despiertan en ella. Con ese sencillo ejemplo, Dewey (o el rock, ya instalados en estas alturas de la reseña) se sirven como receta contra los complejos y las muchas barreras que por razones profesionales y de statu quo atenazan las relaciones humanas. La verdad es que debo confesar que, sin alcanzar los niveles de fanatismo (y conocimiento) de Dewey, comparto con él mi afición por el rock. Pero no creo que fuera por ese motivo por el que esta película me sedujo del modo en que lo hizo. (Nota bene: tenga relación o no con ese cuestionamiento del establishment, el censor americano, la MPAA, le adjudicó a la película PG-13, fundamentado en “rude humor and some drug references“; una vez encontré a un tipo en la cola del cine que comentaba que las películas tienen que ser como mínimo “no recomendadas para menores de 7 años”, porque las aptas son perniciosas; por supuesto que no comparto su argumento, aunque está claro que la MPAA le da alas).

http://www.imdb.com/title/tt0332379/

http://www.schoolofrockmovie.com/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20031003/REVIEWS/310030304/1023

http://www.salon.com/ent/movies/review/2003/10/03/school_rock/index.html?CP=IMD&DN=110

http://www.aintitcool.com/display.cgi?id=16246

http://www.dvdverdict.com/reviews/schoolrock.php

http://www.rottentomatoes.com/m/school_of_rock/

http://themovieboy.com/reviews/s/03_schoolofrock.htm

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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