AGÁRRAME ESOS FANTASMAS

The Frighteners

Director: Peter Jackson.

Guión: Peter Jackson y Fran Walsh

Intérpretes: Michael J. Fox, Trini Alvarado, Peter Dobson, John Astin, Jeffrey Combs, Dee Wallace, Jake Busey

Música: Danny Elfman

Fotografía: John Blick y Alun Bollinger.

Montaje: Jamie Selkirk

EEUU. 1996. 112 minutos.

 

El gran salto

De igual modo que sucede con las trayectorias de realizadores como M. Night Shyamalan, Guillermo del Toro, Michael Mann, Steven Spielberg, Bryan Singer o incluso Christopher Nolan (por citar  nombres contemporáneos; Fritz Lang o Hitchcock serían magníficos antecedentes de todos ellos), la de Peter Jackson ejemplifica muy bien que el cine de género puede ser una devoción, una elección personal, en la que un cineasta puede aplicar sus propias reglas, su propia percepción del mundo y del arte, siempre que disponga de talento, de visión, para hacerlo. Premisa que nos lleva a otra, la necesidad de reivindicación del cine de género. El caso de Jackson en general, y lo que en su filmografía supone esta película en particular, arroja mucha luz sobre el particular. El cineasta neozelandés, que se había fogueado con películas hechas con cuatro duros, entre amigos, afiliadas al cine gore más gamberro (la última de las cuales, Braindead, se convirtió en cult-movie entre los amantes del (sub)género), sorprendió a propios y extraños con Heavenly Creatures, portentoso drama laureado en diversos festivales, para después filmar un mockumentary, Forgotten Silver, en el que celebraba su pasión por el cine. Estos dos títulos cimentaron su prestigio y le abrieron las puertas de la industria de Hollywood. Pero de puertas de acceso a Hollywood hay varias. Y la que el cineasta escogió, en una maniobra que –según revelan las obras posteriores del cineasta- sólo cabe calificar de calculadísima, fue esta The Frighteners, una película que de entrada definiríamos con un lugar común, una ghost story, un filme afiliado a los parámetros del entertainment puro y duro, pero, a poco de escarbar, un ejercicio de lo más juguetón que mixtura el cine de suspense con ribetes de horror y otros de celebrada comicidad. Una película de fantasmas que busca y encuentra su equilibrio entre la convención narrativa y la reformulación simpática, por momentos endiabladamente hábil, del género. Y también, y para eso necesitamos la perspectiva previa y posterior filmográfica del autor, una exploración sobre la relación entre la realidad y la fantasía como dos espacios destinados a convivir; el tema por excelencia de la obra de Peter Jackson, que emparenta The Frighteners tanto con The Lovely Bones o incluso King Kong como con las citadas Heavenly Creatures y Forgotten Silver.

 

         Las huellas de Spielberg

Escrita a dos manos por el propio Jackson junto a su esposa Fran Walsh, la película nos narra los avatares de Frank Bannister (Michael J. Fox, en uno de sus últimos papeles protagonistas), un médium tan involuntario como atormentado, que se alía con los fantasmas y contra los vivos para aniquilar a un espíritu maligno que está causando estragos –traducidos en decenas de muertes- en la pequeña localidad de Fairwater. The Frighteners es en definitiva una película de aventuras a contra reloj, de metraje encapsulado en la inercia de un relato avendavalado, promovido por la concisión de los guionistas, la economía expresiva de Jackson (como puede verse, por ejemplo, en el imaginativo modo en que introduce y despide los flashbacks), y el nervio con el que filma las incesantes secuencias de acción, fuentes todas ellas de un gran dinamismo apuntalado por unos resultones efectos especiales y por una partitura de Danny Elfman en su vena más fantasiosa, al estilo de las diversas compuestas para Tim Burton. Esa concepción del entertainment que parte de la audacia que pueda dar de sí un storyteller, pero también de supeditar los efectos especiales a una historia y personajes con un mínimo empaque, emparentan la película –probablemente más que ninguna otra de Jackson- con las cintas aventureras que Spielberg como director, pero también como productor, estandarizó en los años ochenta, películas de tan felices resultados como la trilogía de Indiana Jones, Gremlins de Joe Dante, The Goonies de Richard Donner o Back to the Future, de Robert Zemeckis (quien, ahí está el detalle, es productor ejecutivo de la película). De hecho, recordando aquellos tiempos y aquella manera de entender el cine-espectáculo, cabe ver esta The Frighteners como una versión alargada y enfática de los muchos buenos episodios que compusieron la serie Amazing Stories.

 

         Puertas de acceso (al más allá)

Sólo en parte en relación con lo anterior, merece la pena hablar del particular tratamiento que Jackson, desde su escritura a su puesta en escena, confiere a su particular ghost story, el modo en que, como antes mencionaba, reformula los cánones genéricos a su gusto e intención. Uno de los primeros elementos llamativos de la película es la ironía, vestida desde el desenfado, con la que Jackson nos presenta los fantasmas, pues en un primer estadio narrativo conocemos a Frank como un embaucador que se aprovecha precisamente de su condición de médium, intentando ganarse la vida a costa de provocar poltergeist aquí y allá. Su relación con la camarilla de fantasmas que trabajan para él, amén de contener algún guiño cinéfilo en su concepción, nos ofrece una mirada doméstica, cotidiana, a los espectros. Pero también funciona a otro nivel, el escénico, para que Jackson introduzca sus intereses: la película alterna constantemente el punto de vista de Bannister, que ve los fantasmas, con el de aquéllos –básicamente, el resto- que no los ven; y así planteados los términos, se habilita un constante careo entre lo aparente y lo que habita bajo la apariencia; entre los fenómenos extraños y su causa; o, centrándonos en esa esencia temática cara al interés del realizador, entre el mundo real y la fantasía que lo invade. Ello da lugar a situaciones a veces algo kitsch, quizá perjudicadas por un exceso de humor grueso o hiperbólico, pero a menudo divertidísimas, como por ejemplo la secuencia que transcurre en el interior del museo de la ciudad, en la que el enfrentamiento de Bannister con los policías que intentan apresarle (secuencia prototípica) se vuelve anecdótica por la adición de otro conflicto, más grave, con el que el protagonista tiene que lidiar: la presencia de (y también enfrentamiento con) ese espíritu maligno. En sede del aparatoso desarrollo del relato, y dando nuevas utilidades a las ideas que se hallaban en aquella interesante y semiolvidada película de Joel Schumacher llamada Flatliners, Frank llegará a experimentar con la muerte, a pasar un rato entre los muertos para poder librar la batalla en el único terreno en el que procede, en el limbo en el que se encuentran los fantasmas, aquéllos que perdieron la vida pero no hallaron el camino al más allá. Incluso (spoiler), en el desenlace de la función, Frank pierde la vida, y en efecto viaja al más allá (mediante ese tubo tobogán ascendente que se abre para llevarse las almas): pero no le admiten allí, le invitan a regresar a la vida para vivirla del modo en que no ha podido hacerlo, con paz de espíritu y plenitud sentimental. Ciertamente que esa solución es una forma perspicaz de resolver la ecuación argumental desde esos más amplios parámetros en los que convive realidad con fantasía. Pero al mismo tiempo funciona como triunfo de lo segundo sobre lo primero.

http://www.imdb.com/title/tt0116365/

http://www.frightenersdvd.com/

http://en.wikipedia.org/wiki/The_Frighteners

http://www.calendarlive.com/movies/reviews/cl-movie960719-3,0,6464899.story

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19960719/REVIEWS/607190303/1023

http://www.sfgate.com/cgi-bin/article.cgi?f=/c/a/1996/07/19/DD61313.DTL

http://www.cinencanto.com/critic/m_fright.htm

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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