TORMENTA BLANCA

Según fue publicado en el portal CINE ARCHIVO

http://www.cinearchivo.com/site/Fichas/Ficha/FichaFilm.asp?IdPelicula=70750&IdPerson=16090

White Squall

Director: Ridley Scott

Guión: Todd Robinson, según el libro de Charles Gieg Jr. y Felix Sutton

Intérpretes:  Jeff Bridges, Caroline Goodall, John Savage, Scott Wolf, Jeremy Sisto, Ryan Phillippe, David Lascher

Música: Jeff Rona

Fotografía: Hugh Johnson

Montaje: Gerry Hambling   

  EEUU. 1996. 112 minutos

 

Scott en los noventa

A pesar del gran éxito que en 1991 obtuvo la para mí mediocre Thelma y Louise/Thelma & Louise, la figura de Ridley Scott vivió sus horas más bajas en la última década del siglo pasado, ya demasiado alejados los títulos (aún hoy) más excelsos de su filmografía (básicamente, los tres primeros, Los Duelistas/The Duellists, 1977; Alien, el octavo pasajero/Alien, 1979; Blade Runner, 1982), y acusado de seleccionar poco y mal sus proyectos, de rendirse al esteticismo vacuo o incluso de servir meros panfletos de ideología (ultra)derechista. Y la verdad es que, objetiva y llanamente hablando, el bagaje del cineasta es tan parco –sólo cuatro películas, la citada Thelma & Louise; 1492: La Conquista del Paraíso/1492: Conquest of Paradise, 1992; la que aquí nos ocupa Tormenta Blanca/White Squall, 1996; y La Teniente O’Neill/G.I. Jane, 1997– como anodino en los resultados cinematográficos, lo que sin duda contrasta con el devenir filmográfico de esta primera década del siglo XXI, que Scott inició con la auténtica resurrección que Gladiator (2000) supuso en términos de éxito y prestigio, y en la que se ha prodigado tras las cámaras mucho más (la dirección de nueve largometrajes) y, en líneas generales, mejor.

 Coming-of-age story

En semejante paisaje filmográfico, Tormenta Blanca es sin duda un título que lleva largo tiempo olvidado por el público. Ya en su día tuvo una repercusión comercial tan discreta como lo fue su recepción crítica, que la comparó, a menudo en términos de agravio, con El Club de los Poetas Muertos/Dead Poets Society, Peter Weir, 1991, de la que se dijo que era una mera variación fláccida y filmada en alta mar. Premisa quizá maliciosa pero que en efecto se corresponde a la realidad, pues la película es un exponente más de la prototípica coming-of-age story, por mucho que se mixture con elementos del cine de aventuras marinas. Basada en hechos reales acaecidos en 1960-61, y concretamente en un libro de memorias escrito por Charles Gieg Jr. (presumiblemente, el personaje de Chuck de la película, encarnado por Scott Wolf, pues es quien sostiene –en parte– el relato merced de sus comentarios en voz over), Tormenta Blanca nos narra los avatares que acaecen durante la ruta del Albatross, un buque bergantín reconvertido en academia flotante para adolescentes, y de tripulación comandada por el Capitán Sheldon (Jeff Bridges). El título del filme remite a una súbita y violenta ventisca que, hacia la finalización del viaje, asoló la embarcación y produjo su hundimiento, cobrándose la vida de diversos tripulantes. Empero, ese trágico capítulo no funciona, al menos sobre el papel, como acicate de la acción, sino como colofón dramático del itinere educacional, emocional, espiritual, o, si prefieren, vital, del grupo de chicos que Sheldon y el resto de marineros-profesores tutelan durante ese año en ruta marítima (un poco a la manera del suicidio del personaje que encarnaba Robert Sean Leonard en la citada El Club de los Poetas Muertos, del incendio que acaece en el clímax de Rebeldes/The Outsiders, de Francis Coppola, 1983, o del descubrimiento del cuerpo sin vida del niño Ray Brower en la reivindicable Cuenta Conmigo/Stand by Me de Rob Reiner, 1987).

 

Clichés

Aunque cualquier historia, por trillada que parezca, merece ser contada, la verdad es que las peroratas sobre el valor de la amistad, la forja del compañerismo y el trabajo en equipo que, sin tregua, nos va colando Todd Robinson, el guionista del filme, resultan francamente aborrecibles. Robinson entrega un guión deficiente, lleno de clichés, desde la configuración de los personajes –incluyendo al rebelde malhumorado que íntimamente desea ser reeducado, el hijo de papá que trata de librarse de su influencia o el chaval que arrastra un trauma por un drama familiar pretérito– a la elucubración de las situaciones en las que, supuestamente, el espectador debe percibir el modo en que se fragua ese tan cacareado sentido del compañerismo y la lealtad entre esos personajes, situaciones todas ellas muy tópicas cuando no tontorronas (el encuentro nocturno con las chicas danesas, el capítulo del abordaje por parte de una nave militar cubana). Y la verdad es que Ridley Scott, en su labor tras las cámaras, no aparenta tener el menor interés en mitigar ese constante bombardeo de lugares comunes y situaciones arquetípicas, e incluso se presta al juego de efectuar una traducción visual plana de esos argumentos psicológicos planos (algo que ya se anticipa en el propio casting y la manera en que la cámara captura a los jóvenes, todos ellos cortados de un mismo patrón estético –el pelo corto, la piel bronceada, los cuerpos delgados o robustos, la ropa casual blanco impoluta…– que recuerda demasiado peligrosamente los spots publicitarios del sector cosmético), sintiéndose de lo más cómodo en la articulación de los recursos visuales y narrativos más convencionales (por ejemplo, la utilización de piezas de rock punteado para subrayar situaciones epatantes o cómicas).

 

Leit.motivs visuales

Sería interesante saber qué relato cinematográfico habría articulado Ridley Scott con una progresión dramática algo más alejada de los cánones más sobados y más cerca de la exploración psicológica severa –pongamos por caso un material heredado de los motivos narrativos de Jack London o Joseph Conrad-, pero, en cualquier caso, el realizador deja demasiado a las claras que sus intereses se dirigen unívocamente a las prestaciones aventureras del relato, apartado que casa con su idiosincrasia e intereses artísticos, y en el que sí da la medida que se espera de ese gran hacedor de imágenes espectaculares que siempre fue y sigue siendo. Aliado con el director de fotografía Hugh Johnson, Scott no pierde una sola oportunidad para mostrarnos la belleza del mar abierto (el leit-motiv de la fragata recortando la visión del oleaje ondulante y del cielo), mueve la cámara con gran soltura por la cubierta del barco, o entre el velamen, para transmitirnos fisicidad, cierta sensación de vértigo, del riesgo y la aventura, y corola el relato con una excelente set-piece, la de la tormenta, planificada, ejecutada en imágenes y montada con sapiencia, y en la que la dureza de algunas situaciones le da cierta y agradecible sordidez a ese entramado visual y narrativo que hasta el momento había parecido demasiado aséptico –amén de anticipar algunas soluciones visuales que poco después James Cameron utilizaría en su celebérrima Titanic, 1998–. Ridley Scott tiene virtudes y defectos, pero incluso a la vista de una película tan irregular como ésta, en la que la blandura del relato lastra todo el conjunto, el impacto de su exuberancia visual merece un comentario aparte.

http://www.imdb.com/title/tt0118158/

http://en.wikipedia.org/wiki/White_Squall_(film)

http://www.reelviews.net/movies/w/white_squall.html

http://www.rottentomatoes.com/m/white_squall/

http://www.movie-gazette.com/102/white-squall

http://www.killermovies.com/w/whitesquall/reviews/2q8.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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