LA TABERNA DEL IRLANDÉS

Donovan’s Reef

Director: John Ford

Guión: Frank S. Nugent y James Edward Grant, según un argumento de James Michener basado en un relato de James Beloin.

Intérpretes: John Wayne, Lee Marvin, Elizabeth Allen, Jack Warden, Cesar Romero, Dorothy Lamour, Dick Foran

Musica: Cyril J. Mockridge

Fotografía: William H. Clothier

Montaje: Otho Lovering

EEUU. 1963. 108 minutos

 

Lo exótico (I)

John Ford realizó tres películas afiliadas a lo que podríamos denominar “lo exótico”, dos de ellas realizadas en la Polinesia y la tercera en el África Negra. Hurricane (titulada en España Huracán en la Isla) (1937) fue la primera que realizó y la menos conocida. Mogambo, la rodada en África, es sin duda la más célebre, y también la peor de las tres (de hecho es una de las más célebres y de las peores películas de Ford, lo que ejemplifica la diferencia que en muchas ocasiones existe entre la popularidad y la calidad, en el Cine como en cualquier otra manifestación artística). La que aquí nos ocupa, Donovan’s Reef, rodada por el realizador de Young Mr Lincoln ya en las postrimerías de su carrera, es sin duda la más redonda. También, qué duda cabe, la más entrañable.

 

Hilos

Al introducir el epíteto “entrañable” hablando de Ford, a uno le vienen inevitablemente ecos de The Quiet Man. Y eso sirve para introducir las muy diversas referencias, hilos temáticos y tonales, que Donovan’s Reef mantiene con la filmografía previa de su autor, haciendo buena la teoría de la apabullante personalidad –algunos pueden hablar de condición autoral- de Ford y de la lógica labor de compendio que ese corpus, cerrándose sobre sí mismo, revela. Porque Donovan’s Reef  hace buena aquella frase de Ford que decía que “soy un director de comedias, pero nunca me ofrecen ninguna”, y su tono desenfadado, aliñado con chanzas e incluso algunos ribetes de pura farsa, reproduce una eminente y vivificante seña de identidad fordiana, escenificada en su máxima expresión en la citada obra maestra ubicada en Innisfree, pero presente de un modo u otro en tantas otras obras, fueran westerns (a menudo con la inestimable colaboración del personaje-tipo encarnado por Victor McLaglen), o dramas de trasfondo bélico (como The Long Gray Line o The Wings of Eagles). La cita a estas dos últimas obras coprotagonizadas por Maureen O’Hara, sumadas a The Quiet Man, también nos sirven para incardinar los parámetros del tratamiento jocoso –y de raigambre tradicional-localista- de la guerra de sexos, por mucho que en esta ocasión, como comparsa de Wayne, no tengamos a la adorable actriz pelirroja, sino a Elizabeth Allen (quien, por cierto, rubrica una excelente actuación). Ítem aparte, en Donovan’s Reef  hallamos otra curiosa referencia filmográfica, la que habilita líneas de ascendencia narrativas con They Were Expendable (la acción transcurre en una isla polinesa que fue escenario de la Segunda Guerra Mundial, y los personajes encarnados por Wayne, Lee Marvin y Jack Warden fueron soldados y echaron raíces en el lugar). Aunque, allende estas consideraciones (u otras que podemos plantear por oposición, como la naturaleza de los enfrentamientos entre Wayne y Marvin, actores que apenas un año antes habían protagonizado The Man Who Shot Liberty Valance), se impone referir el elaborado microcosmos humano que se plantea en la isla en la que se ubica la acción, con un cura y monjas francesas, los citados norteamericanos, soldados británicos, un grueso de población autóctona y una facción china; todos ellos viviendo en feliz y desenfadada convivencia (por mucho que a veces resuelvan sus conflictos a puñetazos: es bien sabido que en el imaginario fordiano, al igual que el whisky es el agua de la vida, las peleas son una manifestación comunitaria muy sana), llegando a representar una misa del gallo tan estrambótica como diversa la tipología humana convergente (y, ítem más, la única secuencia del filme que transcurre en Boston, filmada con hierática ironía, nos sirve para contrastar, en negativo, la usanza de la civilizada Nueva Inglaterra con la belleza y frescura de la isla paradisiaca).

 

Donovan y los Dedham

Para glosar la sustancia dramática de la película es bueno partir de esa “taberna del irlandés” Michael “Guns” Donovan  (Wayne) cuyo nombre da título al filme: Donovan’s Reef, “el arrecife de Donovan”. El hombre solitario, de formas groseras y corazón de oro, outsider y amigo de todos, un hombre que sólo ha hallado el equilibrio, por lealtad con la labor que lleva a cabo el Dr. William Dedham (Warden) –cuyos hijos ha apadrinado-, y otras razones personales que trascienden el texto, en ese lugar perdido en el sudeste asiático. A Dedham, aunque ausente durante buena parte del relato, le basta su sombra y su morada (en la que se ubica su hija Amelia –Allen- cuando llega a la isla) para erigir, en el hábil relato de Frank Nugent, la tensión existente entre América y la isla, que es la misma que entre el pasado y el presente, y que se explica a partir de sus enlaces aristocráticos, tanto en su Boston de origen, como por su enlace con una princesa polinesa fallecida (cuyo retrato preside, no por casualidad, diversos encuadres de la conversación que padre e hija mantienen en el comedor). Al igual que Donovan complementa a Dedham en aquel lugar y propósitos vitales, complementará, conquistará el corazón de su hija, conforme ésta vaya adquiriendo afecto por el lugar y razones de su padre, en un proceso de cambio del personaje que, como siempre en el cine de Ford, no se basa en largos diálogos y tensiones dramáticas sino en la fluida descripción de los actos que sostienen sentimientos, rencores y finalmente, redenciones emocionales.

 

Lo exótico (y II)

Ya que hemos iniciado la reseña hablando de lo exótico, no podemos cerrar la reseña de esta película sin hablar de la importancia que el paisaje ostenta en el aparato escenográfico que Ford construye. Todas las secuencias de exterior –algunas secuencias marítimas, las que transcurren en la playa, las idas y venidas de la villa- tienen en cuenta el preciosismo paisajístico en la perspectiva de los encuadres. Pero no se trata sólo de capturar la belleza del paisaje, sino de sedimentarla en el ánimo de los personajes, que habitan en el primer término de esos encuadres (lo que podríamos llamar “la psicología del paisaje”, que de hecho Ford exploró con profusión toda su vida, dejando el ejemplo más llamativo en sus westerns rodados en Monument Valley). Ello puede verse de forma clara en la hermosa secuencia en la que Donovan, Amelia y los niños viajan en el jeep a una cordillera y la cámara va dirimiendo las razones de exploración dramática recurriendo al apabullante paisaje que enmarca, aísla, confunde y enaltece a los personajes.

 http://www.imdb.com/title/tt0057007/

http://piddleville.com/reviews/donovan%E2%80%99s-reef-1963/

http://movies.nytimes.com/movie/review?_r=2&res=9801E7D81230EF3BBC4D51DFB1668388679EDE

http://www.variety.com/review/VE1117790506.html?categoryid=31&cs=1

http://elblocdejosep.blogspot.com/2010/01/tres-reyes-de-cine.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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