DOCE HOMBRES SIN PIEDAD

Twelve Angry Men

Director: Sidney Lumet

Guión: Reginald Rose

Intérpretes: Martin Balsam, John Fiedler, Lee J. Cobb, E.G. Marshall, Jack Klugman, Edward Binns, Jack Warden, Henry Fonda, Joseph Sweeney, Ed Begley, George Voskovec, Robert Webber

Música: Kenyon Hopkins

Fotografía: Boris Kaupfman

Montaje: Carl Lerner

EEUU. 1957. 95 minutos

 

Difícil impartir justicia

Supongo que es inevitable que mi condición de abogado en ejercicio condicione mi visionado de aquellas películas relacionadas con juicios, y evidentemente los pensamientos o impresiones que extraigo de ellas. Twelve Angry Men, por supuesto, no es una excepción. Sentado lo anterior, decir que para mi gusto –¿y deformación profesional?– a la película le sobra algo (porque, faltarle, no le falta nada); ello tiene que ver con la cierta puerilidad que anida tanto en los planteamientos argumentales –y algunos detalles de guión que sacan provecho de cierto efectismo dramático– cuanto en la traducción en imágenes que de ellos efectúa Lumet, quien, a diferencia de otras obras posteriores, quizá por el hecho de ser un neófito tras las cámaras y en el engranaje industrial, quizá por el peso del material de partida con el que trabaja, no pretende eludir ni envolver en las siempre más rica sutileza esos postulados acaso demasiado gráficos. En lo que al guión concierne, estoy hablando de lo prototípicas que acaban resultando ciertas reacciones de los personajes, y en relación con lo anterior, lo pelín forzado que resulta cada avance argumental (ello traducible en cada momento en el que un miembro del jurado decide cambiar el signo de su voto); en lo que a la puesta en escena se refiere, hablo de esos acusados primeros planos de determinados personajes –sobretodo el encarnado por Henry Fonda y por el anciano interpretado por Jack Klugman–, cuya definición del peso de cierta moralidad (opuesta a la debilidad o flaqueza de aquéllos cuyas opiniones son contrarias –esencialmente Lee J. Cobb  y Ed Begley–) acaba menoscabando, a poco de reflexionar al respecto, el sentido del propio discurso que sostiene la película, incardinable en la defensa de las bondades garantistas (el derecho a un juicio justo) del sistema judicial (en este caso americano), y, por extensión, la loanza de los altos valores que constitucionalmente confieren al pueblo la soberanía para, entre otras cosas, impartir justicia con mayúsculas.

 

El justiciable, al fin y al cabo

Empero, lamentaría que alguien se llevara a equívoco sobre mi opinión al respecto de la película de Lumet, una película que no dudaría en incluir en una antología de las mejores court-room movies del Cine. De hecho, ya he dicho que a la película no le falta de nada, y que, en mi humilde opinión, sólo están de más esos subrayados quizá demasiado enfáticos. Para sustentar las razones discursivas de la película bastaban, creo, tanto el prólogo como el cierre, los dos instantes que no discurren en el interior de la sala de reunión del jurado, ambos instantes portentosos, pues apenas el sentido de un encuadre o de un movimiento de cámara bastan para ubicar o apuntalar el relato, y además contienen el puro meollo de ese discurso. La función arranca con un plano que muestra las escalinatas de entrada el edificio de los juzgados, plano que asciende en contrapicado mostrando unas formidables columnas, para terminar mostrando el rótulo gravado en piedra que preside esa fachada: “The Administration of Justice is the Pillar of a Good (Government)”; corte a un encuadre del vestíbulo del edificio, la cámara mostrando la panorámica hasta que un individuo irrumpe en primer término y la cámara le sigue avanzar por los pasillos, mostrándonos la rutina funcionarial judicial; corte al interior de la sala en la que se celebra el juicio cuyo veredicto decidirá el jurado protagonista: plano del juez explicando el cometido del jurado y el hecho de que, por el delito imputado al acusado, la culpabilidad acarreará la pena de muerte; plano mostrando a los diversos miembros del jurado, que se levantan para ir a deliberar, algunos observando al acusado mientras abandonan la sala; primer plano largo sobre ese acusado, un joven imberbe con expresión de miedo en el rostro, plano que se sostiene unos segundos hasta que se sobreimpresionan los créditos iniciales, y que se acaba fundiendo con otro, de la sala de reunión del jurado al principio vacía y que va llenándose conforme los créditos desfilan. A partir de ahí, y durante una hora y media, la acción transcurrirá en el interior de esa sala. Una vez alcanzado el veredicto (y tras verse vaciar la sala de reunión que al principio se había llenado), la cámara mostrará esas mismas escalinatas exteriores del edificio, pero en dirección contraria, enfocando a la calle, y abrirá el plano para mostrar cómo los diversos miembros del jurado van dispersándose y fundiéndose en el trajín rutinario de las calles de la ciudad. Con estos cortos planos introductorias y epilogares, Lumet nos habla con convicción e inteligencia de la relación entre la institución judicial y el individuo, lo primero encarnado por la descripción del fastuoso edificio de los juzgados, o por el contenido de las palabras que expresa el juez; y lo segundo, desde la vis subjetiva que habita en el punto de vista que toma la cámara respecto de todo lo que describe o muestra; y entre ambos elementos, la Justicia y los ciudadanos que la administran, el justiciable, al que la cámara dedica un único plano, pero también el más largo. Vemos, pues, que a pesar de ser la opera prima de Lumet, el realizador que cincuenta y dos años después realizaría Antes que el Diablo sepa que has muerto ya tenía depurada su técnica narrativa, sin duda el punto más fuerte del para mí brillante realizador.

 

         La sala del jurado

Entre ese inicio y ese cierre de la función de cuya circularidad subyace lo que de rutinario y al mismo tiempo trascendente tiene la labor de la institución del jurado, queda esa hora y media que el espectador permanece, por así decirlo, encerrado en la sala como si fuera un decimotercer miembro del jurado. Y lo primero que debe decirse es que esa hora y media –y, por tanto, la práctica totalidad de la película– transcurre en un suspiro, algo ciertamente complicado de conseguir en esa unidad de espacio, personajes y conflicto. No se le debe restar audacia al sustrato televisivo, al modo en que quedan pulidos los diálogos y a la dosificación matemática de esas revelaciones que van modificando el juicio de los diversos miembros del jurado. Sin embargo, yo me quedo más bien con la concienzuda planificación y escenografía de la película, una labor brillante que, por un lado, prima la atmósfera en todo momento tensa, por momentos enrarecida, en otros en calma, en una especie de metrónomo de ánimos, rencores y beligerancias dialécticas (sirviéndose, por ejemplo, del elemento meteorológico: el calor asfixiante, luego la necesidad de cerrar las ventanas por el advenimiento de un chaparrón… circunstancias digamos externas que, sin embargo, y de un modo sutil, radicalizan las razones dramáticas en liza), y, por el otro, extrae la mesura (en lo que se refiere a lo que aporta al relato cada uno de ellos) y el jugo (en lo que tiene que ver con sus razones subjetivas sacadas a la luz, sea su trauma familiar, sus prejuicios raciales o clasistas, una determinada herencia cultural o social o incluso la deformación profesional) a cada uno de los doce personajes que se carean en la habitación, los encuadres (primeros planos de un personaje, plano medio en el que se reúnen dos o tres, ángulos en diversos lugares de la cámara para mostrar, desde ópticas diversas, cuadros de conjunto, …) desmenuzando el relato con inteligencia, de un modo a menudo sugestivo, hasta desnudar la personalidad, el talante y el bagaje de cada miembro del jurado de modo similar al que éstos desnudan el íter criminis que están enjuiciando.

 

         Lumet rising

Esa disposición de los elementos cinematográficos, especialmente tan meticuloso estudio de las posibilidades de la puesta en escena, nos muestran a un realizador, Lumet, disponiendo un fascinante tablero y dictando a placer el movimiento de las piezas cual avezado ajedrecista. Si antes mencionábamos que el fuerte del realizador es su técnica narrativa, también es justo mencionar que sus aspiraciones de contenido siempre tienen que ver con el estudio del comportamiento humano, de lo psicológico a lo sociológico, y que en esta Twelve Angry Men Lumet ya daba muestras de su avidez por esa exploración de las pulsiones que llevan a los hombres a actuar y relacionarse del modo en que lo hacen, levantando el telón de una filmografía en la que esa temática, su prisma a menudo aplicado desde los resortes y argumentos del thriller, el policiaco o los filmes sobre juicios, pero encauzados hacia el severo drama, nos iba a dejar obras del calado e importancia de La Colina, Tarde de Perros, Network un mundo implacable, El Prestamista o El Príncipe de la Ciudad.

http://www.imdb.com/title/tt0050083/

http://www.filmsite.org/twelve.html

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20020929/REVIEWS08/209290301/1023

http://www.rottentomatoes.com/m/1000013-12_angry_men/

http://www.nycourts.gov/cji/1-General/CJI2d.Jury_Admonitions.pdf

http://www.teachwithmovies.org/guides/12-angry-men.html

http://plays.about.com/od/plays/a/twelveangry.htm

http://www.enotes.com/twelve-angry-men

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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