LA CINTA BLANCA

Das weisse Band

Director: Michael Haneke

Guión: Michael Haneke.

Intérpretes: Christian Friedel, Ernst Jacobi, Leonie Benesch, Ulrich Tukur,

 Ursina Lardi, Fion Mutert, Michael Kranz

Fotografía: Christian Berger

Montaje: Monika Willi

Alemania. 2009. 154 minutos

 

Haneke, referencias e intereses

En un notable artículo publicado el 18/01/2010 por Diego Salgado a propósito de la película en el portal fandigital, y titulado El sueño de la pureza produce monstruos [1], el autor contextualiza los intereses discursivos de Michael Haneke a partir de referencias a la literatura germánica de los años contemporáneos a la ubicación cronológica del relato. Cita Bajo las ruedas, obra de Hermann Hesse fechada en 1906, o Las tribulaciones del estudiante Törless, que Robert Musil publicó el mismo año, y deriva en tesis de Sigmund Freud que inciden en “el pulso que existe entre lo familiar (heimlich) y lo extraño inquietante (unheimlich) en el seno de cualquier comunidad, llegando a la conclusión de que uno y otro aspecto no son sino cara y cruz de la misma moneda: lo familiar, y su reflejo siniestro”. Más que plausible, resulta probable que Haneke, realizador de formación y designios culteranos, tenga en cuenta a la hora de confeccionar su guión planteamientos teóricos, filosóficos y literarios, como los enunciados, máxime teniendo en cuenta que forman parte del propio acervo cultural del que el cineasta austríaco desciende y que, nos lo confirma su bagaje artístico allende la labor cinematográfica, venera. Planteo estas cuestiones y recojo las anotaciones de Diego Salgado para apuntar que, desde mi punto de vista, las cuestiones relacionadas con el determinismo moral puestas en la picota narrativo-discursiva no merecen el mero encasillamiento en paráfrasis históricas sobre lo que podríamos llamar el problema alemán (las causas del advenimiento del nacionalsocialismo), sino que merece un análisis desde una perspectiva más amplia, en realidad la misma universalidad y sobretodo abstracción que es marca identitaria del cine del autor de Código desconocido.

 

La sintaxis

En otro orden de referencias, las estrictamente cinematográficas,  se ha emparentado esta Des weisse Band con títulos y autores tan diversos como puedan ser Ingmar Bergman (cuya El huevo de la serpiente, 1977, concreta concomitancias temáticas), Andrei Tarkovsky (Sacrificio, 1986 o Stalker, 1979), Carl Theodor Dreyer (Dies Irae, 1943, o incluso Ordet, 1955), y, en otros parámetros geográficos y genéricos, El Pueblo de los Malditos, el clásico de serie B dirigido por Wolf Rilla en 1960, El Bosque (The Village), de M. Night Shyamalan (2004). A pesar de las diferencias de perspectiva y estilísticas que concurren entre Haneke y los diversos cineastas citados (distancia agravada entre la naturaleza muy diversa de la clase de prestigio que per se atesoran los cineastas europeos frente a, por ejemplo, las das películas norteamericanas, tema que daría para otro comentario en otro lugar), y encauzando con lo comentado en el párrafo anterior, en diversas de las obras enunciadas el aparato de lectura histórica queda más bien como un vehículo de una alegoría que en intenciones (y resultados) trasciende con mucho ese aparato. Sucede en el caso de Das weisse Band, cuya esmerada apuesta escenográfica, así como la pictórica fotografía en blanco y negro de Christian Berger, revelan el interés (e incluso el goce por parte) del cineasta en reproducir una determinada estética de la evocación, por tanto inspirada en una imagen reconocible por la canalización histórica, que, por lo demás, en buena medida busca un determinado naturalismo visual (contando con una valiosa herramienta añadida en el acertado casting del completo grupo de personajes en liza). Pero sobre ella, y podemos decir sobre las limitaciones de la lección de Historia, se impone la sintaxis, la muy particular concepción del plano y del encuadre que el cineasta ensaya, más el pulso y naturaleza rítmica de la función, donde el cierto émfasis solemne acaba cediendo su espacio primordial a un subrayado mucho más descarnado (y que no agota la frialdad, pero quizá porque esa frialdad es inextricable de la idiosincrasia autoral de Haneke) del mismo modo que el preciosismo acaba desaguando, por la vía de la violencia elíptica, en lo perturbador.   

 

Atmósfera corrupta

Haneke es un cineasta polémico, y el hecho de que La Cinta Blanca obtuviera la Palma de Oro a la Mejor Película en la edición 2009 del Festival de Cannes no hizo otra cosa que atizar el fuego de la controversia. En mi humilde opinión, creo que la severidad con la que a menudo se enjuicia el cine del director de El tiempo del lobo obedece a razones coyunturales e incluso extracinematográficas, y el tiempo acabará resolviendo que nos hallamos ante uno de los mejores cineastas europeos de los últimos años. La citada frialdad que caracteriza el tono de sus relatos, y su tendencia a dejar al espectador sin asideros morales no es un argumento, en sí mismo, que quepa arrojar contra su cine. Soy de la opinión que no basta con un argumento crudo, si quieren cruel, para sacudir las emociones del espectador. No son razones temáticas sino de lenguaje cinematográfico, el modo en que Haneke dispone los elementos, las que le revelan como un gran director de cine. Incluso en los pasajes más manieristas de su obra, que los tiene, el director revela una clarividencia de ideas y un talento visual al alcance de muy pocos. Y el clausus de sus obsesiones temáticas se corresponde con una meritoria coherencia estilística, que en su estadio de mayor depuración (y podríamos citar al respecto muchas secuencias de la película que nos ocupa) es bien capaz de llevar al espectador al estremecimiento. En esta historia en la que la duplicidad moral va mostrando sus perniciosos efectos en el seno de una población rural luterana del norte de la Alemania, las ideas sobre el germen de la intolerancia y el fascismo se imprimen a través de un caudal narrativo de suspense y horror que no pueden dejar a nadie indiferente, porque respiran y se llegan a mascar en una atmósfera cuyo proceso de avanzada putrefacción nos es revelada. No me parece nada fácil acomodar en tan férreos mimbres de un relato las descripciones de los conflictos y emociones que la superficie muestra y oculta en relación a una coralidad de personajes, por mucho que el recurso a la voz over del narrador actúe como engarce externo de los acontecimientos (aunque de todos modos el personaje no es del todo ajeno a la historia), pues lo que acaba prevaleciendo es el engarce interno, la métrica que subyace de la composición escénica, la duración y estatismo de los planos, la leve traslación de los actores por el encuadre, y la temperatura que cada gradación de luz confiere a lo dramático.

 

Inclemencia

La depuración estilística de Haneke se revela en la cohesión de los elementos visuales (actores, luz, decorados, vestuarios, encuadre y movimuentos de cámara), que instala las imágenes de la película en una coda de austeridad en su definición más extrema, la destilación de lo esencial y al mismo tiempo una ilustración agria, astringente, áspera. Es evidente que el cineasta rehuye las convenciones tanto en la escenografía cuanto en las elecciones argumentales y en los diálogos (campo éste en el que sus detractores se apoyan para tildarlo de provocador, por el hecho de que pone en boca de sus personajes lo más mezquino que imaginar quepa –v.gr. la conversación entre el doctor y la comadrona–), lo que no tiene nada de arbitrario (arbitrariedad que sí hallo en muchos filmes (auto) denominados experimentales, o que pretenden afiliarse a los parámetros del denominado cinéma vérité), sino que obedece a criterios que Haneke tiene muy claros. El cineasta da la sensación de pertenecer a esa categoría de directores que demuestra tener las historias que pretende narrar tan interiorizadas que las imágenes viven en su mente antes de ser capturadas. Las tan particulares elecciones de angulaciones de cámara, los lentos movimientos, lo que queda dentro o fuera de campo… todo responde a una lógica inquebrantable, y a una determinada visión del mundo, de la Historia y del comportamiento humano, cuyo claro pesimismo reviste en inclemencia. Viendo una película como La Cinta Blanca, resulta plausible meditar sobre la posibilidad de narrar idénticos acontecimientos que los referidos pero desde estrategias de punto de vista y escenografía distintos, y dar lugar a muy distintas películas. Lo que falta saber es si alguna de esas infinitas opciones alternativas hubieran alcanzado la fuerza y desangelada sabiduría que exhalan las imágenes de esta rotunda obra maestra.

 ___________________

[1] http://www.cine.fanzinedigital.com/5826_1-La_cinta_blanca.html

http://www.imdb.es/title/tt1149362/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20100113/REVIEWS/100119995/1023

http://www.sfgate.com/cgi-bin/article.cgi?f=/c/a/2010/01/15/MVNV1BGOBR.DTL

http://kino-zeit.de/filme/das-weisse-band

http://theindependentcritic.com/white_ribbon

http://comunidad.uem.es/arodriguez/2010/1/16/critica-la-cinta-blanca

http://www.blogdecine.com/criticas/la-cinta-blanca-la-perversidad-del-alma

http://www.cinematical.es/2010/01/15/critica-la-cinta-blanca-por-pablo-maqueda/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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