AMANECER DE LOS MUERTOS

Dawn of the Dead

Director: Zack Snyder

Guión: James Gunn, según el relato de George A Romero

Intérpretes: Sarah Polley, Ving Rhames, Jake Weber, Mekhi Phifer, Andre 

  Ty Burrell, Michael Kelly, Kevin Zegers

Música Tyler Bates

Fotocgrafía: Matthew F. Leonetti     

 Montaje: Niven Howie

EEUU. 2004. 103 minutos

 

Remake y cult-movie

Si me cuento entre los que consideran, ya, esta película filmada en 2004 como una cult-movie, e incluso un clásico de nuestro tiempo, ello se explica por su clarividente traducción de unos temas preexistentes (la invasión de los muertos vivientes; de hecho, se trata de un remake de una de las celebradas películas de zombies de George A. Romero, Zombi, 1978) en clave rabiosamente contemporánea, esto es sintonizando con las definiciones específicas que caracterizan la ética y la estética de un determinado momento (cabe hablar, en esa distancia de un cuarto de siglo, tanto de lo general como de lo particular, por ejemplo el síndrome post-11-S, que se percibe claramente en diversos segmentos de la función, especialmente en el inicio), y que por tanto facilitan la asimilación por parte del público de la alegoría, lo que la hace más contundente. Así, Dawn of the Dead tiene la gran virtud de comprender y hacernos comprender el sentido de hacer un remake más allá de lo meramente crematístico, introduciendo otras lecturas y otros ámbitos al meollo universal de la materia de los no-muertos.

 

         El principio del fin

Las imágenes de la película en todo momento revelan tanto la avidez expresiva de un joven realizador, sus ansias de exprimir el argumento que maneja en imágenes, y al mismo tiempo su talento, su sagacidad como storyteller. Basta el arranque de la película, ese portentoso prólogo que parece un cortometraje, para dejar patente la astucia narrativa de Snyder. Ese prólogo sigue el cotidiano de Ana, una enfermera (Sarah Polley), desde que un anochecer abandona el hospital en que trabaja y se dirige a su domicilio sito en el típico barrio residencial hasta que se despierta de madrugada e irrumpe la violencia descarnada, salvaje e incomprensible de los zombies, al primero de los cuales vemos no es sino una niñita vecina a la que pocas horas antes Ana había saludado, ahora muerta viviente, que muerde al marido de la chica, convirtiéndole a su vez también en zombie, de cuyas garras Ana debe escapar para emprender una huida horrorizada en un entorno desquiciado. Ese prólogo contiene las mejores claves del relato, tanto en la definición argumental comentada cuanto en una escenografía que parte de una mirada convencional, dramáticamente neutra, sobre la que se sobreimpresiona otra, panorámica, que nos introduce en el terror al tiempo que concede un espacio a una mirada fría, distante, que da la falsa impresión de intentar ser objetiva y desapasionada, con el objetivo premeditado de sentar la vis sociológica (mediante los grandes picados que muestran el paisaje, primero el estático anochecer en el que vemos la cartesiana visión aérea del barrio residencial, luego diversas panorámicas que nos muestran, desde diversos angulaciones generales, la desenfrenada huida de la joven con su vehículo, o movimientos de cámara que, mientras sostienen el brío y el suspense del momento, nos describen ese entorno, paisaje humano, descomponiéndose bajo el peso de la sinrazón y la inexplicable violencia depredadora de los muertos vivientes), y que se apuntala en la propia dinámica de una convención visual presta a la capitulación (el plano sostenido de la niña alejándose con sus patines, anuncio de que algo ominoso está a punto de suceder, las posteriores imágenes del cotidiano, de la paz reinante en la casa mientras sus ocupantes duermen, que de golpe y porrazo se volatilizará…). Ese prólogo-cortometraje bien podría haberse titulado “El principio del fin”.

 

         1978-2004

En 1978, Romero se servía de sus proverbiales ironía y mala leche, para trazar una obvia paráfrasis en clave socio-cultural, en la que dos grupos de supervivientes acababan anatemizándose en su lugar de supervivencia/reclusión, escenario que no era otro que un centro comercial, significante idóneo para esa foribunda crítica a la eterna insatisfacción del consumismo que el filme promovía, los zombies avanzando desnortados con la única intención de buscar más carnaza con la que seguir avanzando desnortados, mientras los vivos eran incapaces de hacer fuerza común por intervención de unos instintos sólo un poco menos bajos que los de los muertos vivientes. Todas esas cuestiones se consignan únicamente en la superficie de las premisas argumentales de la película que nos ocupa, que, amén de centrar en el arranque y el cierre de la función esa atención a una mirada general sobre el entorno, focaliza su relato en la definición de diversas tipologías humanas, de carácter, sobre las que no importa tanto el conflicto que se genere en su interacción con otras en ese escenario hostil y urgente cuanto las reacciones individuales que en cada uno de ellos genera esa enajenada situación (todo lo anterior para construir algunos personajes y coyunturas personales bien alejados del cliché, lo que saludablemente se traduce en el hecho de que de la mayoría de ellos no quepa predicar un mejor o peor final por razón de su heroicidad o egoísmo/vileza). Buena parte de la mala baba que constituía el estilo y el discurso del filme de Romero desaparece en Dawn of the Dead, o se implementa de un modo mucho más sutil, del mismo modo que el look visual de esta obra (incluyendo la disposición de todos los elementos técnicos y la interpretación de los actores) es mucho más estilizado, lo que sin duda puede cabrear a los acérrimos fans de la película original pero en todo caso es un signo de los tiempos. Porque de todo lo anterior no se deduce que el título de Snyder sea aséptico, que no lo es. Esta Dawn of the Dead, incluso en su deriva final a los parámetros de la acción aventurera a lo John Carpenter, es una película bien escrita, su recurso a los lugares comunes del género en equilibrio con las anotaciones de propia cosecha y personalidad, consistente en su labor escénica, briosa en su ritmo, interesante en muchos planteamientos, brillante en algunas soluciones visuales, y, a título heredero –herencia bien reposada– de la cinta que revisiona, atesora unas bien dosificadas dosis de humor negro, que funcionan a nivel formal para modular el tono de la obra (algo no exento de riesgo, y que se fragua con éxito por ejemplo en ese interludio narrativo que se sucede a ritmo de la pieza Down with the sickness de Richard Cheese, donde se nos narran episodios diversos del nuevo y grotesco cotidiano de los personajes) y, por esa vía, modular un propio concepto de lo terrorífico y de su objeto figurado (personajes que juegan al ajedrez a distancia o al tiro al blanco con zombies que se parecen a famosos –se cargan a sosías de Jay Leno y Burt Reynolds–, una pareja que aprovecha la situación y los medios para mantener relaciones sexuales y grabarlas en video, un vigilante de seguridad culturizándose con la pseudofilosofía de lo sentimental de las revistas para adolescentes…  Como al respecto escribe Marco González Ambriz en la reseña de la película publicada en la revista electrónica Cinefagia, de ese modo “se ejemplifica lo vacío de la actual cultura norteamericana” –yo más bien diría occidental–, “donde los valores pueden ser reemplazados sin problemas por la abundante mercancía de un mall”).

 

         Recursos narrativos  y hallazgos formales

         A tono con lo anterior, y aunque la película necesariamente (territorio genérico y subgenérico obligan) debe efectuar cierto hincapié en la explicitud gore, en Dawn of the Dead la cámara se recrea más bien poco en lo truculento, diríase que sólo lo justo para no ser acusada de blanda por los amantes del cine sobre zombies, y además recurriendo a fórmulas imaginativas que amortiguan el impacto visual dejando intacta la contundencia narrativa, por ejemplo con planos en los que lo sórdido se visualiza a distancia –el camión derribando zombies como si fueran bolos–, angulaciones que priman cierta idea narrativa a la visión de lo atroz (la secuencia del parto está llena de ellas), insertos breves e iluminados de forma que la sugerencia (en la visión de una víctima) venza a lo explícito, o el recurso a la elipsis (un lugar común de la propia película acaba siendo el encuadre a personajes vivos que escuchan el sonido de un disparo –que significa que se ha “inutilizado” a un zombie volándole la tapa de los sesos–, utilizando el off escénico con resultados sumamente efectivos; en una determinada secuencia, extendiendo el sentido y utilización dramática de ese mismo recurso, vemos a Kenneth, el policía encarnado por Ving Rhames, apuntar al hombre, padre que acaba de despedirse de su hija, que acaba de fallecer, sin necesidad en este caso –solución diría que respectuosa con lo doloroso de la situación– de continuar la secuencia con el sonido del disparo escuchado desde otro lugar). Snyder, en cambio, no nos escatima imágenes particularmente escalofriantes en momentos específicos, que ubican decisivamente una situación (las imágenes comentadas del arranque del filme) o la culminan (la visión del recién nacido zombie, el primerísimo plano de su rostro embrutecido y su mirada descompuesta). No sólo en la plasmación de (y no recreación en) la violencia demuestra Snyder su habilidad narrativa; también en soluciones de encadenados de montaje que subrayan ágilmente ideas de perfil psicológico sobre los diversos personajes presentados, o, en los pasajes de acción, en su esmero en mostrar lo que sucede de una forma comprensible, no recurriendo a la –bastante generalizada– indefinición de los movimientos de cámara aturdidos y el montaje espídico. Y debemos hablar también del corolario de la película, perspicaz tanto en la forma como en el fondo: en las imágenes que desfilan de forma fugaz con los créditos finales se rinde cuenta de un final nada complaciente del relato y los pocos supervivientes utilizando, como plataforma formal, el recurso a un video doméstico que queda como testigo de lo acaecido; de ese recurso a la videocámara no interesa tanto su función testimonial (algo que ya se había efectuado previamente en el cine, aunque después de esta obra se exploraría más a fondo en títulos como Mosntruoso/Cloverfield de Matt Reeves o nuestra Rec de Jaume Balagueró y Paco Plaza) cuanto la visualización de los videos caseros grabados por el propietario de esa cámara, sobre los cuales se graba este destino final del relato: una vez más, como al principio, aunque explicado de otra y genuina forma, la plasmación del pasado devorado por el horror del presente.

 

Explicaciones, interpretaciones…

¿Explicaciones al respecto de la premisa del relato? Parece que no las hay, el filme no explica las causas de los ataques (de hecho, sólo levanta acta de su carencia, definiendo la plaga como fruto de una indefinida “enfermedad”), y en sus paráfrasis no va a sermonearnos como lo hace aquel reverendo televisivo que habla de la venida de los zombies como plaga bíblica (“cuando no quede espacio en el infierno, los muertos caminarán sobre la Tierra”). Sin embargo, hallamos pistas, signos desperdigados aquí y allí; sin ir más lejos en el citado cierre: el hecho de que las imágenes pregrabadas en video correspondan a aquel pijo tan pagado de sí mismo y estúpido que era propietario del barco, y en las que vemos cómo juguetea con una joven ¿prostituta? que se quita la parte superior del bikini, quizá insiere un cierto comentario desdeñoso sobre ciertos comportamientos sociales y culturales que, por lo que tienen de decadentes, merecen ser superados. ¿O es que la elección de esa imagen es arbitraria? Yo creo que no. De hecho en una buena cinta de género no se deja nada al azar, y en este, aparentamente minúsculo, ejemplo tenemos la prueba. Puedo equivocarme en la interpretación que le he dado, o tal vez muchas interpretaciones distintas resulten válidas. Ahí, al fin y al cabo, acaba radicando la gracia de la percepción de una obra artística. Lo importante es que esas obras sepan picar nuestra curiosidad. Y también, por qué no decirlo, que los espectadores no perdamos nuestra vena curiosa.

http://www.imdb.com/title/tt0363547/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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