KLUTE

Klute

Director: Alan J. Pakula

Guión: Andy Lewis y David P. Lewis

Intérpretes: Jane Fonda, Donald Sutherland, Charles Cioffi, Roy Scheider, Dorothy Tristan, Rita Gam, Nathan George, Vivian Nathan.

  Fotografía: Gordon Willis

Música: Michael Small

Montaje: Carl Lerner

  EEUU. 1971. 114 minutos

 

Maneras huidizas

El Klute a que hace alusión el título de la película es el apellido del lacónico policía-detective encarnado por Donald Shutherland, cuyo peso protagonista es sin duda inferior al que acarrea el personaje de Bree, la call-girl interpretada por Jane Fonda (un protagonismo que en los anales queda subrayado por el hecho de que la actriz que poco antes encarnara la Barbarella de Roger Vadim fuera recompensada con un Oscar). Cuando la película arranca, su premisa se sustenta en una desaparición, la investigación de cuyas circunstancias suponemos que centrará los términos del relato, algo que queda desmentido conforme se suceden los acontecimientos. La película, realizada en 1971, suele figurar en las antologías del cine policiaco norteamericano de la década de los setenta –compartiendo terna, en su año de realización, con títulos de la calidad y trascendencia de Harry el Sucio/Dirty Harry de Don Siegel, Contra el imperio de la droga/French Connection de William Friedkin, Perros de paja/Straw Dogs de Sam Peckinpah, Fuga sin fin/The Last Run de Richard Fleischer o Las noches rojas de Harlem/Shaft de Gordon Parks–, cuando, a poco de pensarlo, el filme sólo utiliza algunos resortes del género –y mecanismos del suspense– de forma accesoria al interés dramático y de introspección psicológica que define sus intenciones y resultados. Así las cosas, la verdad es que Klute es una película de planteamientos y maneras huidizas, que obedece poco a las convenciones y que, no necesariamente por esa razón (aunque ayuda), queda como una de las mejores películas del desaparecido Alan J. Pakula, probablemente compartiendo trono de calidad cinematográfica con El último testigo/The Parallax View.

 

         Ciudad y personajes

Para centrar los términos de lo que nos ofrece la película, podemos acudir a diversos elementos que se agitan tan bien en el libreto urdido por Andy Lewis y David P. Lewis como cristalizan luego en la quirúrgica mirada de Pakula. Términos como las neurosis, el anonimato, la soledad, el silencio, la fragilidad… Elementos que sólo cabe acomodar en el más recogido estudio de personajes, en esta obra interpretados a la luz del marco espacial, una urbe tan angustiante como alienante, que es Nueva York, la misma Nueva York desglamourizada que presentaron muchas otras obras de cine policiaco de aquellos años, un lugar inhóspito, frío, sucio, laberíntico, en cuyo seno las relaciones humanas se dirimen de forma más bien caótica, siempre azotadas por lacras externas (aquí, la droga, en muchas otras obras, la delincuencia) y que los personajes acaban interiorizando.

 

         Los problemas de Bree

Como antes anticipaba, en Klute se aprovechan ciertos ítems del thriller (la desaparición que deviene catalizador del encuentro entre los protagonistas y de la naturaleza de ese encuentro; las muy breves secuencias de investigación; la plasmación del ojo observante del asesino –mediante estrategias visuales que remiten tímidamente al generoso catálogo de recursos que Richard Fleischer legó poco tiempo antes en su extraordinaria El Estrangulador de Boston/The Boston Stranger–; la secuencia climática en el taller metalúrgico), pero el relato tanto del acoso al que el asesino somete a Bree cuanto del levantamiento del velo por parte de Klute  se revela supeditado a la introspección dramática en torno a esos personajes. Un estudio que en un primer estadio plantea una bastante esforzada y por momentos inspirada trascripción de los problemas psicológicos que atañen a la chica, lo difícil que le resulta abandonar esa auténtica vocación visceral (la de acostarse con hombres desde la distancia y frialdad que impone la intervención del precio) y hallar una fórmula sentimental que le permita alcanzar el deseo racional, la estabilidad emocional y el cambio radical de statu quo vital y social. Todo este primer interés dramático se despliega a través de las secuencias de los monólogos de Bree ante una psicóloga a la que la cámara rara vez le da la alternativa por contraplano, pero se revela de un modo más interesante en las secuencias en las que se describen los encuentros sexuales profesionales de Bree, aquéllas otras en las que la cámara se detiene en su intimidad y silencio o aquel interesante plano-secuencia que nos muestra a la chica tratando por todos los medios de perderse entre el gentío de una discoteca, hasta terminar en brazos del proxeneta que interpreta Roy Scheider.

 

         Dependencia emocional

Pero en un segundo estadio, que es donde la película acaba deparando lo mejor, se nos narra cómo se sintetiza esa fórmula que Bree estaba buscando, y que personifica el personaje encarnado por Shuterland; esto es el retrato de la singular relación que Bree establece con Klute, quien pasa de ser un mero investigador a su custodio, alguien que la protege no sólo del asesino que acecha sino también de sí misma. Si a menudo se ha hablado de la habilidad de Sydney Pollack para describir las cortas distancia entre partenaires improvisados (en diversas obras de su trayectoria, desde Los tres días del Cóndor/Three days of the Condor a La intérprete/The interpreter), es justo anotar que Pakula, con similares bazas, dio la misma o hasta más inspirada medida en esta obra. Y ello se logra, por supuesto, merced de las buenas interpretaciones del dueto protagonista y eso que llamamos química interpretativa entre ellos. Pero se sostiene también, o más bien, en la penetrante disposición de los elementos cinematográficos: el tratamiento de la luz, la utilización del reducido espacio en el que se escenifican el grueso de los encuentros y desencuentros sentimentales (la buhardilla de ella; el sótano de él), y una poco ortodoxa concepción del encuadre y la puesta en escena para transmitir de un modo intuitivo y ciertamente sugerente las cuitas sentimentales que, allende las palabras escuchadas –en el hábitat de los silencios y las miradas–, definen el proceso de dependencia emocional que en cada uno va generando el otro.

http://www.imdb.com/title/tt0067309/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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