TIBURON

Jaws

Director: Steven Spielberg.

Guión: Carl Gottlieb y Peter Benchley,

basado en la novela del segundo

Intérpretes: Roy Scheider, Robert Shaw, Richard Dreyfuss, Lorraine Gary, Murray Hamilton, Carl Gottlieb.

Música: John Williams

Fotografía: Bill Butler.

Montaje: Verna Fields.

EEUU. 1975. 119 minutos

 

Un arduo rodaje

        Steven Spielberg no guarda muy gratos recuerdos de su rodaje de Jaws. Tuvo muchos problemas, arrastrados desde la preproducción, pues los diversos tiburones mecánicos que los encargados de efectos especiales (con Joe Alves a la cabeza) habían preparado funcionaron de forma deficiente. Spielberg, y con él el resto de equipo técnico y artístico, vieron cómo el presupuesto se les iba de las manos inevitablemente conforme pasaban los días y los problemas técnicos se repetían, los monstruos articulados se rompían, el buque pesquero Orca hacía aguas tan literalmente como en los últimos compases de la película y otros muchos percances que han quedado para el anecdotario. Todo parte de un hecho que hoy, en plena era infográfica, nos puede pasar por alto: rodar, a la vieja usanza, una película donde muchas de las cosas importantes suceden en el fondo marino era una tarea cuanto menos imprudente, pues entrañaba gran dificultad. Películas de barcos y aventuras marinas se habían hecho muchas, pero añadiendo el elemento submarino muchas menos, sino contadas. Y aquí resultaba que la estrella de la función, el tiburón blanco del título en español, el poseedor de esas fauces (jaws) mencionadas en el título original, era un pez. Muchos pueden pensar que el tremendo éxito de la película (en su día devino la más taquillera de la historia) podría hacer olvidar lo costoso del rodaje, pero es curioso comprobar en diversas entrevistas registradas con Spielberg cómo el realizador, aún hoy, habla con cierta amargura del completo proyecto, evidenciando lo mucho que sufrió constante su realización.

 

Asumir retos

        Según me dicta la experiencia, en cualquier faceta profesional (e incluso personal), uno aprende muchísimo más cuando tiene que afrontar situaciones hostiles que cuando se mueve en plácidas aguas. He visto Jaws en innumerables ocasiones, y he tenido tiempo de diseccionar sus contenidos e imágenes profusamente. Y cuando reivindico los acicates creativos que supone la adversidad, me refiero a que en las imágenes de la película están perfectamente plasmados. Y me refiero, por supuesto, a las que han acabado siendo sus secuencias más célebres: todas las que muestran los ataques del tiburón, y la completa segunda mitad del metraje, que transcurre en alta mar y nos narra cómo el jefe Brody (Roy Scheider), el oceanógrafo Hooper (Richard Dreyfuss) y el Capitán Quint (Robert Shaw) persiguen al escualo en alta mar. Aquél que conozca la previa Duel, que en buena medida era un ejercicio de fuerza narrativa basada en la planificación y el montaje, reconocerá viendo estas secuencias de Jaws que Spielberg (, bien apoyado en la malograda montadora Verna Fields,) depuró su estilo merced de las propias limitaciones y hándicaps que debía sobrellevar. Cualquiera saca siempre a colación la felicísima idea de utilizar la –clarividente, amén de excepcional- banda sonora de John Williams junto a la cámara que muestra el punto de vista del tiburón acercándose a su presa humana (y es justo que así sea, pues además de ser un inspirado leit-motiv narrativo resume a la perfección todo el poso terrorífico que contiene la película: la cotidianeidad violentada por el horror, el hombre indefenso frente al implacable monstruo), pero no está de más fijarse también en las muchísimas otras estrategias visuales –basadas en el empalme con sentido de imágenes, música y efectos visuales y sonoros- que dan carta de naturaleza no sólo al suspense, sino al propio relato. Sin detenerme en la celebérrima presentación protagonizada por Susan Blackline, puedo mencionar el pasaje del ataque al pequeño Alex Kinder: la dosificación de información que Spielberg nos ofrece para cimentar el suspense, desde el punto de vista del miedo que Brody, que está en la playa, siente por el mar y sus moradores, mediante lo que observa –una chica que grita cuando su novio la levanta por los aires, un gorro de baño que confunde con una aleta-, o desde otros –el perro que desaparece-, para, en el momento de producirse el ataque (que identificamos por la música y el plano submarino ascendiente hacia la colchoneta), cortar la visión de la violencia y la sangre para mostrar, con un efecto visual que juega con la distancia focal, cómo Brody siente la agresión como propia (da la sensación de que Brody, a pesar de estar inmóvil, sentado en la playa, se acerca a la cámara mientras el paisaje de fondo se difumina); en la ulterior secuencia del ataque del tiburón en la laguna, Spielberg juega con el equívoco de la secuencia previa –sabemos que el tiburón no ataca porque no escuchamos la música, sin embargo llegamos a divisar la aleta de tiburón que después se revela falsa…- para revolverse (narrativamente hablando) con furia: la chica coja que empieza a chillar que un tiburón se dirige a la laguna, un plano mostrando el agua que nos muestra por primera vez parte del perfil del escualo, el hecho de que el hijo mayor de Brody (y otros niños) esté(n) involucrado(s), la partitura que arremete de súbito con toda su fuerza, y, cuando se concreta el ataque, el plano gore que muestra la pierna descendiendo al fondo marino y, después, la cámara que, no una sino dos veces, avanza en dirección a Michael Brody sin que al final se concrete el ataque  (sucesión de dos planos que, por sí solos, por el mero subrayado de la repetición, ya alientan todo tipo de teorías paranoicas sobre el desesperante vínculo íntimo del monstruo con el protagonista de la película, teorías nada racionales, por supuesto, viscerales e irremediables como el meollo del miedo).

 

Duelo a muerte en alta mar

        Lo que se refiere a la citada segunda mitad del metraje, la cruenta batalla entre el pesquero Orca (tripulado por Quint, Hooper y Brody) y el tiburón, también merece un detenido análisis, ni que sea para dilucidar el modo en el que se construye uno de los fragmentos de aventuras marinas –sólo con ribetes  terroríficos- más antológicos del Cine. Decir por un lado que la partitura de Williams, que aquí se abre a otros temas más melodiosos y épicos, pugna de forma bellísima con los recursos al suspense que siguen abonando lo visual. Atender al hecho, primordial, de que están magníficamente narrados en imágenes los diversos capítulos que van secuenciando la misión (las muchas cosas que suceden desde que Brody está echando carnaza y ve por primera vez la cabeza del tiburón –y suelta la frase de “we’ll need a bigger boat”, que ha quedado para los anales y que de hecho se usa coloquialmente para valorar la existencia de un problema que supera la capacidad de reacción de uno- al clímax final mientras el barco se hunde), y que por tanto Spielberg no se amilana ante el desafío de mostrar cómo se arponea al escualo; cómo éste da vueltas alrededor del barco, asediándolo; cómo tratan de amarrarlo a popa y el animal se revuelve; cómo Hooper se mete en el interior de esa jaula, la jaula en el agua, y se enfrenta en desigual combate con el monstruo; cómo se va perjudicando el barco pesquero hasta que se hunde… En esos tres cuartos de hora largos que narran el intento de pesca del escualo suceden multitud de cosas, y el ritmo es frenético, trepidante, y se construye desde la acción (y las visiones explícitas del tiburón) pero también desde secuencias de tensa espera, con más la descripción magnífica del duelo de voluntades entre dos formas de entender la pesca de tiburones (el viejo Quint y el joven Hooper) parcamente arbitrada por un jefe de policía consciente de hallarse bien lejos de su demarcación y pericia (con detalle de enfrentamientos pero también de la posible distensión: la famosísima secuencia en la que Quint narra el capítulo del Indianápolis). La cámara nos muestra el barco desde infinidad de perspectivas, Spielberg no quiere repetir estrategias narrativas: se trata de ponderar lo que nos ofrece la historia; así, el barco puede ser tan grande o pequeño como quiera el contraste con el descomunal pez, la luz del día o del crepúsculo posarse  sobre los personajes en escogidos encuadres que revelan tipologías psicológicas (el miedo de Brody, la locura de Quint, la ira de Hooper), la música de Williams abonar lo dinámico de las imágenes que muestran el avance del pesquero o la decisión de la tripulación, o el silencio menos calmoso acompañar los encuadres estáticos que muestran los tiempos muertos de indecisión, en los que el coraje parece esfumarse… La destreza del realizador de Jaws puede resumirse perfectamente en lo amenazadoras que resultan las imágenes de uno, dos o tres bidones de color amarillo avanzando por el mar en dirección al barco.

 

Un clásico

En los análisis sobre la historia de la industria del Cine, Jaws siempre se sitúa junto con Star Wars (estrenada dos años después) como títulos de referencia del punto de inflexión temático –y algunos consideran que ideológico- que marcó el cine de Hollywood a mediados de los setenta; a Spielberg y a Lucas los oponen a Malick, Bogdanovich, Scorsese, Ashby o Coppola (por no hablar de la generación inmediatamente precedente, la llamada de la violencia, que fue la que articuló nuevas propuestas estéticas en un panorama cinematográfico y unos sistemas de producción ya decadentes), e incluso hay quienes les acusan de la banalización de temas y estilos que se generalizó en la década siguiente (siempre refiriéndome al cine mainstream). Yo en cambio considero tan buena película Jaws como The Godfather, como Badlands, como The Last Picture Show o como Taxi Driver. Por suerte, con el paso de los años la crítica ha ido reivindicando el cine de género, antaño considerado por muchos en un eslabón inferior al cine dramático, acusado vil y repetidamente de usar y ofrecer poco más que material de derribo. Y en cualquier caso, Spielberg en general y Jaws en particular son un director y una película que ha coadyuvado en buena medida a esa necesaria reivindicación, merced del talento impreso en ella. Si la novela de Peter Benchley era una novela del todo mediocre, la película que la adaptó es una obra maestra, porque Spielberg (por entonces, un joven de veintisiete años) domina a la perfección todos los estadios de la realización, y articula de forma férrea un relato y un ritmo, manejando con soltura, inteligencia y sobretodo imaginación los mecanismos de la aventura y el suspense, y balanceándolos con planteamientos dramáticos, de personajes, perfectamente válidos y creíbles. Lo que queda, después de todo lo dicho u omitido, es nada más y nada menos que un clásico, un título inmarcesible que, treinta y cinco años después, mantiene intactas sus insobornables cualidades de expresión cinematográfica.

http://www.imdb.com/title/tt0073195/

http://www.filmsite.org/jaws.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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