THE FIGHTER

The Fighter

Director: David O’Russell.

Guión: Paul Tamasy, Eric Johnson y Scott Silver, según una historia de los dos primeros y Keith Dorrington  

Intérpretes: Mark Whalberg, Christian Bale, Amy Ryan, Melissa Leo, Jack McGee, Melissa McMeekin, Bianca Hunter, Erica McDermott, Jill Quigg

Música: Michael Brook

Fotografía: Hoyte Van Hoytema   

  Montaje: Pamela Martin

EEUU. 2010. 116 minutos

 

Boxeo

A menudo se dice, y con razón, que el boxeo es un deporte muy cinematográfico. Las convenciones –argumentales y visuales– de los filmes que versan sobre lo pugilístico están muy acusados, y sin duda que resultan efectivos porque, con diferentes ropajes, siguen funcionando en pantalla una y otra vez. Marcando cierta (no toda la) distancia con los contenidos que informaron el cine boxístico del cine clásico, a menudo enraizados entre lo melodramático, los discursos de corte social y el noir, puede decirse que Rocky (John G. Avildsen, 1976) resulta un título referencial en la definición contemporánea de este tipo de filmes, que suelen narrar caídas y ascensos de modo tal que quede subrayado un discurso de fondo sobre el espíritu de superación humano, ello en sutil (a veces, menos) relación con las ventajas (tan cantadas, aunque ya más bien ajadas) del arcano sueño americano (al respecto, la exitosísima  franquicia dirigida y protagonizada por Sylvester Stallone, compuesta por cinco títulos más, hizo mucho por apuntalar ese modelo que ella misma incorporaba, aunque fuera recurriendo a la hipérbole o incluso a la –involuntaria– parodia). En ese sentido, sin duda que la oscarizada Rocky influye en el espíritu y los contenidos matrices que hacen avanzar el relato que esta The Fighter nos ofrece, aunque, por supuesto, treinta y cinco años no pasan en balde, y la cinta de David O’Russell compagina esas enseñas narrativas con otras que la identifican con su tiempo concreto y los discursos estandarizados en el mismo; sin ir más lejos, recoge la descripción de esa categoría social invisible que habita en las zonas urbanas deprimidas, a la que los periodistas definieron tan llamativamente como white trash, colectivo sobre el que se rendía cuentas, en parte, en Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004), y, en casi todo, en la aún reciente The Wrestler (El Luchador) (Darren Aronofsky, 2008), título con el que esta The Fighter establece ciertos vasos comunicantes que al mismo tiempo generan una relación de opuestos, pudiendo incluso decir que el filme de O’Russell nos plantea el reverso amable, una suerte de eros, del tanathos, negro paisaje humano y anímico que destilaba el título protagonizado por Mickey Rourke.

 

         Estudio de prsonajes

Todo lo anterior sirve para decir que el filme que nos ocupa –que, para el que no lo sepa, dramatiza los avatares de dos boxeadores y hermanos, Dicky Eklund (Christian Bale) y Micky Ward (Mark Whalberg), hijos de la población de Lowell, Massachussets, el primero, una vieja gloria del boxeo, que logró superar una adicción a la droga dura, y como entrenador y manager del segundo le ayudó a erigirse, con treinta y un años, y de forma insólita, en Campeón Mundial de los Pesos Welter–  pretende descubrirnos y llamar nuestra atención sobre las circunstancias coyunturales (familiares y sociales) implicadas en esta enésima historia bigger than life, de modo tal que mixtura en su caldo dramático todos los condicionantes objetivos (subrayados por la inclusión de imágenes reales de archivo, entre ellas un documental de 1993 de la emisora HBO que trataba sobre la adición de Eklund al crack, sobre cuyo rodaje y emisión también se centra el relato) con los tropos de siempre del cine de boxeo (gimnasios, ejercicios de punching, peleas con sparrings, instrucciones del entrenador sobre el cuerpo a cuerpo y, por supuesto, secuencias que reproducen fragmentos de combates, con imágenes al ralentí, planos de detalle, panorámicas del público, etc, incluyendo la no menos concurrida opción narrativa de glosar una progresión de victorias a través de un montaje encadenado en el cual se van sobreimponiendo los rótulos de cada sucesivo combate y su fecha). Lo bueno, lo mejor de The Fighter (y lo que ha labrado su reputación y premios para diversos miembros de su elenco interpretativo), habita en un estudio de personajes que, sin terminar de lograrlo, intenta durante buena parte del metraje trascender los clichés tanto de lo boxístico como del biopic, un relato de confrontación fraternal, familiar e incluso de conflictos individuales, que se perfila bien a través del cierto rigor con el que se contempla a esos personajes en su entorno –su caracterización, las secuencias en las calles, la presencia de los portales que ubican geográficamente a cada miembro de la familia en la comunidad de Lowell…–, la atención que la cámara sabe prestar a esos actores en estado de gracia (esos magníficos actores que son Christian Bale –en una composición de esas tan oscarizables, en la que a la condición de boxeador sonado se le suman los estragos en su cuerpo y mente de la drogodependencia–, Amy Ryan, Jack McGee y Melissa Leo, que acompañan al siempre más bien inexpresivo Mark Whalberg, que al menos rubrica una actuación correcta), y el gusto por los detalles de la apuesta escénica de Russell, una apuesta que en conjunto no trasciende los parámetros de la convencionalidad pero de la que cabe rescatar imágenes y secuencias aisladas (citar por ejemplo el modo primero intrigante y posteriormente doliente, nunca gratuíto, en que la cámara busca al hijo menor de Dicky, o esa solución de engarce consistente en fundir la imagen de Micky y Charlene intimando sexualmente mientras en la pista sonora escuchamos cómo la madre del chico y su cohorte de hijas –y hermanas/hermanastras del chico– conspiran contra la pareja).

 

         Dejà vu

Lo peor de The Fighter es su renuncia a llevar un poco más al límite esos matizados conflictos dramáticos –que en algunos de sus pasajes nos habían invitado a pensar que el filme sólo utilizaba el boxeo y sus lugares comunes como plataforma para otras intenciones–, dejando que al final las aguas vuelvan a su más esperable cauce. No es que la escritura de guión peque de facilona –aunque sí hay algunas inconsistencias, así como ciertas fugas cómicas más bien inapropiadas–, ni que Russell se pliegue a la mera transcripción visual –corre el peligro de hacerlo en el combate final, pero lo salva recurriendo a ese cierre (que de paso conecta con el arranque) en el que Bale nos regala un momento emotivo–, pero sí que se deja al espectador esa nunca deseable sensación de dejà vu, lastre de calidad y diferencia entre una película correcta, incluso interesante, que lo es, y una obra memorable y perdurable, que no.

 http://www.imdb.com/title/tt0964517/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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