VALOR DE LEY.

True Grit

Director: Joel y Ethan Coen.

Guión: Joel y Ethan Coen, según la novela de Charles Portis.

Intérpretes: Jeff Bridges, Hailee Steinfeld, Matt Damon, Josh Brolin,

 Barry Pepper, Dakin Matthews, Jarlath Conroy

Música: Carter Burwell.

Fotografía: Roger Deakins

Montaje: Roderick James (Joel & Ethan Coen)

EEUU. 2010. 108 minutos.

 

Western, Coen

Que los hermanos Coen escogieran llevar adelante un proyecto como este Valor de ley, puede verse de entrada como una demostración de la condición cinéfila (nunca aspaventada, siempre asumida) que atesoran Joel y Ethan Coen (y me refiero más al sustrato genérico que al referente concreto) y la importancia en su filmografía de aquella baza consistente en el particular comentario sobre lo histórico, sirviéndose para ello de sus iconos y representaciones (aseveración según la cual sus tan comentados juegos de deconstrucción con los géneros son no otra cosa que un medio para otros fines allende la glosa artística). Y todo lo anterior vale tanto si consideramos que este True Grit es un remake en toda regla del filme homónimo dirigido por Henry Hathaway en 1969 como si, atendiendo a las manifestaciones de los propios cineastas, de lo que se trataba era de desenterrar una pequeña joya literaria, la novela de Charles Portis que es sustrato de ambos títulos, y que, cierto es, la versión Coen pretende ilustrar de forma más fiel, sin que ello signifique que Marguerite Roberts, la guionista del filme de Hathaway, lo traicionara. En cualquier caso, al igual que hizo la citada libretista cuarenta años atrás, los Coen proyectan al lenguaje visual lecturas concretas que trascienden la mera ilustración. Con lo que, al fin y al cabo, es estéril entretenerse en definir si es o no un remake, y siendo aún más torpe citar si es mejor una o la otra películas, sí que la comparativa aporta al análisis datos relevantes sobre el modo en que opera esa distancia cronológica en la visión cosmogónica del western como sustrato-marco de las esencias legendarias, cuasi mitológicas de la juventud de la nación americana.

 

1969-2010

Respecto del filme que le reportara a John Wayne su único Oscar, podríamos decir que es noticia, porque no es habitual, que esta versión posterior y crónica de semejantes acontecimientos tenga un cuarto de hora menos de metraje, ello merced de la gran capacidad para la síntesis de los guionistas realizadores, que les permite focalizar los elementos que consideran más atractivos descartando otros con el recurso a lo elíptico, en una estructura narrativa que no presenta fisura alguna. Las enseñas aún clásicas en el tratamiento grandilocuente (dicho en el mejor de los sentidos) del paisaje y la partitura llena de vitalidad del título de Hathaway mudan aquí a las formas del recogimiento, un juego con los arquetipos lógicamente más sofisticado e incluso caracterizado por cierta carga de abstracción. Innegablemente, Valor de ley, 2010, incorpora otros comentarios sobre las señas de identidad del género, fruto sin duda de la diferencia entre un contexto en el que se replanteaban los posibles términos del mismo (finales de los sesenta) y otro en el que cualquier aportación al western queda como una fuga, entre lo nostálgico y la revisión de largo alcance o, aunque éste no sea el caso, la desnaturalización (la actualidad). Detalles aislados como los relativos al tratamiento xenófobo a la raza sometida (el indio al que no permiten decir sus últimas palabras antes de ser ahorcado; las patadas que dispensa gratuitamente este Rooster Cogburn –Jeff Bridges– a los niños de aquella raza que se hallan en la cabaña de aprovisionamiento), y matices diversos en la caracterización de pistoleros a los dos lados de la ley inciden en esos parámetros, aunque lo más significativo al respecto lo hallemos en el desenlace y cierre de la película, sobre el que nos referiremos más adelante.

 

Razones estéticas

Quizá por respeto al género que aquí transitan ya definitivamente, o para hallar la fórmula expresiva precisa para traducir el sustrato literario, los Coen hacen depender más que nunca su relato de las definiciones estéticas del operador lumínico Roger Deakins y de la partitura minimalista y lírica de Carter Burwell, dos colaboradores cuya excelencia y aportación al estilo de los cineastas alcanza nuevas cotas en esta True Grit. A pesar de que también concurre aquí esa distancia que los cineastas suelen imponer con los personajes o la dramaturgia puesta en liza, en esta película nos hallamos lejos de la mirada casi entomológica que define muchas de sus obras (y no sólo sus comedias: piénsese por ejemplo en Muerte entre las flores o Fargo) y su manera de traducir en imágenes el territorio western parece hallar un referente inmediato en el prólogo-fábula –hablado en yiddish– de su precedente título, Un tipo serio. Desde el primer y bellísimo plano de la película –la nieve y el efecto granulado nos entregan una imagen difusa, que podría corresponder a una ensoñación, y un lento movimiento de cámara va aproximándose a lo concreto, la figura de un hombre yaciente, mientras la voz en off de la joven Mattie Ross (Hailee Steinfeld) presenta los motivos particulares que se hallan en la simiente del relato– hasta el último –la cámara esta vez inmóvil, y la figura de Mattie alejándose despacio–, Joel y Ethan Coen nos presentan un escenario que nada tiene que ver con la realidad, un poco a la manera ensayada por Andrew Dominio en su El Asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, aunque con intenciones menos enfáticas, y a menudo incluso opuestas, pues el filme que nos ocupa no pretende tanto empaparnos de la sustancia mítica cuanto centrarnos en una historia, de modo tal que se equilibran, con rigor en lo narrativo y suma belleza plástica en lo escenográfico, los términos estrictos del relato (la adaptación literaria) y los pilares estéticos que los sostienen (la definición de western).

 

Relato

El primer tercio del metraje, de presentación del conflicto y personajes, parece buscar su cometido eminente en lo descriptivo, y nos presenta un paisaje bastante asimilable al estilo más reconocible de los autores de Sangre fácil: la ironía, e incluso un acusado sentido del humor negro, forman parte del retrato del cuadro humano y de funcionamiento social descrito, en el que los signos distintivos de carácter (tanto de Mattie cuanto de los que serán sus compañeros, Rooster y el ranger LaBoeuf –Matt Damon–) se llevan sutilmente a la exacerbación. Sin embargo, una vez iniciada la misión propiamente dicha, de capturar al asesino del padre de Mattie, y por tanto cuando el relato raíla su nudo, esa coda en el retrato humano y de situación no desaparece, pero encauza un sentido dramático con el que es fácil establecer mecanismos de identificación. Hay una secuencia que deslinda claramente el arranque descriptivo de la progresión narrativa de la película, y que ya deja a las claras que los Coen sabrán articular la baza en la que lo épico se encuentra con lo sentimental: hablo del maravilloso instante en el que vemos a Mattie, a lomos o apenas sosteniendo las riendas de su caballo Blackie, cruza a nado el río que le separaba de Rooster y LaBoeuf, y al mismo tiempo de su destino: amén de lo magníficamente resuelta que está la escena, su significado en términos de invitación a la aventura y, al mismo tiempo, punto de no-retorno de una obsesión, cautiva al espectador, y, cuando el relato termine, ese significado tendrá más ecos de resonancia en el seno del mismo de los que tenía idéntica secuencia en el filme de Hathaway, fruto de la paráfrasis final. En el desarrollo de la misión se sucederán momentos alucinados –las secuencia en el bosque con el cadáver colgado a una formidable altura, y la ulterior llegada del jinete ataviado con pieles de oso–, cauces para la violencia –la secuencia en el interior de la cabaña, que termina con la muerte de los dos tipos que Rooster retenía para interrogar–, mecanismos del suspense –la tensa espera nocturna que precede a la llegada de los diversos jinetes a la cabaña–, acción pura –el subsiguiente tiroteo, el enfrentamiento final con la banda prófuga– y hasta situaciones climáticas que reivindican el valor del clasicismo –la forma de planificar y montar el citado tiroteo nocturno o la secuencia en la que Rooster se enfrenta con los fugitivos mientras Mattie y LaBoeuf lo atestiguan desde la altura distante–. Los hermanos Coen, que manifestaron que su mayor reto en la filmación de Valor de ley fue el rodaje en exteriores, traducen su elegancia estilística a parámetros que cualquier aficionado al género hallará convincentes.

 

Significados míticos

En las postrimerías del filme, la celebración épica empieza deliberadamente a tambalearse mediante la presentación del villano, Tom Chaney (Josh Brolin), menos temible de lo esperado, personaje que más bien carece de luces y que responde a estímulos de desconcierto. (Ojo, spoiler) Tras su ajusticiamiento y el subsiguiente accidente de Mattie que termina con una mordedura de serpiente (por cierto, inolvidable la imagen de la piel de serpiente refulgiendo, áurea, en las mismas entrañas de un cadáver), parece que el filme pone a prueba nuestra percepción de lo dramático, pues vuelve a incidir en una descripción aparentemente despojada de todo romanticismo. Pero ya nada es como antes, porque la poderosa sustancia de la acción y la emoción, la celebración de ese trasfondo legendario, ya ha germinado en nuestro ánimo, ya le puede a cualquier otro factor. Y en ese finísimo equilibrio de los mimbres del relato alcanzamos una solución final que podremos catalogar de desnuda hasta la esencia, pero no fría. Ese epílogo, que nos narra el frustrado intento de Mattie de reencontrarse con su viejo e impar aliado contiene un comentario de rigor histórico en la descripción de ese circo en el que Rooster, nos cuenta el filme, terminó sus días, como tantos otros vaqueros de la vieja usanza hicieron cuando el progreso y la civilización los convirtió en obsoletos. Pero más importante que atender (y atenernos) a esa constatación histórica resulta la afiliación sentimental que impone el discurso. La imagen ya citada de Mattie rindiendo tributo al difunto (quizá consciente de que en cierto modo murió con él), para acto seguido desalojarse del mismísimo paisaje mientras lamenta el cambio de los tiempos. Hay algunos finales tan brillantes como el de Valor de ley a lo largo de la filmografía de los Coen; pero ninguno tan emotivo como el de este excelente western.

http://www.imdb.com/title/tt1403865/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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